En medio
de la crisis de valores que vivimos hoy, del desgarro por la seducción
de modelos engañosos y fugaces y la frustración por la incapacidad de
alcanzar el bienestar y la felicidad; en medio de los intentos salvajes
del mercado que pretenden convertir a todos en sujetos consumidores, los
discípulos de Jesucristo estamos llamados a vivir y proponer otro
camino: el de la dignidad humana y la libertad, la participación, la
solidaridad y la austeridad de vida, la gratuidad y el servicio a los
demás en un amor obediente y oblativo, aprendido en el continuo
seguimiento de Jesús, nuestro Maestro. Existe en nuestra cultura una
resistencia muy grande a mirar de frente el misterio de la Cruz en la
vida propia y ajena. La tendencia es huir e ignorar todo lo que es
sufrimiento, dolor y muerte; a camuflarlo, esconderlo, por temor a mirar
el fondo de su realidad inexorable y punzante. Ante esta realidad,
nosotros discípulos de Jesús estamos llamados a proponer, mediante el
testimonio de la propia vida, el valor de tomar la cruz y seguir al
Maestro, quien pasó primero ese camino por nosotros.
En el
Documento de Aparecida, fruto de la V Conferencia del Episcopado
Latinoamericano, se nos invita a descubrir cómo el llamamiento que hace
Jesús, el Maestro, conlleva una gran novedad: Jesús invita a
encontrarnos con Él y a que nos vinculemos estrechamente a Él, porque es
la fuente de la vida (cf. Jn 15, 5-15) y sólo Él tiene palabras de vida
eterna (cf. Jn 6, 68). En la convivencia cotidiana con Jesús, no son los
discípulos que escogieron a su Maestro, sino fue Cristo quien los
eligió. Por otra parte, ellos no fueron convocados para algo
(purificarse, aprender la Ley...), sino por Alguien, elegidos para
vincularse íntimamente a la Persona de Jesús (cf. Mc 1, 17; 2, 14), para
seguirlo con la finalidad de "ser de Él" y formar parte "de los suyos" y
participar de su misión. El discípulo experimenta que la vinculación
íntima con Jesús en el grupo de los suyos es participación de la Vida
salida de las entrañas del Padre, es formarse para asumir su mismo
estilo de vida y sus mismas motivaciones (cf. Lc 6, 40b), correr su
misma suerte y hacerse cargo de su misión de hacer nuevas todas las
cosas.
En la
parábola de la Vid y los Sarmientos (cf. Jn 15, 1-8), Jesús revela el
tipo de vinculación que Él ofrece y que espera de los suyos. No quiere
una vinculación como "siervos" (cf. Jn 8, 33-36), porque "el siervo no
conoce lo que hace su Señor" (Jn 15, 15). El siervo no tiene entrada a
la casa de su amo, menos a su vida. Jesús quiere que su discípulo se
vincule a Él como "amigo" y como "hermano". El "amigo" ingresa a su
Vida, haciéndola propia. El amigo escucha a Jesús, conoce al Padre y
hace fluir su Vida (Jesucristo) en la propia existencia (cf. Jn 15, 14),
marcando la relación con todos (cf. Jn 15, 12). El "hermano" de Jesús
(cf. Jn 20, 17) participa de la vida del Resucitado, Hijo del Padre
celestial, por lo que Jesús y su discípulo comparten la misma vida que
viene del Padre, aunque Jesús por naturaleza (cf. Jn 5, 26; 10, 30) y el
discípulo por participación (cf. Jn 10, 10). La consecuencia inmediata
de este tipo de vinculación es la condición de hermanos que adquieren
los miembros de su comunidad. Jesús nos hace familiares suyos, porque
comparte la misma vida que viene del Padre y nos pide, como a
discípulos, una unión íntima con Él, obediencia a la Palabra del Padre,
para producir en abundancia frutos de amor. Así lo atestigua san Juan en
el prólogo a su Evangelio: "A todos aquellos que creen en su nombre, les
dio capacidad para ser hijos de Dios", y son hijos de Dios que "no hacen
por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que
nace de Dios" (Jn 1, 12-13). Como discípulos y misioneros, estamos
llamados a intensificar nuestra respuesta de fe y a anuncia que Cristo
ha redimido todos los pecados y males de la humanidad, "en el aspecto
más paradójico de su misterio, la hora de la cruz. El grito de Jesús:
'Dios mío, Díos mío, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15, 34) no delata
la angustia de un desesperado, sino la oración del Hijo que ofrece su
vida al Padre en el amor para la salvación de todos".
El
Espíritu Santo, que el Padre nos regala, nos identifica con
Jesús-Camino, abriéndonos a su ministerio de salvación para que seamos
hijos suyos y hermanos unos de otros; nos identifica con Jesús-Verdad,
enseñándonos a renunciar a nuestras mentiras y propias ambiciones, y nos
identifica con Jesús-Vida, permitiéndonos abrazar su plan de amor y
entregarnos para que otros "tengan vida en Él". Que nos esforcemos por
ir asimilando las invitaciones que esta reunión tan importante nos pide:
identificarnos con Jesucristo reconociéndolo como nuestro Maestro y
Salvador.