Hermanos:
Bendito sea Dios, Padre nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo
sacerdote y supremo pastor de nuestras vidas, me ha elegido y
consagrado con el óleo que lleva su nombre, el Santo Crisma, para
configurarme a él en el grado del episcopado y ser así, desde este
momento, el maestro, el gran sacerdote y el pastor de esta porción
de su pueblo que peregrina en esta región de Tuxpan.
Bendito sea Dios también, hermanos, porque en la persona del Papa
Juan Pablo Segundo, nos ha dejado un pastor visible y universal, que
en nombre de su Hijo Jesucristo rige y gobierna con mano firme y
mirada serena, a su santa Iglesia Católica, y que con su visita a
nuestra patria, vino a conformar nuestra fe, a alentar nuestra
esperanza y a vigorizar nuestra caridad, y que ahora está aquí
representado dignamente por el excelentísimo Señor Delegado
Apostólico Don Jerónimo Prigione quien se ha dignado conferirme, en
comunión con los demás obispos, el sacramento del orden episcopal.
Por su santidad el Papa Juan Pablo Segundo y por su digno
representante entre nosotros el Señor Delegado Apostólico, bendito
sea por siempre el Señor.
Quiero también dar gracias y bendecir al Señor por los pastores que
han tenido a bien conceder a su pueblo en los últimos tiempos esta
tierra veracruzana: Por su santo Siervo monseñor Rafael Guizar y
Valencia, misionera y evangelizador de Veracruz; por mis Obispos
Manuel Pío y Emilio Abascal que viven ahora en la Casa del Señor por
años sin término; por mi obispo metropolitano: amigo, hermano y
padre, monseñor Sergio Obeso; por los hermanos Obispos que se han
dignado acompañarme en este hermoso gesto de fraternidad colegial
apostólica; y que Dios sea mil veces bendito por quien fue mi padre
en la fe en las aguas bautismales, mi vocador al sacerdocio allá en
Córdoba y ahora mi venerable predecesor como primer Obispo de
Tuxpan, monseñor Ignacio Lehonor Arroyo, para quien pido un aplauso
y la bendición del Señor de todo corazón.
Doy también gracias al Señor y bendigo su nombre por los hermanos
sacerdotes del presbiterio de Xalapa, especialmente por los del
decanato de la ciudad episcopal, con quienes compartí por muchos
años las fatigas de la predicación del Evangelio y de la renovación
de la vida parroquial.
Y mucho tengo que bendecir al Señor por las dos comunidades
parroquiales a quienes tuve el honor de servir: A los fieles de la
Parroquia de San Antonio de Padua en Xalapa con quienes, durante
catorce años, compartía alegrías y dolores por la edificación de la
Casa de Dios desde sus piedras materiales hasta las ahora piedras
vivas y espirituales que forman esa comunidad cristiana. Y a los
fieles de la Parroquia de San José, a quienes aprendí a querer y
apreciar por su fe recia, añosa y generosa durante un escaso año que
estuve con ellos. Por haberlos conocido y compartido su fe, Dios sea
bendito en ustedes fieles de San Antonio y de San José.
Y bendigo también a Dios por Modesto y Margarita, mis padres; y por
Graciela, Hugo, Ramiro, Rubén, Rodolfo, Gino y Rafael, mis hermanos.
Gracias por su fe, su apoyo y comprensión.
Y AHORA, Señor Dios de nuestros Padres, que llamaste a Abraham de Ur
de los caldeos y le prometiste hacerlo padre de una descendencia tan
numerosa como las estrellas del cielo y las arenas del mar; que
mandaste a Moisés abandonar la casa del faraón e ir al encuentro de
sus hermanos y llevarlos por el desierto rumbo a la libertad; que
mandaste a Josué introducir a tu pueblo en la tierra prometida......
TE BENDIGO porque me has mandado dejar mi tierra, mi diócesis, mi
presbiterio, mi decanato, mi parroquia, mis conocidos para ponerme
al frente de este pueblo tuyo que peregrina hacia Ti en esta región
de Tuxpan y que ahora son mi pueblo y mi herencia, mi presbiterio y
mi diócesis, mi familia y mi tierra de promisión a quienes vengo a
servir en nombre del Obispo Jesucristo como Maestro, Pontífice y
Pastor.
Hermanos Sacerdotes del Presbiterio de Tuxpan. Hermanas
Religiosas. Apóstoles laicos y fieles todos que han venido de las
diversas parroquias de esta diócesis: Desde ahora, no por voluntad
de la carne ni de la sangre, sino de Dios, expresada en el
sacramento del orden episcopal y por la comunión apostólica, soy su
Obispo. Ruego al Señor por mí y los bendigo de todo corazón en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.