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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN LA PEREGRINACIÓN 117º DE LOS HOMBRES DE QUERÉTARO AL TEPEYAC

La Noria, El Marqués, Qro., 8 de Julio de 2007


Audio de esta homilía.

Hermanos Peregrinos:

  1. “Yo haré correr la paz sobre Jerusalén como un río… Como niños serán llevados en el regazo y serán acariciados sobre sus rodillas; como un hijo a quien su madre consuela, así los consolaré yo. En Jerusalén ustedes serán consolados”, escuchamos en la palabra de Dios de la santa liturgia. En el Tepeyac seremos consolados; allí nuestra Madre nos espera “para acariciarnos sobre sus rodillas”; Ella dijo: “en el cruce de sus brazos”. En Jerusalén, para nosotros en el Tepeyac, está la Fuente de la vida, del consuelo y de la paz. 

  2. Iniciamos esta peregrinación en el año dedicado a la sagrada Liturgia y a la Piedad popular; y hemos dicho que queremos que sea “un canto a la vida”. ¿Qué es lo celebramos en la santa Liturgia si no es al Dios vivo, el Dios que vive y que da la vida? “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”. Nuestro Dios vive y “la gloria de Dios es que el hombre viva” (San Ireneo). 

  3. Esto, que para nosotros es y debe ser siempre tan obvio y claro, es ahora ofendido no sólo por algunos individuos violentos, sino por grupos e instituciones que deberían tener por misión defender y proteger la vida, no el agredirla y eliminarla. Esta es la vieja lucha que se originó en el Edén, cuando Adán y Eva quisieron apoderarse del “árbol de la vida” y el resultado de tal osadía fue la desnudez y la muerte. La dolorosa comprobación de la gravedad su pecado fue cuando Eva tuvo entre sus brazos el cuerpo de su hijo asesinado por su hermano. Entonces quedó claro que Dios es la fuente de la vida y que Satanás es el autor de la muerte, el asesino desde los comienzos. 

  4. En nuestra fe diaria debemos saber que Dios no inventó la muerte, sino que entró en el mundo por la envidia del Demonio, y la experimentan aquellos que le pertenecen” (Sab 1,13s; 2, 23s). ¿Por qué asesinó Caín a su hermano Abel, se pregunta san Juan, y responde: “Porque era del Demonio”. El Reino de Dios es vida como el imperio de Satanás es muerte. El hombre, creado libre por Dios, tiene necesariamente que elegir entre ambos, pero Dios nos advierte: “Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia… Te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Dt 30, 15.19). 

  5. El Dios amante de la vida se nos manifestó en Jesucristo, y él mismo nos explicó el sentido de su venida: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jo 10,10). Se refiere a la vida de Dios que, por él y en él, se nos comunica en plenitud. El hombre comienza a vivir en este mundo, en el seno de una mujer; esa vida es asumida en Cristo y protegida por la Iglesia hasta que desemboca en la eternidad. Dios es su origen y su destino final. Esta es la dignidad de la persona humana, “el único ser que Dios ama por si mismo”. El hombre y la mujer, desde el seno materno, llevan impreso el rostro de Dios; en el seno de la Iglesia reciben la imagen de Cristo, que resplandecerá gloriosa en el seno de la santa Trinidad. 

  6. Este es el “evangelio de la vida” que la Iglesia recibió de Jesucristo y que anuncia  al mundo para que lo escuche y siga quien tenga oídos para oír. En el corazón de cada hombre y de cada mujer que no esté envenenado por el egoísmo o la envidia, este mensaje de vida encuentra un eco profundo. Lo sagrado de la vida humana está presente en todo hombre bien nacido que llega a este mundo. Nadie jamás ha odiado gratis a su semejante y “en el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana (la paz) y la misma comunidad política (la democracia) (J. Pablo II, EV, 2). El bien común exige que se respete siempre la vida humana para que pueda establecerse la democracia  y reinar la paz. 

  7. Cuando la Iglesia anuncia el “evangelio de la vida” y se proclama como “el pueblo de la vida y para la vida”, quiere defender la dignidad inviolable de todo ser humano, sea en su estado inicial o próximo a su ocaso, y de tantas situaciones intermedias de vida humana en estado de insalubridad, desnutrición, marginación, discriminación, violencia o promiscuidad. Todos estos son pecados contra la vida y “claman al cielo”, como la sangre del justo Abel. “El hecho de que las legislaciones de muchos países, alejándose tal vez de los mismos principios de sus Constituciones, hayan consentido en no penar e incluso en reconocer la plena legitimidad de esas prácticas contra la vida, es un síntoma preocupante y causa no marginal de un grave deterioro moral” (J. Pablo II, EV, 4).

  8. “Las obras del Señor son admirables”, cantábamos en el salmo responsorial. La obra más admirable de Dios es el hombre. Jesús mandó de dos en dos a sus discípulos a anunciar la buena nueva de la paz y la llegada del Reino de Dios. Que esta peregrinación sea como un envío a anunciar el “evangelio de la vida”, para que nosotros, nuestras familias y todos los mexicanos, tengamos vida como lo quiere Jesús y Santa María de Guadalupe. Satanás y su reino de muerte serán derrotados. Ustedes, peregrinos de la vida y a favor de la vida, alégrense porque sus nombres están escritos en el cielo. Amén.

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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