XIII ENCUENTRO NACIONAL DE
VICARIOS EPISCOPALES PARA LA VIDA CONSAGRADA
1. Bienvenidos, Hermanos Vicarios
Episcopales para la Vida Consagrada a esta ciudad episcopal de
Santiago de Querétaro. Les deseo que su estancia sea agradable y
provechosa para la intención y fin que se han propuesto para este
Décimo Tercer Encuentro Nacional para la Vida Consagrada, que han
querido iniciar aquí en la santa Iglesia Catedral.
2. El tema de su reflexión mira a
profundizar en su cometido como Promotores de la Comunión en la Vida
Consagrada, a fin de dar un aporte sustancial a la Misión
Continental, tema que rima perfectamente con el que nos han dejado
como tarea, a todos los agentes de pastoral y a los fieles
católicos, nuestros pastores en su Documento de Aparecida. Esto ya
nos hace entrar en comunión con el Magisterio latinoamericano, a fin
de que cada uno de ustedes, “según su carisma” aporte algo
significativo a la Misión Continental.
3. Creo que, en la formulación de
este objetivo, la palabra clave es “comunión”, y ésta es sin lugar a
duda la palabra propia para definir la naturaleza íntima de la
Iglesia. Como decía el Papa Juan Pablo II, “La koinonía o communio
encarna y manifiesta la misma esencia del misterio de la Iglesia” (NMI
42). Hablar, pues, de comunión es referirse y tocar la entraña misma
de nuestra madre la Iglesia, su corazón. En efecto, “la comunión es
fruto y manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón del
eterno Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu que Jesús
nos da” (Cf Rm 5,5), para que nosotros seamos “un solo corazón y una
sola alma” como se define la naciente comunidad cristiana y será
siempre nuestro modelo y origen a imitar. La Iglesia es, en el
designio de Dios, el icono de la santísima Trinidad.
4. A partir de este “uno y único
corazón” será la Iglesia “signo e instrumento de la íntima unión con
Dios y de la unidad del género humano” (LG 1). La Iglesia debe
servir para unir a los hombres entre sí, en una gran fraternidad, y
a unir a toda la humanidad con Dios, a ser santos. Es creadora de
fraternidad y promotora de santidad. Por esta razón, la Iglesia debe
ser “casa y escuela de comunión” y cada uno de sus miembros, según
su propio carisma, deber vivir la “espiritualidad de comunión”.
5. Los Gálatas, habían roto esta
comunión. “Mucho me extraña, –casi les increpa san Pablo–, me
extraña mucho que tan fácilmente hayan abandonado ustedes a Dios
Padre, quien los llamó a vivir en la gracia de Cristo, y que sigan
otro Evangelio”. Sí; no es que haya otro, porque ese otro no sólo
sería espurio, sino merecedor de la maldición de Dios. Sólo existe
el evangelio de Jesús, ahora recibido y predicado por el Apóstol,
que no es un invento humano, sino revelación de Jesucristo. No
sabiduría humana, sino de Dios.
6. Es muy fácil inventar otro
‘evangelio’, más aún, predicarnos a nosotros mismo y pretender,
consciente o inconscientemente, ser nosotros ese ‘evangelio’ para
los demás, para los fieles que Dios nos ha confiado. Este peligro lo
quiere erradicar san Pablo de una vez por todas: “Si estuviera
buscando agradarles a ustedes no seria servidor de Jesucristo”.
Quien se predica a si mismo, no es servidor de Jesucristo.
7. Acaba de inaugurar el santo
Padre Benedicto XVI el Sínodo de los Obispos, cuyo tema es “La
Palabra de Dios es la vida y misión de la Iglesia”. Lo hizo en la
Basílica de San Pablo, porque estamos en el año paulino y porque
quiere que aprendamos de San Pablo a ser discípulos y misioneros de
Jesucristo.; y decía el Papa en su discurso inaugural palabras
graves, refiriéndose a la “influencia de una cultura moderna
destructiva y deletérea que, habiendo decidido que ‘Dios ha muerto’,
se declara a sí mismo ‘dios’, considerándose el único agente de su
propio destino, el propietario absoluto del mundo… y,
desentendiéndose de Dios, al no esperar en Él la salvación, el
hombre cree que puede hacer lo que quiere y ponerse como la única
medida de sí mismo y de su acción”. Cuando el hombre se declara como
el único dueño de la creación, “al final el hombre se encuentra más
solo y la sociedad más dividida y confundida”, llena de soledad, de
miedo y de ansiedad. Esto, exactamente, es lo que nos está pasando
ya, y lo estamos experimentando todos los días, en México. Y, la
Iglesia, nosotros, ¿qué hacemos? ¿El miedo nos va a paralizar?
¿Vamos a ser esos “perros mudos” de que nos hablaba hace poco San
Gregorio Magno?
8. La respuesta que vamos a dar
nosotros, la Iglesia, a este mundo prepotente, engreído, laicista,
autosuficiente pero solitario, violento y lleno de miedo, es
presentándole al Salvador auténtico, enviado por el Padre, a
Jesucristo nuestro Señor clavado en la Cruz. Él es el Salvador.
Nadie más. Todo otro que se ostente como salvador, es un ladrón y
salteador, como el que asaltó al hombre –a la humanidad–, que bajaba
de Jerusalén a Jericó. En esas manos violentas estamos, aquí, en
nuestra patria y en esas manos están cayendo nuestras comunidades
eclesiales y nuestro pueblo católico en general. Nosotros, como
Iglesia samaritana, tenemos que salirle al encuentro, ir a buscar a
ese herido –la Misión– y llevarlo al mesón, conducirlo a la
Iglesia, y administrarle aceite y vino para curar sus heridas. El
remedio para la humanidad es el aceite del Espíritu y el Vino de la
Eucaristía servido mediante el alimento de la Palabra de Dios:
“Alimentarse de la Palabra de Dios es para la Iglesia su primera y
fundamental tarea”, decía el Papa Benedicto.
9. Esto es –me atrevo a decirlo–,
lo que no hacemos, al menos con la abundancia y generosidad que
requiere el herido y agonizante. “De hecho –prosigue el Papa–, si el
anuncio del Evangelio constituye su razón de ser y su misión, es
indispensable que la Iglesia conozca y viva lo que anuncia, para que
su predicación sea creíble, a pesar de las debilidades humanas y las
pobrezas de los hombres que la conforman”: y prosiguió, citando
completa la frase conocida de san Jerónimo: “Quien no conoce las
Escrituras, no conoce la potencia de Dios ni su sabiduría. Ignorar
las Escrituras significa ignorar a Jesucristo”.
10. Buscamos sabidurías,
filosofías y teorías para convencer a los hombres; buscamos
metodologías para congraciarnos y acercarnos a ellos, a veces a
costa de la integridad del Evangelio, hasta inventado el nuestro,
pero le damos la vuelta a la “sabiduría y la potencia” de Dios que
es Jesucristo clavado en la cruz. Le queremos arrebatar la viña al
Propietario que nos contrató para trabajar en ella, matando al
heredero, ignorando precisamente que en ese heredero, en el Hijo,
nosotros ya estábamos destinados a poseer esa herencia, más aún, que
esa herencia ya es nuestra: La Iglesia y, después, el Reino. Quizá
todavía nos sentimos asalariados, no herederos. Creando la comunión,
viviendo la “eclesiología de comunión”, dejándonos adoctrinar y
guiar por el Espíritu, seremos auténticos trabajadores de la Viña
del Señor. María Santísima, “maestra y creadora de comunión”, nos
alcance esta gracia.
†
Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro