Señores
Cardenales,
Venerados
Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
Queridos
hermanos y hermanas:
Desde los tiempos más antiguos la
Iglesia de Roma celebra las solemnidad de los grandes
Apóstoles Pedro y Pablo como única fiesta en el mismo
día, el 29 de junio. A través de su martirio, se han
convertido en hermanos; juntos son fundadores de la
nueva Roma cristiana. Como tales los canta el himno de
las Segundas Vísperas que se remonta a Paulino de
Aquileia (+806): “O Roma felix – Roma feliz, adornada de
púrpura por la sangre preciosa de Príncipes tan grandes.
Tu superas toda belleza del mundo, no por tu mérito,
sino por el mérito de los santos que has matado con la
espada sanguinaria”. La sangre de los mártires no invoca
venganza, sino que reconcilia. No se presenta como
acusación, sino como “luz áurea” según las palabras del
himno de las Primeras Vísperas: se presenta como fuerza
del amor que supera el odio y la violencia, fundando así
una nueva ciudad, una nueva comunidad. Por su martirio
ellos -Pedro y Pablo- forman ahora parte de Roma:
mediante el martirio también Pedro se ha convertido en
ciudadano romano para siempre. Mediante el martirio,
mediante su fe y su amor, los dos Apóstoles indican
dónde está la verdadera esperanza, y son fundadores de
un nuevo tipo de ciudad, que debe formarse siempre de
nuevo en medio de la vieja ciudad humana, que está
amenazada por las fuerzas contrarias del pecado y del
egoísmo de los hombres.
En virtud de su martirio, Pedro y
Pablo están en relación recíproca para siempre. Una
imagen preferida por la iconografía cristiana es el
abrazo de los dos Apóstoles de camino hacia el martirio.
Podemos decir: su mismo martirio, en lo más profundo, es
la realización de un abrazo fraterno. Ellos mueren por
el único Cristo y, en el testimonio por el que dan la
vida, son una cosa sola. En los escritos del Nuevo
Testamento podemos, por así decirlo, seguir el
desarrollo de su abrazo, este hacer unidad en el
testimonio y en la misión. Todo comienza cuando Pablo,
tres años después de su conversión, va a Jerusalén,
“para consultar a Cefas” (Gal 1, 18). Catorce años
después, sube de nuevo a Jerusalén, para exponer “a las
personas más respetables” el Evangelio que él predica,
para no encontrarse en el riesgo “de correr o de haber
corrido en vano” (Gal 2, 1s). Al final de este
encuentro, Santiago, Cefas y Juan le dan la mano
derecha, confirmando así la comunión que les une en el
mismo Evangelio de Jesucristo (Gal 2,9). Un bello signo
de este abrazo interior creciente, que se desarrolla no
obstante la diversidad de los temperamentos y de los
cometidos, lo encuentro en el hecho de que los
colaboradores mencionados al final de la Primera Carta
de san Pedro -Silvano y Marco- son colaboradores también
estrechos de san Pablo. En la unión de los colaboradores
se hace visible de forma muy concreta la comunión de la
única Iglesia, el abrazo de los grandes Apóstoles.
Al menos en dos ocasiones Pedro y
Pablo se encontraron en Jerusalén; al final el recorrido
de ambos desemboca en Roma. ¿Por qué? ¿Es esto quizás
algo más que una pura casualidad? ¿Contiene quizás un
mensaje duradero? Pablo llegó a Roma como prisionero,
pero al mismo tiempo como ciudadano romano que, tras el
arresto en Jerusalén, precisamente en cuanto tal había
hecho recurso al emperador, a cuyo tribunal fue llevado.
Pero en un sentido aún más profundo, Pablo vino
voluntariamente Roma. Mediante la más importante de sus
cartas, se había acercado interiormente a esta ciudad: a
la Iglesia en Roma había dirigido el escrito que más que
cualquier otro constituye la síntesis de su anuncio
entero y de su fe. En el saludo inicial a la Carta dice
que la fe de los cristianos de Roma habla a todo el
mundo y que esta fe, por tanto, es percibida en todas
partes como ejemplar (Rm 1, 8). Y escribe: “No quiero
por tanto que ignoréis, hermanos, que muchas veces me he
propuesto de ir a vosotros, pero hasta ahora he sido
impedido” (1, 13). Al final de la Carta retoma este tema
hablando ahora de su proyecto de llegar hasta España.
“Cuando vaya a España espero, de paso, veros y ser
ayudado por vosotros para llegar hasta esa región, tras
haber gozado un poco de vuestra presencia” (15,24). “Y
sé que, llegando adonde vosotros, vendré con la plenitud
de la bendición de Cristo” (15,29). Son dos cosas que se
hacen evidentes: Roma es para Pablo una etapa en el
camino hacia España, es decir -según su concepto del
mundo- hacia el borde extremo de la tierra. Considera su
misión la realización del deber recibido de Cristo de
llevar el Evangelio hasta los extremos confines del
mundo. En este trayecto está Roma. Mientras Pablo solía
ir solamente a los lugares en los que el Evangelio no ha
sido aún anunciado, Roma constituye una excepción. Allí
encuentra una Iglesia de cuya fe habla el mundo. El ir a
Roma forma parte de la universalidad de su misión como
enviado a todos los pueblos. El camino hacia Roma, que
ya antes de su viaje externo él recorrió antes con su
Carta, es parte integrante de su deber de llevar el
Evangelio a todos los pueblos -de fundar la Iglesia
católica universal. El ir a Roma es para él expresión de
la catolicidad de su misión. Roma debe hacer visible la
fe en todo el mundo, debe ser el lugar de encuentro en
la única fe.
¿Pero por qué Pedro va a Roma?
Sobre esto el Nuevo Testamento no se pronuncia de forma
directa. Con todo, nos da alguna indicación. El
Evangelio de San Marcos, que podemos considerar un
reflejo de la predicación de san Pedro, está íntimamente
orientado hacia el momento en que el centurión romano,
frente a la muerte en cruz de Jesucristo, dice:
“¡Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (15,39).
Junto a la Cruz se desvela el misterio de Jesucristo.
Bajo la Cruz nace la Iglesia de los gentiles: el
centurión del pelotón romano de ejecución reconoce en
Cristo al Hijo de Dios. Los “Hechos de los Apóstoles”
describen como etapa decisiva para la entrada del
Evangelio en el mundo de los paganos el episodio de
Cornelio, el centurión de la cohorte italica. Tras un
mandato de Dios, manda a alguien a coger a Pedro y éste,
siguiendo también él una orden divina, va a casa del
centurión y predica. Mientras esta hablando, el Espíritu
Santo desciende sobre la comunidad doméstica reunida y
Pedro dice: “¿Acaso se puede prohibir que sean
bautizados a estos que han recibido el Espíritu santo
igual que nosotros?” (Hch 10,47). Así, en el Concilio de
los Apóstoles, Pedro se convierte en el intercesor para
la Iglesia de los paganos, los cuales no tienen
necesidad de la Ley, porque Dios ha “purificado sus
corazones con la fe” (Hch 15,9). Ciertamente, en la
Carta a los Gálatas Pablo dice que Dios ha dado a Pedro
la fuerza para el ministerio apostólico entre los
circuncidados, a él, Pablo, en cambio para el ministerio
entre los paganos (2,8). Pero esta asignación podía
estar en vigor sólo mientras que Pedro estaba con los
Doce en Jerusalén en la esperanza de que todo Israel se
adhiriera a Cristo. Frente al ulterior desarrollo, los
Doce reconocieron la hora en la que también ellos debían
encaminarse hacia el mundo entero, para anunciarles el
Evangelio. Pedro, según la orden de Dios, había abierto
el primero la puerta a los paganos, ahora deja la
presidencia de la Iglesia judeo-cristiana a Santiago el
Menor, para dedicarse a su verdadera misión: al
ministerio para la unidad de la única Iglesia de Dios
formada por judíos y paganos. El deseo de san Pablo de
ir a Roma subraya -como hemos visto- entre las
características de la Iglesia sobre todo la palabra “catholica”.
El camino de san Pedro hacia Roma, como representante de
los pueblos del mundo, está sobre todo bajo la palabra
“una”: su tarea es la de crear la “unidad” de la “catholica”,
de la Iglesia formada por judíos y paganos, de la
Iglesia de todos los pueblos. Y es ésta la misión
permanente de Pedro: hacer que la Iglesia no se
identifique nunca con una sola nación, con una cultura o
con un Estado. Que sea siempre la Iglesia de todos. Que
reúna a toda la humanidad más allá de cualquier frontera
y, en medio de las divisiones de este mundo, haga
presente la paz de Dios, la fuerza reconciliadora de su
amor. Gracias a la técnica igual en todas partes,
gracias a la red mundial de informaciones, como gracias
a la unión de intereses comunes, existen hoy en el mundo
nuevos modos de unidad, que sin embargo hacen surgir
también nuevos contrastes y dan nuevo ímpetu a los
viejos. En medio de esta unidad externa, basada en las
cosas materiales, tenemos cada vez más necesidad de la
unidad interior, que procede de la paz de Dios -unidad
de todos aquellos que mediante Jesucristo han llegado a
ser hermanos y hermanas. Y esta misión permanente de
Pedro es también la tarea particular confiada a la
Iglesia de Roma.
¡Queridos hermanos en el
Episcopado! Quisiera ahora dirigirme a vosotros que
habéis venido a Roma para recibir el Palio como símbolo
de vuestra dignidad y de vuestra responsabilidad de
Arzobispos en la Iglesia de Jesucristo. El palio ha sido
tejido con lana de las oveja que el Obispo de Roma
bendice cada año en la fiesta de la Cátedra de San
Pedro, poniéndolas de esta forma, por así decirlo,
aparte para que se conviertan en un signo para el rebaño
de Cristo, que vosotros presidís. Cuando tomamos el
palio en los hombres, este gesto nos recuerda al Pastor
que toma sobre sus hombros a la oveja perdida, que por
sí sola no encuentra el camino a casa, y la devuelve al
establo. Los Padres de la Iglesia han visto en esta
ovejita la imagen de toda la humanidad, de la entera
naturaleza humana, que se ha perdido y no encuentra el
camino a casa. El Pastor que la devuelve a casa sólo
puede ser el Logos, la Palabra eterna de Dios mismo. En
la encarnación Él nos ha tomado a todos -la ovejita
“hombre”- sobre sus hombros. Él, la Palabra eterna, el
verdadero Pastor de la humanidad, nos lleva; en su
humanidad nos lleva a cada uno de nosotros sobre sus
hombros. En el camino de la Cruz nos ha llevado a casa,
nos lleva a casa. Pero Él quiere también hombres que
“lleven” junto con él. Ser Pastor de la Iglesia de
Cristo significa participar en esta tarea, del que el
Palio hace memoria. Cuando lo llevamos puesto, Él nos
pregunta: “¿Llevas conmigo a aquellos que me pertenecen?
¿Los traes hacia mí, hacia Jesucristo?” Y entonces nos
viene a la mente la narración del envío de Pedro por
parte del Resucitado. El Cristo resucitado une el
mandato: “Apacienta a mis ovejas”, inseparablemente a la
pregunta: “¿Me quieres, me quieres tu más que éstos?”.
Cada vez que llevamos el Palio del Pastor del rebaño de
Cristo debemos escuchar esta pregunta: “¿Tu me quieres?”
y deberemos dejarnos interrogar sobre ese “más de amor”
que él espera del Pastor.
Así el Palio se convierte en
símbolo de nuestro amor por el Pastor Cristo y de
nuestro amor junto con Él – se convierte en símbolo de
la llamada a amar a los hombres como Él, junto con Él:
aquellos que están en búsqueda, que se hacen preguntas,
los que están seguros de sí mismos y los humildes, los
sencillos y los grandes; se convierte en símbolo de la
llamada a amar a todos con la fuerza de Cristo y en
vista de Cristo, de modo que puedan encontrarle, y en
Él, a sí mismos. Pero el palio, que recibís “desde” la
tumba de san Pedro, tiene aún un segundo significado,
inseparable del primero. Para comprenderlo, puede ser de
ayuda una palabra de la Primera Carta de San Pedro. En
su exhortación a los presbíteros de apacentar al rebaño
de forma justa, él -san Pedro- se califica a sí mismo
synpresbýteros, co-presbítero (5,1). Esta fórmula
contiene implícitamente una afirmación del principio de
la sucesión apostólica: los Pastores que se suceden son
Pastores como él, lo son en unión con él, pertenecen al
común ministerio de los Pastores de la Iglesia de
Jesucristo, un ministerio que continúa en ellos. Pero
este “con” tiene aún dos significados más. Expresa
también la realidad que indicamos hoy con la palabra
“colegialidad” de los Obispos. Todos nosotros somos
co-presbíteros. Ninguno es Pastor por sí solo. Estamos
en la sucesión de los Apóstoles solo gracias a estar en
la comunión del colegio, en la que encuentra su
continuación el colegio de los Apóstoles. La comunión,
el “nosotros” de los Pastores forma pàrte del ser
Pastores, porque el rebaño es uno solo, la única Iglesia
de Jesucristo. Y finalmente, este “con” remite también a
la comunión con Pedro y con su sucesor como garantía de
la unidad. Así el Palio nos habla de la catolicidad de
la Iglesia, de la comunión universal de Pastor y rebaño.
Y nos remite a la apostolicidad: a la comunión con la fe
de los Apóstoles, sobre la cual está fundada la Iglesia.
Nos habla de la
ecclesia una, catholica, apostolica y naturalmente,
uniéndonos a Cristo, nos habla precisamente del hecho
que la Iglesia es
sancta y que nuestro obrar es un servicio a su
santidad.
Esto nos hace volver, en fin, de
nuevo a san Pablo y a su misión. Él ha expresado lo
esencial de su misión, como también la razón más
profunda de su deseo de ir a Roma, en el capítulo 15 de
la Carta a los Romanos en una frase extraordinariamente
bella. Él se sabe llamado a “servir como
liturgo de Jesús para los gentiles, administrando
como
sacerdote el Evangelio de Dios, para que los paganos
lleguen a ser una oblación grata, santificada por el
Espíritu Santo” (15,6). Solo en este versículo Pablo
utiliza la palabra “hierourgein”
-administrar como sacerdote – junto con “leitourgós”
- liturgo: él habla de la liturgia cósmica, en la que el
mundo mismo de los hombres debe convertirse en adoración
a Dios, oblación en el Espíritu Santo”. Cuando el mundo
entero se haya convertido en liturgia de Dios, cuando en
su realidad se haya convertido en adoración, entonces
habrá llegado a su meta, entonces estará sano y salvo. Y
este es el objetivo último de la misión apostólica de
san Pablo y de nuestra misión. A este ministerio el
Señor nos llama. Oremos en esta hora, para que Él nos
ayude a llevarlo a cabo de forma justa, a convertirnos
en verdaderos
liturgos de Jesucristo. Amén