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HOMILÍA DEL SR. OBISPO
DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO
EN EL FESTEJO JUBILAR DEL DECANATO DE
SANTIAGO
Santiago de Querétaro, Qro., 4 de
Julio de 2008
DECANATO DE SANTIAGO
Hermanos Presbíteros,
Hermanos Religiosos,
Hermanas y Hermanos:
1. Dios, Padre misericordioso, pague a ustedes
su caridad al convocar y tomar parte en esta asamblea litúrgica,
para ayudarme a dar gracias por estos veinticinco años de mi
servicio episcopal en esta Diócesis, a la que el Señor ha
enriquecido con numerosos dones, carismas y gracias en el transcurso
de su larga historia. Que el Señor cubra con su misericordia mis
deficiencias, para que el servicio que me ha pedido no desmerezca en
la lista de pastores generosos y sabios que ha regalado a esta
porción de su Iglesia. Recorriendo los titulares y patronos de las
parroquias y templos que integran este Decanato, veo que conforman
una larga letanía, en la que figuran grandes Misterios de nuestra
salvación, dulces títulos Marianos, santos Fundadores de grandes
órdenes y de congregaciones religiosas y Santos y Mártires que gozan
de la veneración del pueblo creyente y a cuya protección nos
acogemos confiados. Que los Santos del cielo reciban esta acción de
gracias para gloria de la Santa Trinidad y para nuestra salvación.
2. La lectura del profeta Amós nos lleva a los
tiempos de prosperidad económica del reino de Israel, en especial de
su capital Samaría. Lujos, vino, extorsión, injusticia, fraudes,
olvido de Dios y de sus mandamientos, de cuyo cumplimiento dependía
la posesión de la tierra prometida y el disfrute de la paz. El
profeta, humilde pastor y recolector de higos, se estremece ante la
impiedad del pueblo elegido, y la palabra divina le obliga a
anunciar que el Señor “hará que se oscurezca el sol en pleno día y,
a plena luz, se cubrirá la tierra de tinieblas. Se convertirán en
duelo las fiestas y en gemidos sus canciones”. Son palabras tristes
y sombrías, que reflejan lo que sucede a un pueblo cuando se aleja
de los mandamientos del Señor, verdad no extraña también para
nosotros. El olvido de Dios es la destrucción del hombre. Cada vez
hay más llanto y dolor en las calles de nuestra ciudad y más
violencia en la intimidad de los hogares; cada amanecer parece más
sombrío, sobre todo para las nuevas generaciones. Lo miramos sin
quererlo ver.
3. El remedio, la salvación, la vida y la
felicidad vendrán siempre del Señor, de la escucha obediente de su
palabra. Llegará el momento en que el pueblo, “envuelto en llanto y
amargura, como de luto por el hijo único”, recapacite y “sienta
hambre de oír la palabra de Dios”; pero “andarán errantes buscando
la palabra del Señor, pero no la encontrarán”. Se les quitará el
acceso a la palabra de Dios. Esta es la tragedia mayor para el
pueblo de Dios. Israel nació de la palabra de Dios pronunciada en el
monte Sinaí en forma de Diez Mandamientos. El pueblo olvidó que éste
era su origen, su sustento; que debía vivir “no sólo de pan, sino de
la palabra salida de la boca de Dios”. Lo olvidamos también hoy. No
lo olvidemos nosotros, hermanos presbíteros, que el primer alimento
del pueblo de Dios es su santa Palabra. El Concilio llama a la
Palabra de Dios “sustento y vigor de la Iglesia, fuente pura y
limpia de vida espiritual”. Sin la Palabra de Dios, el pueblo crece
desnutrido espiritualmente, se debilita su fe y degenera en
superstición. No desmayemos en anunciar la palabra de Dios, con toda
su fuerza y con toda su verdad, como Amós, porque ésta es la vida
del pueblo, aunque no lo sepa o no lo quiera saber. Es nuestro
deber.
4. La santa Iglesia, Madre solícita de sus
hijos, ofrece a todos los fieles, con el próximo Sínodo de los
Obispos y con el recién inaugurado Año Paulino, una ocasión propicia
para incrementar nuestro servicio anunciando, “a tiempo y
destiempo”, la Palabra de Dios. “Siempre que escucho una lectura de
las cartas de Pablo, me alegro con el sonido de esa trompeta
espiritual. Me siento entusiasmado y experimento un ardiente deseo…
Pero me apena y me duele que no todos conozcan a ese hombre como él
se merece”, decía san Juan Crisóstomo. Recordemos que la palabra de
Dios tiene que hacerse “cultura” para que penetre, eche raíces,
crezca y fructifique. Las grandes órdenes religiosas fueron maestras
en la inculturación del evangelio. En nuestra ciudad episcopal,
todavía se respiran algunos hálitos cristianos, que necesitan
recobrar su espíritu y su densidad católica. En el arte y en la
liturgia hay ya esfuerzos notables; queda el campo de la modernidad
y de las nuevas tecnologías, en especial la de los medios de
comunicación. Los medios profanos, a lo más, nos servirán de
aguijón, no de púlpito, pues otros, muy ajenos a los nuestros, son
sus intereses. Urge potenciar los nuestros. La imagen televisiva es
atrayente, no despreciable, pero insuficiente por manipulable y
fugaz. Impacta mucho pero cala poco. Nada podrá sustituir a la
palabra cuando ésta es alentada por el espíritu y escrita con la
verdad. El analfabetismo religioso y cultural nos hace víctimas de
la idolatría y de la superstición.
5. Es precisamente el evangelio que escuchamos
el que nos estimula a levantarnos y a caminar. Jesús vio a Mateo,
“sentado en la mesa de recaudador”. Mateo, por su condición de
cobrador de impuestos y de colaborador con un poder extranjero, era
doblemente despreciable. Su figura inmóvil, estática, “sentado a la
mesa de recaudador”, en actitud sólo de recibir sin compartir, lo
pone en vivo contraste con un Jesús dinámico, caminante, que lo ve
y, al pasar, le dice: “Sígueme”. En Jesús todo es movimiento,
acción, vida, novedad, misión. No le dice a dónde va, no le señala
un destino, sino simplemente le dice que tiene que seguirlo. Entre
todos, sólo a él “vio”. Ahora tiene que seguirlo. Tiene que hacerse
discípulo misionero: ir tras Él y con Él. Con la palabra de Jesús,
actúa la gracia: “Él se levantó y lo siguió”. La gracia es poderosa:
dejó mesa, oficio y profesión. Tras el seguimiento de Jesús, viene
la celebración “en la casa de Mateo”, que es también lugar de
reunión “de muchos publicanos y pecadores”, y que es desde ahora la
casa donde todos se sientan a “comer con Jesús y con sus
discípulos”. El banquete del Reino de los cielos queda a disposición
de todos los hombres. Sólo se excluye quien no quiere.
6. Hermanas y hermanos: ¿Nos damos cuenta de lo
maravilloso de esta escena? ¿No es esta una imagen extraordinaria de
la Iglesia? ¿No es esto lo que estamos haciendo aquí? Esta imagen
hermosa de Jesús, sentado a la mesa con los discípulos y rodeado de
pecadores, nos manifiesta el corazón misericordioso del Padre del
cielo. Esto sólo lo puede hacer Jesús, porque sólo él conoce el
corazón de Dios, y es lo que escandaliza a los “fariseos” de antaño
y sigue escandalizando a los de hogaño. Reaccionan ensañándose con
los más débiles, con los discípulos: “¿Por qué su maestro come con
publicanos y pecadores?”. Es el reclamo de siempre, de los que se
sienten poderosos y jueces. Pero la Iglesia, cuerpo sacrosanto de
Cristo y morada santa de su Espíritu, es y seguirá siendo “casa y
escuela de comunión”, “comunión de los santos” y “la casa de los
pecadores”. Es la nueva casa de Mateo
–Iglesia
apostólica–
donde Jesús, defendiendo a sus discípulos, reitera sin cesar a los
modernos fariseos: “Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo
quiero misericordia, no sacrificios. Yo no he venido a llamar a
los justos, sino a los pecadores” (Mt 9, 13). Nosotros estaremos
siempre, hermanos presbíteros, como pecadores entre los pecadores,
pero, por gracia divina, ministros de su misericordia y de su
perdón.
7. La Virgen Santísima, a quien ahora celebramos
con el dulce título de “Refugio y auxilio de los pecadores”, nos
conceda su poderosa ayuda para que, arrepentidos de nuestros
pecados, alcancemos de la misericordia divina la eterna felicidad”.
Amén.
†
Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro
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