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HOMILÍA DEL SR. OBISPO
DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO
EN EL DECANATO DE SORIANO EN EL
FESTEJO DEL AÑO JUBILAR EPISCOPAL
Soriano, Colón, Qro., 3 de
Octubre de 2007
NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES DE SORIANO Y LA VIDA DIOCESANA
Hermanos Presbíteros
Hermanas y hermanos:
1.
El día 13 de Abril de 1962, mi inmediato predecesor el Excmo. Sr.
Obispo Dr. D. Alfonso Toríz Cobián de grata memoria, a petición del
Sr. Cura Pbro. D. Nazario Guerrero Vargas, declaró sea tenido
“canónica y litúrgicamente” como “Santuario” este Templo que alberga
la venerada imagen de Nuestra Señora de los Dolores de Soriano, “lo
que,
—añadía—
sin duda cederá en mayor gloria de Dios nuestro Señor, en honor de su
Santísima Madre, engrandecimiento de nuestra querida Diócesis, de la
Parroquia de San Francisco de Colón y del referido Templo, y en
edificación de los fieles”.
2.
El mismo Excelentísimo señor Obispo, secundando el “deseo del clero y
de los fieles cristianos de la Diócesis a él encomendada”, suplicó al
Santo Padre, mediante la Congregación para el Culto Divino, “se digne
benignamente constituir y declarar Patrona Principal de toda la
Diócesis de Querétaro, a la Santísima Virgen María de los Dolores de
Soriano”, puesto que, “todos los fieles cristianos de la Diócesis
desde hace mucho tiempo, han venerado con especial devoción a la
Santísima Virgen María Madre de Dios bajo esta advocación y aún la
siguen venerando”.
3.
La respuesta afirmativa del Papa Pablo VI, mediante la Congregación
para el Culto Divino, no se hizo esperar; por tanto, “constituye y
declara y confirma a la Santísima Virgen María de los Dolores de
Soriano Patrona Principal ante Dios de toda la Diócesis de Querétaro
con los derechos y privilegios establecidos en las normas litúrgicas”.
Este decreto tiene fecha del 31 de Octubre de 1969, en la Ciudad del
Vaticano (Prot. N. 1536/69).
4.
Gracias al cuidado pastoral de un Párroco, al celo apostólico de un
Obispo y a la solicitud paternal del Romano Pontífice, respondiendo
todos ellos al deseo del Presbiterio diocesano y a la filial devoción
de los fieles católicos, la Virgen María, en su advocación de Nuestra
Señora de los Dolores de Soriano, es nuestra Patrona Principal. Ella
es quien ahora nos reúne y congrega bajo su maternal protección. A
este gran coro eclesial de amor filial quiero unir mi humilde acción
de gracias por mi próximo jubileo episcopal, recordando que su
venerada imagen estuvo presente en la inauguración de mi ministerio en
esta Diócesis el 5 de Mayo de 1989. Gracias a todos ustedes por
facilitarme este encuentro fraternal.
5.
El Concilio Vaticano segundo afirmó que “el Hijo de Dios tomó de María
la naturaleza humana para librar al hombre del pecado por medio de los
misterios vividos en su carne”. Nuestra salvación la realizó Jesús
mediante los “misterios” de su vida, es decir, mediante los diversos
acontecimientos salvadores que comenzaron con su encarnación en el
seno de María y culminaron con su glorificación en el cielo. Jesús nos
salvó compartiendo con nosotros el itinerario de la vida humana en sus
diversas manifestaciones y, en este caminar, María santísima estuvo
presente de manera singular, sin igual. La Iglesia celebra y agradece
esta cooperación de María Santísima en nuestra salvación a lo largo de
del Año litúrgico, en las fiestas en su honor y lo hace con especial
esplendor en los santuarios dedicados a su memoria. Es lo que se llama
la “geografía de la fe”. Como nos enseñaron nuestros Obispos
latinoamericanos, “en nuestros pueblos, el Evangelio ha sido anunciado
presentando a la Virgen María como su realización más alta. Desde los
orígenes, en su aparición y advocación de Guadalupe, María constituyó
el gran signo, de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del
Padre y de Cristo con quienes Ella nos invita a entrar en comunión…
Como el de Guadalupe, los otros santuarios marianos del continente son
signos del encuentro de la fe con la historia latinoamericana” (DP,
282).
6.
Nosotros hemos tenido la fortuna de ser los herederos de este
Santuario, que nuestros padres en la fe
—misioneros,
obispos, sacerdotes, catequistas, familias católicas—
erigieron para honrar a la Madre de Jesús en el misterio de su
presencia junto a la Cruz de su Hijo, con el nombre de “Santuario de
Nuestra Señora de los Dolores de Soriano”. Aquí celebramos el misterio
de la redención de Cristo en la Cruz y a su Madre Santísima asociada
íntimamente a su pasión dolorosa; aquí celebramos esa “maternidad
espiritual” por la cual María nos recibió como hijos, y esa “filiación
espiritual” por la cual nosotros la recibimos como Madre, según el
encargo de Jesús al discípulo Juan. En efecto, “como en la familia
humana, la Iglesia-familia se genera en torno a una madre, quien
confiere ‘alma’ y ternura a la convivencia familiar… Ella atrae
multitudes a la comunión con Jesús y su Iglesia, como experimentamos a
menudo en los santuarios marianos. Por eso la Iglesia, como la Virgen
María, es Madre”, leemos en el documento de Aparecida (No. 268). Este
santuario es la casa común diocesana donde aprendemos a ser hermanos
por Cristo y en Cristo, cobijados por la amorosa protección de la
Virgen Madre.
7.
Cada santuario tiene su don, su gracia especial. La liturgia de la
Iglesia nos invita a solicitar para nosotros la gracia de vernos
“asociados con la Virgen en la pasión de Cristo”, a fin de ”aliviar
los sufrimientos que Cristo sigue padeciendo en nuestros hermanos” y
así “participar también de la gloria de la resurrección”. Ese
santuario tiene que ser al mismo tiempo escuela de comunión eclesial y
de fraternidad, centro de misericordia y de solidaridad, y fuente de
esperanza cristiana. Todo peregrino viene aquí a revivir la
peregrinación de la fe de María santísima, a quien su Hijo no ahorró
“la incomprensión y la búsqueda constante del proyecto del Padre”, que
Ella asumió como “mujer libre y fuerte, conscientemente orientada al
verdadero seguimiento de Cristo” (Aparecida. 266).
8.
El canto del magnificat “es el espejo del alma de María… Es el
cántico que anuncia el nuevo Evangelio de Cristo; es el preludio del
Sermón de la Montaña…(María) se manifiesta como modelo ‘para quienes
no aceptan pasivamente las circunstancias adversas de la vida personal
y social… sino que proclaman con Ella que Dios ensalza a los humildes
y, si es el caso, ‘derriba a los poderosos de sus tronos’ (J.Pablo II,
Homilía en Zapopan)” (DP 297). Estas palabras de nuestros Obispos,
secundando la voz vigorosa de Juan Pablo Segundo, prolongan el
anuncio profético de María y nos deben llegar al alma y empeñarnos en
corregir las condiciones injustas que atentan contra la dignidad
humana, especialmente contra la mujer. La violencia intrafamiliar es
un lastre ancestral que venimos arrastrando y que, cualquier sociedad
civilizada, mucho más si se dice católica, debe vencer. “Es necesario
superar una mentalidad machista que ignora la novedad del
cristianismo, donde se reconoce y proclama la ‘igual dignidad y
responsabilidad de la mujer respecto al hombre’ (Benedicto XVI,
Discurso Inaugural, 5)” (A. 453). Cualquiera que desprecie, ofenda,
violente o discrimine a la mujer, sea como hija, esposa, hermana o
madre “ignora la novedad del cristianismo”, es decir, no es cristiano
ni merece el nombre de católico.
9. A
la violencia intrafamiliar se asocia la propaganda en anuncios y
telenovelas que “comercializan” y “venden” descaradamente la imagen de
la mujer como objeto de consumo y placer. Le ofrecen con engaño la
felicidad y sólo la desean como objeto de placer. A esta lacra social
se asocia la denigrante explotación sexual de los menores. Éstas
conductas no sólo degradan a las víctimas, sino también y mucho más, a
quienes las promueven, obtienen ventajas y las toleran. El cinismo
llega hasta el intento de darles legalidad y estatuto social. Por
nuestra común dignidad humana, por nuestra vergüenza como seres
racionales, por elemental salud social y por exigencia de la fe
católica, tenemos que extirpar de entre nosotros toda violencia o
explotación en contra de la mujer y en contra de los menores. No puede
tener a María por madre quien desprecie u ofenda a su esposa, hija,
hermana o madre: a cualquier mujer. Todos somos deudores de la mujer,
comenzando por María “la bendita entre las mujeres”. En Ella, todas
las mujeres participan de la bendición de Dios, no así quien las
ofende.
10.
La orden de María a los sirvientes en las bodas de Caná: “Hagan lo que
Él les diga”
—a pesar de lo “inoportuno” del momento, pues “no había llegado
la hora de Jesús”—, es una orden consoladora
para nosotros. Ella logró el milagro e hizo posible la fiesta y la
alegría mesiánica. Los sirvientes tuvieron que hacer su parte: sacar y
acarrear el agua, llenar las tinajas y, sobre todo, obedecer. Estas
palabras de María son lo que la Iglesia llama la intercesión de María
y de los Santos. Es poderosa. Las leemos aquí, a la entrada del “Museo
de los Milagros”, donde el pueblo creyente y devoto de María, “ha
visto con sus ojos y tocado con sus manos”, su poderosa y
misericordiosa intercesión ante su Hijo Jesucristo. El museo es un
monumento a la fe del pueblo católico y signo de gratitud a Dios por
la protección maternal de María.
11.
Todos nosotros, aunque creyentes, sentimos la necesidad de aumentar
nuestra fe, para llegar a la altura de María. Su dicha comenzó cuando
creyó: “Dichosa tú porque has creído”. ¿En qué o en quién creyó María?
Creyó en la Palabra de Dios: “Hágase en mi según tu palabra”; y en
Ella se cumplió “todo cuanto le fue dicho de parte del Señor”. El
Papa Benedicto comenta: “El Magnificat está enteramente tejido
por los hilos de la Sagrada Escritura, los hilos tomados de la Palabra
de Dios. Así, se revela que en Ella la Palabra de Dios se encuentra
verdaderamente en su casa, de donde entra y sale con naturalidad. Ella
habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se le hace
su palabra, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Además, así se
revela que sus pensamientos están en sintonía con los pensamientos de
Dios, que su querer es un querer junto con Dios. Estando íntimamente
penetrada por la Palabra de Dios, Ella puede llegar a ser Madre de la
Palabra encarnada” (A 271), de Jesús. Seremos siervos dichosos como
María, cuando “pensemos con la Palabra de Dios y la Palabra de Dios
se haga palabra nuestra”; entonces comenzaremos a ser “discípulos y
misioneros” de Jesucristo.
12.
Hermanas y hermanos: Hemos traído a este Santuario nuestras alegrías y
nuestras penas; las necesidades de nuestra familia y de la comunidad
parroquial. Ahora es necesario que hagamos de nuestro hogar un
“santuario familiar”. Los invito a construir en su casa un “altar
familiar”. En el altar familiar se coloca en el lugar central el
Crucifijo, el Sagrado Corazón de Jesús u otra imagen de Cristo; a su
lado, la Virgen de Guadalupe, la Virgen de los Dolores de Soriano y
luego las otras imágenes de nuestra devoción y tradición familiar. No
debe faltar el santo Rosario, para rezarlo en familia, pues al
recitarlo: “el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la
belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su
amor” (J. Pablo II, RMV 1). Es bueno que tengan “agua bendita”,
traída de la parroquia, en recuerdo de su Bautismo y en señal de
protección; puede estar la “palma bendita” del Domingo de Ramos, para
que les recuerde que en su hogar Cristo es el Rey. El altar familiar
ha de ocupar el lugar de honor, no la televisión. En un sitio
accesible deben estar la Santa Biblia y el Catecismo de la Iglesia
Católica, para meditar la Palabra de Dios e instruirnos en la fe.
Estas son los auxilios con que Dios nos guía, ilumina y protege.
13.
Finalmente, los invito a considerar con atención esta maravilla: La
santa Iglesia celebra en María a la Virgen Madre y a la Madre Virgen;
una joven virgen que se convierte en madre y una mujer que llega a ser
madre sin dejar de ser virgen. En María Santísima, ambas realidades
humanas, la virginidad y la maternidad, fueron honradas y conjuntadas
por la acción poderosa del Espíritu Santo; y del vientre de María
nació un “fruto bendito”, Jesucristo Nuestro Señor. La Iglesia nos
enseña a honrar en la mujer tanto la condición virginal como su
vocación a la maternidad. Ahora, en la televisión y en el discurso
oficial y de todos los días se hacen burlas de ambas cosas: de la
maternidad y de la virginidad. Desprecian el plan de Dios.
14.
En el designio de Dios, de la virginidad se pasa a la maternidad,
mediante el sacramento del matrimonio; no hay un estadio intermedio de
amante, amasia o compañera sentimental, como ahora dicen cínicamente,
sino que la joven virgen, mediante el sacramento del matrimonio, se
convierte en madre feliz de sus hijos. La joven que desea permanecer
virgen, puede consagrar su vida a Dios y al servicio del prójimo.
Existe en la Iglesia, desde el tiempo de los Apóstoles, el “Orden de
las Vírgenes” y se ingresa mediante la “consagración virginal”.
Recuerden a santa Inés y a santa Cecilia, vírgenes y mártires, gloria
de la Iglesia. La mujer que desea casarse, lo hace según Dios, por la
Iglesia, y se convierte en madre; así cumple su vocación y respeta su
dignidad. La maternidad no es un oficio, ni un empleo, como lo son las
profesiones civiles, sino una vocación, una misión. Puede, y es bueno,
que la mujer desarrolle su talento y colabore al bien de la sociedad
mediante un trabajo o una profesión, pero no puede ésta sustituir ni
menoscabar su vocación a la maternidad. La profesión se la da la
sociedad, la maternidad viene de Dios. Tanto la virginidad como la
maternidad son las vocaciones que dignifican a la mujer; las otras son
profesiones que la adornan, pero no la pueden suplir ni suplantar. En
María, El Espíritu Santo, “Señor y dador de vida” y “Amor de Dios
derramado en nuestros corazones” unió estas dos glorias, la maternidad
y la virginidad. A ambas, por igual, honra la santa Iglesia.
14.
La Virgen Madre, en el misterio de sus Dolores junto a la Cruz de su
Hijo, nos asista siempre como familia diocesana: Ella nos ayude a
llevar con entereza y valentía, con orgullo y con honor, la cruz
gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo para llegar a ser, como Ella,
auténticos “discípulos y misioneros” de su Hijo, a quien sea el honor
y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
†
Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro
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