En el rancho de la Nopalera,
jurisdicción de Apaseo, El Alto, en el Estado de Guanajuato, el día 2 de
noviembre de 1871, vino al mundo un infante que tuvo por padres a los
señores don J. Tiburcio Tinajero y doña María Teresa Estrada de Tinajero,
personas temerosas de Dios y altamente estimadas por sus virtudes. Fue
bautizado al día siguiente en la iglesia de la vicaría de San Andrés de El
Paso; recibió el nombre de José Marciano, y lo sacaron de la sagrada
fuente los señores don Eduardo Mandujano y doña María de la Soledad
Cervantes de Mandujano.
Como consecuencia de la
caída del Segundo Imperio, se desató el bandidaje en aquella región del
Estado de Guanajuato, en donde se hallaba el humilde hogar de la familia
Tinajero-Estrada. Varias veces se vio ella amenazada con uno de los
saqueos frecuentes en esos días, que no se realizó, gracias al valor con
que supo defenderla don Tiburcio.
Pero, no juzgándola ya
segura, resolvió prudentemente trasladarse a esta ciudad, lo cual ejecutó
en una madrugada del mes de enero de 1876. No habían adelantado mucho en
su camino los fugitivos, cuando con tristeza vieron hecha pasto de las
llamas la casa que acababan de abandonar. "Esa triste madrugada —solía
decir Mons. Tinajero— fue el primer recuerdo de mi vida".
La Providencia, que sabe
sacar bienes de los mismos males, daba así a Querétaro al que años más
tarde había de ser el Pastor que lo rigiera. Y daba también al pequeño
Marciano un lugar más propicio que el que dejaba, para que pudiera
satisfacer los generosos deseos de saber y de practicar el bien, que
pronto se iban a despertar en su voluntad.
Cursados los años de la
instrucción primaria, que comenzó en una escuela laica, escogida a la
fuerza, por la pobreza a que se vio reducida la familia, y continuada en
otras, vino a terminarla en una particular, de la cual decía él: "Comencé
a frecuentar la escuela católica del profesor don Luis Higareda (maestro
distinguido de varias generaciones) y me sorprendí gratamente de que todo
lo entendía y no lo olvidaba; allí no encontré molestias que ofendieran
mis deseos de practicar lo bueno".
Para la familia
Tinajero-Estrada era un problema de formación literaria de aquel niño.
Entonces intervino de nuevo la Providencia deparándole un auxiliar
generoso en el señor Arcediano don Florencio Rosas, quien lo inscribió en
el colegio llamado Liceo Católico. Cuando Marciano había cumplido once
años, un día le preguntó: "¿Quieres ser sacerdote?" —"Siempre lo he
deseado". fue la respuesta. No necesitó más el clarividente Rector del
Seminario: el 17 de octubre de 1882 lo admitía en él como alumno interno.
Felices fueron para él los
años que pasó en el seminario, durante los cuales pudo dedicarse a la
piedad, para la que tenía una inclinación al parecer innata; al estudio,
al que sentía una grande afición; al orden disciplinar, que tan bien
cuadraba con su prematura seriedad.
El mencionado Rector, hizo
esta síntesis elogiosa, en el informe con que acompañó la solicitud del
alumno del primer año de Teología para ingresar en el clericato: "Desde
niño ha observado una conducta digna de un seminarista y manifestado
indicios de una vocación legítima... Ha observado siempre una conducta
intachable en todo, cumpliendo sus deberes de una manera ejemplar". Podía
haber añadido que en los estudios había siempre aprovechado.
De lo cual eran prueba los
ocho años consecutivos, al final de los cuales sostuvo oposición pública,
la máxima distinción del colegio a sus alumnos más estudiosos.
Si en los dos últimos años
no alcanzó esa distinción, aunque sí muy buenas notas, se debió a que,
conociendo los superiores su seriedad, su preparación y su celo por el
bien de los artesanos, lo pusieron al frente de la Escuela de Artes y
Oficios, lo cual le impidió dedicarse a los estudios como en los años
anteriores.
Era tal su hambre de saber,
que ni en las horas de descanso en tiempo de estudio ni en el período de
las vacaciones, daba de mano a los libros: atraíanlo por lo científico las
ingeniosas novelas de Julio Verne; por la importancia de la materia, la
Historia de la Iglesia, la Historia Patria y otras; pero todas esas
lecturas eran de positivo provecho y verdadero solaz para su espíritu.
En la época de estudiante
cuatro colegiales hacían raya por su afición al estudio, por el buen
empleo del tiempo y su abstención de juegos de manos, de bullanga y
correteo; eran éstos: el que fue después Excmo. y Revmo. Sr. Arzobispo de
Puebla Dr. Don Pedro Vera y Zuria, el nunca bien llorado señor Cura Don
Ezequiel Contreras, el futuro M.I. Sr. Provisor Cango. D. Honorato Herrera
y nuestro biografiado. Aún nos parece verlos en día de fiesta, en la
inolvidable huerta del colegio, sentados a la sombra de oloroso y copudo
chirimoyo, sosegadamente solazándose con camaradas de la misma índole en
inocente charla, o jugando al ajedrez, y más comúnmente leyendo algún buen
libro, mientras la mayor parte de los colegiales brincaba, correteaba y
gritaba.
Entre las prácticas de
virtud que pedía la vida del colegio y el estudio de las ciencias
eclesiásticas, se fueron deslizando tranquilamente los años, hasta los
diez y siete de edad. Entonces, obedeciendo el llamamiento divino, el
seminarista don Marciano recibió la Tonsura de manos del Ilmo. y Revmo.
Sr. Dr. D. Rafael S. Camacho, el 4 de noviembre de 1888. El mismo
ilustrísimo señor le confirió el Subdiaconado y el Diaconado el 21 de
diciembre de 1894, y el Sacerdocio, el 27 de diciembre de 1896, en la
iglesia del Santo Nombre de Jesús (Teresitas).
Deseoso de celebrar su
primera Misa con el mayor recogimiento interior y ponerse debajo de la
protección de Santa María de Guadalupe, en la fiesta de la Epifanía del
Señor de 1897, lo hizo privadamente en el altar mayor de la iglesia de la
Congregación; y cuatro días después cantó solemnemente por primera vez la
Misa en la citada iglesia de Teresitas, siendo ministros los señores
presbíteros D. Alberto Luque y D. Ezequiel Contreras, y padrinos los Sres.
Pbros. Lic. D. Manuel Reynoso, Cura de la Parroquia de Santiago y D. Pablo
Feregrino, Secretario del Gobierno Eclesiástico.
Así pudo darse de lleno a la
vida de apostolado de su amada Escuela de Artes y Oficios, en la cual era
él todo: director espiritual, vigilante, ecónomo, el que programaba el
trabajo y luego lo supervisaba técnicamente, el que organizaba paseos,
exposiciones de trabajos realizados, premios...
El señor Rosas, fundador de
la Escuela, se expresó así laudatoriamente de él, en un documento escrito
por el año de 1900: "Reconociendo, sin duda, la S. Mitra que el Espíritu
de Dios ha dotado al joven sacerdote de las cualidades que la dificilísima
obra requiere, ha concedido a la Escuela el señalado beneficio de
consagrarle un presbítero cuyos servicios reclama la necesidad de
ministros, y cuyas cualidades le habrían la confianza de alguna Parroquia.
Los sufrimientos del joven sacerdote en el ejercicio de su misión, sólo
Dios los comprende, sólo Dios los sabe estimar y sólo Dios los puede
recompensar".
Su talento, su instrucción y
sus virtudes le merecieron formar parte del profesorado del Seminario. Por
trece años enseñó el tercer curso de Filosofía, que pedía del catedrático
suficiencia científica en Filosofía, en Matemáticas, en Física y en
Meteorología, porque se repasaban en esta cátedra las materias de los dos
primeros cursos del bachillerato y se enseñaban además la Psicología y la
Ética.
Era este curso también muy
pesado para los estudiantes por el recargo de materias, por ser muy
extenso el texto de Física, por tener que volver a sustentar examen de
todas las materias de los cursos primero y segundo de Filosofía, y por
durar tres horas corridas el examen.
No solamente el Seminario,
también el Liceo Católico aprovechó la ciencia y aptitudes del señor
Tinajero, como profesor de Física y Director del Observatorio
Meteorológico del colegio. Desempeñó ambos cargos satisfactoriamente y sin
recibir ninguna remuneración.
A los dos años de ayudar en
la Escuela de Artes y Oficios a la formación cristiana de jóvenes obreros,
fue nombrado Director del Instituto. Constituido en este honroso puesto y
penetrado del espíritu de caridad de sus santos fundadores, los MM. II.
Señores Canónigos D. Florencio Rosas y D. Francisco Figueroa, desplegó
todo su celo por el adelantamiento espiritual y material de los alumnos;
era todo él para la Escuela: su talento, su voluntad, sus energías, su
salud, sus ingresos pecuniarios provenientes de su magisterio y de su
ministerio sacerdotal; nada se reservaba, pudiendo hacerlo de las entradas
por los trabajos ejecutados en la Escuela; y andaba siempre en apuros por
satisfacer necesidades de ésta y las de los educandos. ¡Cómo gozaba cuando
veía coronados sus desvelos por la formación de un artesano cumplido y
cristiano! Este era su ideal, y por alcanzarlo no se perdonó ningún género
de sacrificios.
Y llegó para él la hora de
la prueba, que supo superar admirablemente, gracias a la fortaleza que
buscó y halló siempre en la oración fervorosa, prolongada y frecuente que
cada día hacía delante del sagrario. Por circunstancias que no conocemos,
la Autoridad Eclesiástica ordenó a mediados de 1908, la clausura de la
Escuela que había desarrollado una labor penosa, pero fructífera. Suceso
doloroso, que laceró el corazón del P. Tinajero, quien amaba grandemente a
los jóvenes obreros, por los que no se había ahorrado privaciones ni
perdonado sacrificios. Lágrimas le costó la separación de sus muchachos.
Nombrado entonces Vicario
Cooperador de la Parroquia de San Sebastián, para quienes no consideraban
honrosos todos los ministerios sacerdotales, aquello pareció una
humillación causada al ejemplar sacerdote, que gozaba de especial
estimación en el clero y en el pueblo.
Él, sin embargo, sufrió la
prueba en silencio y se entregó con celo al penoso ministerio. Sólo quien
conoce lo que es éste sabrá aquilatar lo que costó al nuevo Vicario
emprender largas caminatas por caminos ásperos, en malos carruajes, a
caballo y aun a pie, para auxiliar a enfermos que se debatían en la
miseria y el dolor; tener que celebrar la Misa en lugares lejanos, a hora
tardía cuando el ayuno eucarístico era riguroso; pasar horas enteras en el
confesionario; retrasarse demasiado para tomar los alimentos y verse
privado de una parte del necesario descanso nocturno, y hasta sufrir en el
abandono dos graves enfermedades que pusieron en peligro su vida.
Lejos de resfriarse su celo
en medio de tantas molestias, se había acrecentado grandemente con la
atención que tenía que prestar a los enfermos del Hospital del Sagrado
Corazón.
Al sustituir en el gobierno
de la Parroquia al Párroco D. Felipe Sevilla, se entregó con celo pastoral
a trabajar por los feligreses de ella, y más tarde por los de la Parroquia
de Santa Ana, especialmente durante la peste que en 1918 diezmó la
población. Esto acabó de disipar los prejuicios que se habían formado
sobre él, y entonces comenzó a ascender por la escala de cargos muy
honrosos e importantes.
Reconociendo las cualidades
que le adornaban, el Excmo. señor Banegas lo nombró Canciller de la Curia
Diocesana.
De su actividad de ese
puesto leemos en la Oración Fúnebre pronunciada el 30° día después de su
muerte: "Ordenó el archivo, organizó las oficinas del Gobierno
Eclesiástico y el despacho de los asuntos oficiales. No sólo ejecutaba lo
que juzgaba conveniente para el bien de la Diócesis, y no faltaron
juiciosas observaciones que suspendieron o modificaron disposiciones
episcopales. Era además consejero de párrocos y otros sacerdotes, siendo
así lazo de unión firmísima entre ellos y el Obispo".
Sus valiosos servicios le
merecieron ser elevado a la dignidad de Canónigo. Como tal fue modelo en
el cumplimiento de sus deberes, y con sus consejos juiciosos en el seno
del Cabildo, ayudó eficazmente a la solución de los graves asuntos en que
tenía que intervenir. El 8 de enero de 1932 ascendió al delicado cargo de
Vicario General de toda la Diócesis.
El 14 de noviembre de ese
año la Iglesia de Querétaro lloró con lágrimas irremediables la muerte de
su esposo el Excmo. y Rvmo. Sr. D. Francisco Benegas Galván. El Cabildo se
apresuró, a penas pudo, a nombrar Vicario Capitular al señor Tinajero.
"Quiero, llegó a decir en
esos días de su interinato, que el Obispo que venga encuentre la Diócesis
hasta donde lo permitan las circunstancias, ordenada y pacífica; me
propongo presentar al Esposo que el cielo le envíe, una Esposa dignamente
ataviada". Su modestia le impedía pensar que él iba a ser ese Esposo.
"En aquellos días soportaba
nuestra Iglesia ensañada persecución. Entonces, ¡qué tino en sus
disposiciones, qué diligencia para que la reconstrucción iniciada por su
antecesor no se interrumpiera; qué habilidad para preparar el camino al
Pontífice que había de venir; qué acierto en las providencias para que la
entrada en su Diócesis fuera sosegada, pero digna de quien llegaría
trayendo la plenitud del sacerdocio. Cómo no recordar el prudente acomodo
de los sacerdotes en el campo de la Diócesis, la diligencia para despachar
los asuntos pendientes, el ordenamiento de la economía diocesana, el tacto
para no provocar conflictos con la autoridad civil y vivir en armonía con
ella, la paciencia para sobrellevar las vejaciones cometidas con los
sacerdotes y comunidades religiosas, los atropellos a templos y colegios,
la proscripción del culto público y de la instrucción religiosa".
Por fin, después de seis
meses y medio de "sede vacante", el 2 de junio de 1933, el clero y el
pueblo se regocijaban con esta noticia: el señor Tinajero ha sido
preconizado Obispo de Querétaro.
Demostración de la devoción
que siempre había profesado a la Madre de los mexicanos fue tomar la
imagen de ella como blasón de su escudo episcopal y haber escogido para su
consagración la I. y N. Basílica del Tepeyac. Allí, el 24 de agosto de ese
mismo año, se desarrolló la solemne ceremonia litúrgica.
Su largo pontificado de
cerca de veinticinco años ha sido uno de los más benéficos para la
Diócesis: la sola enumeración de las obras realizadas, lo demuestran. Sus
edictos, cartas y exhortaciones pastorales fueron numerosas y acopiaban
abundante doctrina canónica, ascética y moral.
Laboriosa fue para él la
preparación y realización del Primer Sínodo Diocesano, celebrado del 24 al
26 de noviembre de 1943, y más todavía la redacción definitiva de sus
estatutos.
Llena de caridad su
solicitud por el clero de la Diócesis, al cual dirigió retiros y
ejercicios espirituales, cuidando de estar siempre informado de sus
necesidades de todo orden.
Lo que tanto había anhelado
su predecesor, el Excmo. señor Banegas, la Coronación Pontificia de la V.
Imagen de Nuestra Señora del Pueblito, le fue concedido a él; como
Delegado del Sumo Pontífice y con grande amor y complacencia la efectuó
por sí mismo el 17 de octubre de 1946. Y dos años más tarde al celebrar el
segundo aniversario de aquel hecho inolvidable, tuvo el consuelo de
proclamarla Patrona Principal de esta ciudad, uniendo a todos los
habitantes de ella en un solo voto.
Desde que estuvo como
Director de la Escuela de Artes y Oficios, uno de sus ideales era la obra
de Don Bosco, la cual mientras fue subordinado, no pudo implantar en la
Diócesis. Pero, una vez Obispo de ésta, contando con los medios
necesarios, lo consiguió al fin. Monumento de su caridad para con los
niños y jóvenes, sobre todo de obreros, es el Instituto que lleva su
nombre.
En casi todas las parroquias
de la Diócesis, por su empeño, se estableció una escuela, que confió a
religiosas.
Si con todos era caritativo,
como lo demuestra el hecho elocuente de distribuir entre los pobres cerca
de tres mil pesos mensualmente, extremaba esa virtud con los sacerdotes,
con no pocos de los cuales la ejerció espiritual y aún materialmente.
Y ¿qué decir de su amor al
Seminario? Lo consideraba muy suyo, por haberse formado en él, y porque
para un Obispo, es como la niña de sus ojos. Mientras fue uno de los
objetos más perseguidos por los enemigos de la Iglesia, lo ayudó moral y
económicamente. Y cuando se pudo respirar un poco de libertad y
tranquilidad, intentó proveerlo de nuevo edificio. Pero, calculando que no
tendría los recursos necesarios, vio como algo providencial el poder
recuperar el que por varios años había tenido como destino, y al que
sentía especial cariño, el exconvento de las Carmelitas Descalzas. A mucho
costo le reparó y acondicionó para que volviera a servir a la formación de
los futuros sacerdotes.
No quiero terminar sin decir
algo sobre su oración y mortificación; dos virtudes con las cuales fue
siempre modelo del sacerdote según el corazón de Dios.
Después de la Misa, que
celebraba con fervor manifiesto, se detenía buen tiempo para dar gracias,
nunca quiso hacerlo sentado, como podía haberlo hecho cuando el obispo
había celebrado usando de su derecho al trono. En cualquier lugar donde se
hallara, si tenía cerca el Santísimo Sacramento, pasaba una hora completa
delante de Él, en las primeras horas de la noche.
Mortificaba su espíritu
evitando la curiosidad, no dando a entender que sabía noticias que se le
daban, ocultando sus gustos o preferencias, sujetando su juicio al de
otros, cuando no se seguía desorden, y su querer al ajeno.
Mortificaba su cuerpo,
mostrándose como insensible al frío y al calor, al hambre y a la sed, a la
comodidad y a las molestias, a la exactitud y a la deficiencia en los
servicios que se le prestaban. Supo sufrir sin quejarse los dolores
intensos que le causó la fractura del fémur derecho y la neuralgia del
trigémino, que padeció por casi veinte años.
Prolongando su vida hasta
cerca de los ochenta y seis años, el Señor le concedió celebrar con grande
gratitud los tres aniversarios llamados "bodas de plata, bodas de oro y
bodas de diamante". Después de estas últimas, como testamento para su
querido Seminario le dejó el recuerdo de tres actos realizados en el
último año de su vida: la erección en uno de los patios del colegio de un
monumento a la memoria de aquel Rector que lo formó, el M.I. Sr. Arcediano
D. Florencio Rosas; la solemne y entusiasta Coronación de la Imagen de
Nuestra Madre Santísima de Guadalupe que venera el Seminario desde su
fundación, y la distribución de premios, que hizo con su acostumbrado
afecto entre los seminarista más aprovechados en los estudios y de mejor
conducta, el 27 de septiembre de 1957. Un mes después, el día de la
festividad de Nuestro Señor Jesucristo Rey, después de recibir
fervorosamente los últimos sacramentos, sin que precediera una penosa
agonía, asistido por su Vicario General, el Ilmo. Mons. D. Salvador
Septién, entregaba tranquilamente su espíritu en manos del Padre.
Su cuerpo fue sepultado
junto a los despojos mortales de su inmediato antecesor, el Excmo. Sr.
Banegas. La elegante lápida colocada en el muro resumía su vida episcopal
en estas palabras:
Aquí yace el Excmo. y Rvmo.
Sr. Dr. D. Marciano Tinajero Estrada, sexto Obispo de Querétaro, Asistente
al Solio Pontificio, que se declaró Siervo de la B.V.M. de Guadalupe,
impuso áurea corona, en nombre del Sumo Pontífice Pío XII, a la Imagen de
la B.V.M. del Pueblito y cuidó de que fura elegida Patrona Principal de
esta ciudad. Fue celosísimo de la ciencia y santidad del clero y de la
institución de las comunidades religiosas y de los niños, jóvenes y
obreros. Convocó al primer Sínodo Diocesano. Custodió las tradiciones de
la Música Sagrada. Fue humilde, austero, piadosísimo.