DECANATO DE SANTA ANA
Hermanos Presbíteros
Hermanos y Hermanas Consagrados
Hermanos y Hermanas en nuestra santa fe católica:
1. Mucho agradezco a los
hermanos Presbíteros de este Decanato el haber preparado este
encuentro para ayudarme a dar gracias a Dios por mis próximos 25
años de ministerio episcopal. En la santa Iglesia todos estamos bajo
la obediencia a Dios mediante los legítimos superiores y el Papa
Juan Pablo Segundo me pidió este servicio a todos ustedes. De mi
parte, lo he realizado con alegría y espero haberles servido en la
medida de mis fuerzas. Estamos en las manos de Dios, confiados en su
infinita misericordia y Él aquilatará la obra de cada uno. A Ustedes
les agradezco su participación gozosa, su fe y su amor a sus
pastores y a la santa Iglesia. Que sus santos Patronos, desde el
cielo, los bendigan abundantemente junto con sus familias. Nuestra
Señora de los Dolores de Soriano, nuestra Madre y Patrona diocesana,
cure nuestras heridas, mitigue nuestros dolores y nos haga fieles
seguidores de su Hijo Jesucristo.
2. Hoy celebra la santa
Iglesia a san Carlos Lwanga y compañeros mártires, un grupo de
cristianos de Uganda, quienes, recién convertidos al cristianismo,
fueron martirizados, unos decapitados y otros quemados vivos por su
fe en Jesucristo. Todos ellos eran jóvenes, el menor de sólo 13
años, y los canonizó el papa Pablo Sexto. La sangre de esos mártires
ha hecho florecer la fe en el continente africano, como también la
de los mártires mexicanos ha revivido la fe católica en nuestra
patria. La persecución y el martirio engalanan a nuestra madre la
Iglesia.
3. Este hecho nos ayuda a
pensar en el sentido de nuestra vida y en el destino que nos ofrece
nuestra fe católica. Sobre el sentido de la vida, lo primero que nos
llama la atención es la brevedad de ella: La vida es breve y pasa.
El salmo 89 lo expresa hermosamente: “Tú, Señor, haces volver al
polvo a los humanos… Setenta son los años que vivimos; llegar a los
ochenta es más bien raro; pena y trabajo son los más de ellos, como
suspiro pasan y pasamos”. En contraste, Dios es eterno, vive desde
siempre y para siempre: “Mil años son para ti como un día, que ya
pasó; como una breve noche… Desde antes que surgieran las montañas,
y la tierra y el mundo apareciesen, existes Tú, Dios mío, desde
siempre y para siempre”. Nuestra vida es un soplo frente a la
eternidad de Dios; por eso la oración hermosa del salmista:
“Llénenos de tu amor por la mañana y júbilo será la vida toda. Haz,
Señor, que tus siervos y sus hijos puedan ver tus obras y tu
gloria”. Que Dios nos abra los ojos del alma para poder contemplar
con fe y gratitud las obras maravillosas de Dios a favor nuestro y
le demos gloria.
4. ¿Cuál es la respuesta de
Dios ante la brevedad de la vida? La tenemos en la primera carta de
san Pedro: “Nosotros, los cristianos, confiamos en la promesa del
Señor y esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en donde
habite la justicia”. Jesús, con su muerte y resurrección, ha hecho
una “nueva creación”, su cuerpo resucitado y glorioso es el inicio
de esos “cielos nuevos y tierra nueva”, donde habitará la justicia y
estaremos todos con el Señor. Este es nuestro destino final, no la
muerte sino la vida y la vida para siempre con el Señor Jesús
resucitado. Por eso los cristianos debemos pensar “con cuánta
santidad y entrega debemos vivir esperando y apresurando el
advenimiento del día del Señor,… creciendo en gracia y en el
conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”. Son nuestros
pecados los que retardan la venida del Señor; viviendo, en cambio,
en santidad apresuramos su advenimiento glorioso. Así alentaba san
Pedro la fe de sus cristianos perseguidos.
5. Los santos mártires son
para nosotros hermanos victoriosos, que nos ayudan con su ejemplo y
nos apoyan con su intercesión ante Dios. Son “aquellos -dice la
Liturgia- que siguieron en la tierra las huellas de Cristo, y se
alegran ahora en el cielo; y porque lo amaron hasta morir por él,
con él se gozan eternamente” (Antífona de entrada). En la santa
Eucaristía encontraron la fuerza necesaria para este seguimiento
heroico del Señor Jesús; se alimentaron del Pan de vida y bebieron
del Cáliz de la salvación y ahora reinan con Cristo glorioso en el
cielo. A ellos les dice Jesús: “Ustedes son los que han perseverado
conmigo en mis pruebas, y yo les he preparado a ustedes un Reino,
para que en él comen y beban en mi mesa” (Ant. de la comunión). Se
alimentaron de la Mesa eucarística en este mundo, ahora se sientan
en el banquete del Reino de Dios. El mismo Señor se pondrá a
servirles y enjugará las lágrimas de sus ojos, dice el Apocalipsis.
Recordemos que nosotros también estamos invitados a ese mismo
banquete: “¡Dichosos los invitados a la cena del Señor!”, escuchamos
en la misa dominical. Con san Pablo, oramos para que “el Padre de
nuestro Señor Jesucristo ilumine nuestras mentes, a fin de que
podamos comprender cuál es la esperanza que nos da su llamamiento” (Ef
1, 17s), la inmensa dignidad y grandeza que significa ser cristiano,
ser católico. Nuestro gran pecado es no estimar ni agradecer
suficientemente el don de la fe.
6. En el evangelio, Jesús
nos da una regla muy importante para conducirnos en este mundo,
sobre todo frente a los poderes terrenales. A lo largo de la
historia, como sucedía con el César de Roma, no pocas veces los
gobernantes reclaman el poder absoluto y hasta pretenden usurpar el
lugar de Dios. Jesús reconoce que debe haber una autoridad terrena y
que debe ser respetada, pero que no puede ocupar el lugar de Dios.
Ningún gobernante es Dios: A Dios lo que es de Dios y al César, que
no es Dios, lo que es del César. Los mártires sólo adoraron a Dios.
La Iglesia no compite con el César el poder temporal. Su finalidad
es otra y otra su misión, como hermosamente dice el Concilio: “Este
pueblo mesiánico
–la Iglesia–
tiene a Cristo por cabeza…, y teniendo ahora un nombre que está
sobre todo nombre, reina gloriosamente en los cielos. La condición
de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en
cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene
por ley el nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos amó a
nosotros (cf. Jo 13, 34). Y tiene por último, como fin, dilatar más
y más el reino de Dios, iniciado por el mismo Dios en la tierra,
hasta que al final de los tiempos Él mismo lo consume, cuando se
manifieste Cristo, vida nuestra (cf. Col 3, 4), y la misma
criatura sea liberada de la servidumbre de la corrupción para
participar en la libertad de los hijos de Dios (Rm 8,21). Esta
es nuestra noble y trascendente misión: promover la vida, la
libertad y la dignidad de la persona humana y dar culto y gloria a
Dios. Por eso la hermosa recomendación final del apóstol san Pedro:
“Así pues, queridos hermanos, ya están ustedes avisados; vivan en
guardia para que no los arrastre el error de los malvados y pierdan
su seguridad. Crezcan en la gracia y el conocimiento de nuestro
Señor y Salvador, Jesucristo. A él la gloria, ahora y hasta el día
de la eternidad. Amén”.