EN EL DECANATO DE NUESTRA SEÑORA DEL
PUEBLITO
Hermanos Presbíteros
Hermanos Religiosos y
Religiosas
Hermanos y Hermanas en el
Señor:
1. Muchas gracias por su
invitación a compartir con ustedes este momento de alegría y de
acción de gracias a Dios por mi ya próximos veinticinco años de
servicio episcopal, seis en la recordada diócesis de Tuxpan y
diecinueve en esta querida diócesis de Querétaro, pero siempre al
servicio de la misma y santa madre Iglesia. Este Decanato, que lleva
por nombre el de Nuestra Señora del Pueblito, Patrona principal con
el Apóstol Santiago de nuestra Ciudad episcopal, es eminentemente
mariano. Casi todas las parroquias están encomendadas a la Virgen
Santísima, en sus diversas y piadosas advocaciones: Nuestra Señora
de los Ángeles, Nuestra Señora de la Esperanza y Nuestra Señora de
la Anunciación; la parroquia de la Sagrada Familia de Nazaret asocia
a la protección de María la de su castísimo Esposo Señor san José;
la parroquia de San Francisco Galileo, que nos recibe, tiene
asociada por múltiples títulos y de manera inseparable a Nuestra
Señora del Pueblito, aquí en su casa grande, en su Santuario. De más
reciente llegada es la advocación de la Virgen de Schöenstatt, cuya
imagen se encuentra ya en numerosos hogares y corazones; la
parroquia de los Santos Mártires Mexicanos nos recuerda su amor a
Cristo Rey y a santa María de Guadalupe, por quienes derramaron su
sangre y entregaron sus vidas. Ahora nos visita la piadosa imagen de
Nuestra Señora de los Dolores de Soriano, nuestra Patrona Diocesana,
que acompañó a su Hijo en su pasión y muerte y después en su
Resurrección. ¡Qué mejor ocasión que ésta, rodeado de la ternura y
cariño de nuestra Madre Santísima en sus diversas advocaciones, para
agradecer, junto con todos ustedes, a Dios el don del sacerdocio y
episcopado que me ha regalado para edificación de su santa Iglesia.
Que la Virgen Santísima acoja en sus manos puras esta súplica y la
presente con su Hijo al Padre del cielo.
2. La lectura continua que nos
ofrece la liturgia en estos días, nos habla del misterio pascual de
Cristo vivido ya en su Iglesia, comenzando por los Apóstoles. El
sanedrín que condenó a Jesús, ahora continúa su hostilidad con sus
discípulos: “Les hemos prohibido enseñar en el nombre de Jesús; sin
embargo, ustedes han llenado a Jerusalén con sus enseñanzas y
quieren hacernos responsables de la sangre de ese hombre”,
escuchábamos en la lectura de ayer. La respuesta de los Apóstoles es
clara: “Primero hay que obedecer a Dios que a los hombres”, y les
anuncian el Kerigma: “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús…
la mano de Dios lo exaltó, lo ha hecho jefe y salvador, para dar a
Israel la conversión y el perdón de los pecados”. Este es el
Evangelio, la Buena nueva, el feliz anuncio de la salvación, el
Kerigma que ustedes también han escuchado de boca de los santos
misioneros, de sus sacerdotes, evangelizadores y catequistas. Todos
ellos, siguiendo el ejemplo de los Apóstoles, “han sido testigos de
todo esto, junto con el Espíritu Santo que Dios da a los que lo
obedecen”. Los Apóstoles, testigos del resucitado, iban anunciando
con gozo, en medio de las persecuciones y palizas, la Buena nueva de
la salvación. Anunciar a Jesucristo nunca ha sido fácil, pero
tampoco triste porque lleva consigo el gozo de la salvación.
3. La lectura de hoy nos dice
que un hombre sensato, Gamaliel, intervino invitando a los
perseguidores a recapacitar y ver que las obras de los hombres,
tarde o temprano, se desmoronan; las obras de Dios, en cambio,
permanecen. Por eso, la actividad misionera de los Apóstoles pudo
continuar “anunciando el Evangelio de Cristo Jesús, tanto en el
templo como en las casas”. Aquí tenemos a los Apóstoles hechos ya
verdaderos discípulos de Jesucristo, partícipes de sus sufrimientos
y, al mismo tiempo, llenos de gozo por padecer algo por el nombre
del Señor Jesús. Esta es la imagen de la Iglesia que nos presentan
nuestros Pastores en Aparecida, cuando nos invitan a ser “discípulos
misioneros de Jesucristo” para edificación de su Reino mediante la
santa Iglesia. Las llagas de Cristo, así como se imprimieron en el
cuerpo de san Francisco, siguen grabadas en el Cuerpo místico de
Jesucristo, que es su santa Iglesia, de modo que el que quiera
seguir al Señor debe tomar su cruz cada día, para participar del
gozo de su resurrección. El cristiano, el católico de verdad,
obedece a Dios antes que a los hombres y lleva en su cuerpo las
llagas de Cristo y su gozo en su corazón. La Iglesia celebra y vive
del misterio pascual de Cristo, que se continúa en la vida de sus
hijos todos los días por la acción poderosa del Espíritu Santo en
nosotros.
4. Quien es maestra en la
Iglesia y discípula perfecta de su Hijo es la Virgen María. Ella,
“por su fe y obediencia a la voluntad de Dios” es “interlocutora del
Padre en su proyecto de enviar a su Verbo al mundo para la salvación
humana. María, con su fe, llega a ser primer miembro de la comunidad
de creyentes en Cristo, y también se hace colaboradora en el
renacimiento espiritual de los discípulos”, dicen nuestros Obispos
en Aparecida. La Virgen “renueva el parto virginal de Cristo” cuando
se bautizan nuevos cristianos en la Iglesia y, si la vida cristiana
llega a languidecer, Ella “colabora al renacimiento espiritual de
los discípulos” (A 266). Esto es lo que ahora estamos necesitando,
ante una cultura marcada por la muerte, en sus diversas expresiones:
violencia, aborto, asesinatos, drogadicción, pornografía, abuso de
menores y de mujeres; búsqueda del placer y del poder pasando sobre
los demás y generando mecanismos de represión institucional; se
endurecen las leyes, se aumenta la vigilancia, se multiplican los
retenes, se colocan topes y cámaras de grabación, se promueve la
delación y la desconfianza, etcétera. Hermanas y hermanos: Esta no
es la enseñanza que recibimos de nuestra madre la Iglesia. Esta no
es la educación que nos dejaron nuestros mayores. Esto es contrario
a lo que nos enseñó Jesucristo y que celebramos el Jueves Santo: el
amarnos unos a otros y lavarnos mutuamente los pies. Alguien nos
está cambiado el corazón. Alguien ha trastocado nuestros valores.
Alguien ha pervertido el camino de la caridad, del amor y de la
fraternidad por la simple y vulgar tolerancia, que cada vez tolera
menos. Jesús no nos mandó simplemente tolerarnos, sino amarnos y
perdonarnos. ¿No lo hemos notado?, ¿no hemos caído en la cuenta de
este desbarrancadero moral y social que nos lleva a la muerte?
Necesitamos que Jesús resucitado nos abra los ojos como a los
discípulos de Emaús, que el Evangelio de Cristo disipe las tinieblas
de nuestro entendimiento, que la gracia del Espíritu Santo cambie
nuestro corazón de piedra por un corazón de carne, sensible y
compasivo; nos urge que la Virgen Santísima nos ayude a lograr “un
renacimiento espiritual de todos los discípulos de de Cristo”, en
nuestra Iglesia local. Jesucristo, ahora por boca de nuestros
Pastores, nos dice de nuevo: “Francisco, repara mi Iglesia”. Todos,
su obispo, sus sacerdotes, religiosos y religiosas, consagrados y
consagradas, catequistas, madres y padres de familia, jóvenes y
fieles cristianos, católicos todos, debemos empeñar nuestra vida en
restaurar y embellecer el rostro de nuestra santa Madre la Iglesia
cumpliendo los Mandamientos y llevando una vida más cristiana. No
estamos solos: ¡Ahí tienes a tu Madre”, nos dice Jesús. María, “la
discípula más perfecta del Señor” (A 266), está con nosotros en la
santa Iglesia.
5.
Este Decanato tiene una riqueza muy grande en la presencia múltiple
de Órdenes y Congregaciones Religiosas, de hombres y de mujeres
consagrados, que son un don del Espíritu Santo a su Iglesia. Todos
los Fundadores y Fundadoras de estas Órdenes y Congregaciones
Religiosas, fueron adornadas con dones y carismas, que transmitieron
a sus hijos y seguidores. Es necesario que, como antaño, también
ahora crezcan y florezcan para adornar la vida cristiana y hacerla
producir frutos de santidad. Cada monasterio, cada convento, cada
casa religiosa, lo mismo que cada parroquia, debe ser un foco, “una
escuela de santidad” (NMI), que manifieste un aspecto de la riqueza
y belleza del Rostro de Cristo, para que todos se sientan atraídos
por Él y, en Él, tengan vida. Si el proselitismo de los grupos
religiosos cristianos o anticristianos adquiere adeptos, es porque
nosotros, los católicos, no reflejamos el rostro atrayente y bello
de Cristo en nuestra vida de cada día. Los Apóstoles iban contentos,
radiantes de haber sido juzgados dignos de padecer algo por Cristo
y, al reunirse para la oración, tenían una sola alma y un solo
corazón, compartían sus bienes, nadie pasaba necesidad, partían el
Pan con sencillez y gozaban de la estimación de la gente del pueblo.
¡Que este Decanato del Pueblito, congregado en torno a la Virgen
María, la Madre de Jesús, apoyado en el Testimonio de los Apóstoles
y de los Mártires y sostenido por la fuerza del Espíritu Santo, sea
una verdadera familia de hijos de Dios. “María Santísima es la
presencia materna, indispensable y decisiva en la gestación de un
pueblo de hijos y hermanos, discípulos y misioneros de su Hijo” (A
524). Que así sea.