1. Hoy,
Jueves santo, la Iglesia nos invita a recordar tres misterios santos: La
Institución de la Cena del Señor, el Sacerdocio del Nuevo Testamento y
el Mandato del amor fraterno. Estos tres misterios, es decir, signos del
amor de Jesús hacia nosotros, son su Testamento antes de padecer. Mañana
comienza, pues, el Triduo Pascual: El Viernes de la muerte redentora de
Cristo, el Sábado, día santo de su santa sepultura, y el Domingo de su
gloriosa resurrección. Esta solemne celebración vespertina es el pórtico
al Triduo Sacro de la Pascua del Señor.
2- El
primer misterio que conmemoramos es la Institución de la santa
Eucaristía o Cena del Señor, como anticipo de su sacrificio en la Cuz.
Escuchamos en la segunda lectura el contexto en que Jesucristo la
celebró: el de la cena pascual judía, o sea, del recuerdo del paso de
Israel de la esclavitud de Egipto a la libertad de la tierra prometida.
El signo principal era el cordero inmolado, cuya sangre marcaba los
dinteles de las puertas de los hebreos y el ángel exterminador, al
verla, pasaba de largo, librándose así de la muerte. Pascua es paso de
la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida. Ahora es Jesús ese
Cordero que se ofrece voluntariamente por nosotros, nos manifiesta su
amor derramando su sangre y nos libra del pecado y de la muerte eterna.
El signo de este gesto salvador y libertador de Jesús hacia nosotros es
el pan y el vino convertidos en su Cuerpo y en su Sangre, del cual se
nos invita a participar: “Este es el Cordero de Dios, que quita el
pecado del mundo. ¡Dichosos los invitados a la cena del Señor”. Jesús
invita a sus discípulos a hacer suyo el gozo de la liberación
participando de su Cena pascual, especialmente cada semana en la misa
dominical.
3. El
segundo misterio que celebramos es el del Sacerdocio del Nuevo
Testamento o Sacerdocio cristiano. Tiene su origen en Cristo, nuestro
Gran Sacerdote, que se ofreció en el altar de la Cruz al Padre como
victima de expiación por nuestros pecados. Su origen está en la voluntad
de Cristo manifestada en su mandato: “Haced esto en memoria mía”. La
orden viene de Cristo, primero a sus apóstoles, a quienes constituye así
en sacerdotes, pues les ordena renovar su sacrificio; y, después, a
todos sus discípulos, de participar en ese sacrificio sacerdotal en las
celebraciones litúrgicas, en especial en la santa Eucaristía. El
sacerdote, pues, es, en primer lugar, un hombre elegido por Dios, que
tiene el mandato y, por tanto, la autoridad del Señor de renovar, en
provecho de los creyentes y del mundo entero, el sacrificio redentor de
Cristo. Es, en verdad, un misterio del amor de Jesús que exige el amor
fiel del ministro y la gratitud amorosa de la comunidad creyente. Ese
Cordero de Dios inmolado en el altar de la Cruz y que ahora se ofrece
glorioso al Padre en el altar del cielo intercediendo por nosotros, es
el mismo Cordero que el sacerdote hace presente aquí sacramentalmente en
el altar en los signos del Pan y del Vino; de él todos nosotros estamos
invitados a participar, para que su sangre nos lave de nuestros pecados
y su carne nos fortalezca y llevemos una vida cristiana digna de hijos
de Dios.
4- El
tercer misterio es el Mandato del amor fraterno, del cual la Eucaristía
es la fuente y el Sacerdocio su instrumento. La Eucaristía es la fuente
de toda la vida cristiana. No hay celebración ni devoción auténtica de
la santa Eucaristía que no desemboque en el servicio a los demás. “Los
fieles cristianos necesitan una comprensión más profunda de las
relaciones entre la Eucaristía y la vida cotidiana. La espiritualidad
eucarística no es solamente participación en la Misa y devoción al
Santísimo Sacramento. Abarca la vida entera”, leemos en la Instrucción
“El sacramento del amor” del Papa Benedicto (No. 77). La espiritualidad
eucarística se bebe en el templo y se vive en el hogar y en trabajo
cotidiano. Si no, no es verdadera. Añade el Papa: “Hoy se necesita
descubrir que Jesucristo no es una simple convicción privada o una
doctrina abstracta, sino una persona real cuya entrada en la historia es
capaz de renovar la vida de todos… La renovación de la mentalidad es
parte integrante de la forma eucarística de la vida cristiana, ‘para que
ya no seamos niños sacudidos por la olas y llevados al retortero por
todo viento de doctrina’ (Ef 4, 14)” (No. 77).
5. El
Papa nos invita a vivir la “coherencia eucarística”, que describe así:
“El culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin
consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el
testimonio público de la propia fe. Obviamente esto vale pata todos los
bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes, por la
posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre
valores fundamentales, como son el respeto y la defensa de la vida
humana, desde su concepción hasta su fin natral, la familia fundada en
el matrimonio entre el hombre y la mujer, la libertad de la educación de
los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos son
valores no negociables. Así pues, los políticos y los legisladores
católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben
sentirse particularmente interpelados por su conciencia, rectamente
formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores
fundados en la naturaleza humana. Esto tiene además una relación
objetiva con la Eucaristía (cfr 1 Cor 11, 17-29)” (SC, 83). Todo esto
tiene relación íntima con la Eucaristía; por eso lo estoy diciendo aquí
y ahora, en este día memorable de su Institución. Además, el Papa nos
manda a los Obispos: “Los Obispos han de llamar constantemente la
atención sobre estos valores. Ello es parte de su responsabilidad para
con la grey que se les ha confiado” (SC, 83). Lo que aquí digo, lo hago
como signo de mi obediencia al santo Padre, obediencia que pido para
todo católico que quiera serlo de verdad. Es la “coherencia eucarística”
que nos demanda el Papa. El rito del lavatorio de los pies no es un
gesto espectacular para los medios de comunicación, sino un compromiso
de todos nosotros para la vida: “Ustedes deben lavarse también los pies
unos a otros” (S. Juan 13, 14).
6.
Concluyo con esta reflexión del santo Padre: “Nada hay más hermoso que
haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada
más bello que conocerle y comunicar a los demás la amistad con Él… No
podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en este Sacramento.
Éste exige, por su propia naturaleza, ser comunicado a todos. Lo que el
mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en él”
(SC, 84). Si nosotros lo hemos encontrado y creído en Él, llevémoslo a
los demás. Amén.
†
Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro