Es difícil valorar la dimensión
litúrgica del quehacer o del munus pastorale, de quien nos
preside en la fe y en la caridad y nos es cercano; pero es
innegable la percepción de este aspecto en él como el núcleo de
su identidad personal, como su Gloria Dei, vivens homo, de la
Liturgia como Gloria de Dios y salvación del hombre. Puede sonar a
adulación, pero quien conoce a Mons. Mario puede testificarlo
conmigo. Y si la humildad es la verdad para nuestra edificación,
hemos de reconocerlo, sin olvidar que también la verdad es hija del
tiempo y de la reflexión. A éstos me remito.
Si el Concilio Vaticano II en la
Constitución sobre la Iglesia (L.G. 41b) nos señala que es
necesario que los Pastores de la grey de Cristo, a imagen del sumo y
eterno Sacerdote, Pastor y Obispo de nuestras almas, desempeñen su
ministerio santamente y con entusiasmo, humildemente y con fortaleza
, puedo señalar que Mons. Mario así celebra la liturgia; podemos
añadir también que con esmero, pulcritud y equilibrio, como quien
participa en una teofanía o,
—más exactamente en el ámbito
cristiano—, como quien celebra transparente de la epifanía del amor
del Padre revelada en el Hijo, por el Espíritu Santo. No sólo en
la Liturgia como unidad de todos los sacramentos, en
expresión del gran teólogo Joseph Ratzinger
—ahora nuestro
queridísimo Papa Benedicto XVI—,
sino en la celebración de la Eucaristía, centro y culmen de toda la
vida de la Iglesia. Celebra la memoria del Señor como profecía que
acontece en nuestro hoy desde el ahora permanente de Dios.
No ceja
ante la improvisación o el sentimentalismo pues reconoce la ley
de la objetividad litúrgica querida por Dios para comunicarnos su
salvación, normatividad de la salvación que es el mismo
Cristo, el Hijo de Dios encarnado, en expresiones del mismo
Mons. Mario De Gasperín Gasperín.
Rechaza la exaltación de la subjetividad, raíz de la dictadura del
relativismo, justificación de atropellos al Pueblo de Dios y
esquizofrenia de una pastoral de complacencias. Entiende como pocos
que en la liturgia nos jugamos el destino de la fe y de la
Iglesia (Joseph Ratzinguer). Su experiencia litúrgica la ha
condensado en su X Carta Pastoral, la Fiesta de Dios (1º
de enero del 2007), cuya orientación de
fondo ha sido acentuar el
empeño que hemos puesto en las celebraciones litúrgicas, para el
culto que rendimos al Padre sea en Espíritu y en Verdad (cf Jn 4,
23) como Él se merece, y la obra
de santificación de los fieles creyentes se ejerza con dignidad y
eficacia mediante la santa Iglesia en las acciones litúrgicas
(pág.
3), dada a conocer por su concisión, su estilo didáctico, profundo y
sencillo a la vez en la Revista que goza de prestigio en México y en
muchas naciones de Hispanoamérica,
Actualidad Litúrgica.
En suma, por el modo de celebrar
los sagrados misterios y por su magisterio podemos señalar que
posee la vivencia y el sentido teológico de la liturgia, alejado de
desmesuras, próximo a la sobriedad de la inteligencia en el corazón
de la Verdad, —Jesús
Logos y Explicación (exegésato) de Dios—,
celebrada, proclamada, orada y vivida en conexión al compromiso de
comunión y de la diaconía de la caridad.