Audio de la homilía
Estimado Don Mario De Gasperín:
Con alegría y
esperanza nos reunimos esta tarde para entonar junto a Usted un
himno de acción de gracias y de alabanza al dios que nos ama tanto y
nos ha llamado a ser parte de su familia, la Iglesia y que además
nos ha invitado a Usted y a muchos de nosotros a ejercer en ella el
ministerio sacerdotal.
Le agradezco me haya
invitado a servir en la mesa de la palabra de Dios en esta
Eucaristía. Me siento muy contento de acompañarlo, siempre
agradecido con Usted por haberme permitido ser su colaborador
durante algunos años en esta Diócesis. Muchas gracias.
Hace diecinueve años
en este mismo estadio le recibimos como el octavo Obispo de
Querétaro. Este lugar es testigo de la fe de este pueblo y del
cariño filial a su pastor.
1. El ministerio
episcopal es un don de Dios
Hermanas y hermanos,
es un regalo grande de Dios ser parte de sus elegidos, ser
discípulos suyos, ser parte de los que pueden cantar el cántico del
Cordero, de los que están llamados a vivir sin tacha, de los que
viven en el mundo sin ser del mundo y que le pertenecen de modo
exclusivo a Aquel que es la Verdad y la Vida y que nos conquistó
para Dios con el Misterio de su muerte y Resurrección.
¿Cómo no cantar un
cántico nuevo en honor del Señor? ¿Cuál es ese canto que le agrada?
- Es
el canto del testimonio y la fidelidad al Cordero, que inmolado por
nosotros viene a nuestro encuentro para guardarnos del mal, estando
nosotros en el mundo.
- Es
el canto de alabanza de nuestra vida que proclama que Jesucristo es
el Señor, es la Verdad que nos salva, es la Vida que vence sobre el
mal y la muerte que dominan este mundo.
- Es
el canto oneroso de los que derraman su sangre y gastan la
existencia en el servicio a la grey que el Señor les confía.
- Es
un himno de gloria de los que Dios Padre consagra como amigos de su
Hijo.
2. La misión del
Obispo
En la proclamación del
evangelio de hoy escuchamos la súplica ferviente de Jesús a su Padre
a favor de sus discípulos: “Santifícalos en la verdad. Tu palabra
es la verdad. Así como tú me enviaste al mundo, así los envío yo
también al mundo!”. Los Apóstoles han de ser consagrados del
mismo modo como Jesús se ha consagrado a través de su muerte. Cristo
se santifica a sí mismo en la entrega de su propia vida por el
mundo. De la misma manera que él ha sido ungido por el Espíritu,
los discípulos son también consagrados con el óleo de la verdad.
Hoy agradecemos al
Señor que consagró a nuestro hermano Mario y le ungió hace
veinticinco años con el óleo de la Verdad, el óleo del Espíritu. La
misión recibida brotó de esta unción que lo ha capacitado para
llevar acabo en el mundo la tarea de ser testigo de la verdad, de
poder amarla y de expresarla en el servicio. Toda la misión de la
Iglesia brota y se despliega de este acto amoroso del Padre que por
su misericordia nos une a Él, nos da la vida y nos permite dar mucho
fruto.
Hay una relación
inseparable entre consagración, misión y verdad. Se vive por y para
la verdad. Esta verdad que es Dios y que se ha manifestado en la
persona de Cristo, es la razón de todo ministerio. El discípulo
misionero es seguidor de quien es el camino, la verdad y la vida y
debe anunciar al mundo este hecho de salvación.
La verdad es la
realidad de Dios en Jesús, el amor sin condiciones, conocido por
experiencia de vida y anunciado por la palabra. La palabra es la
verdad, es el mensaje de amor y de la vida. Afirma el Papa
Benedicto: “Sólo la verdad unifica y su prueba es el amor”.
“Sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a
ella de modo adecuado y realmente humano… De aquí la importancia
única e insustituible de Cristo para nosotros, para la humanidad. Si
no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se
convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber
camino, no hay vida ni verdad” (Discurso inaugural en Aparecida,
3).
Usted, Don Mario,
comprende de modo existencial estas palabras. Sabe que su misión no
ha sido fácil, que hablar la verdad trae un costo grande de
incomprensión. Que hay que defenderla incluso en los tribunales. En
nuestro país se exige el derecho a la verdad pero no se quiere vivir
conforma a la verdad. Se olvida que la verdad es indivisible porque
no se pueden aceptar segmentos o partes de ella a conveniencia y
dejar a un lado lo que nos obliga o no nos gusta. Usted ha enseñado
a sus fieles que la verdad trae consigo obligaciones, que tiene una
dimensión moral y ética que no se puede omitir ni negociar Una
sociedad que sacrifica la verdad del bien destruye y asesina. Nos
decía el papa Juan Pablo II en la exhortación Pastores gregis:
“La labor del Obispo se ha de caracterizar, pues, por la parresía,
que es fruto de la acción del Espíritu (cf. Hch 4,31). De
este modo, saliendo de sí mismo para anunciar a Jesucristo, el
Obispo asume con confianza y valentía su misión, factus pontifex,
convertido realmente en “puente” tendido a todo ser humano,”.
(66).
Merece la pena tener
en cuenta algunas precisiones fundamentales que san Pablo hace, para
todo Apóstol y discípulo de Cristo: hemos sido
misericordiosamente investidos de este ministerio; / no
desfallecemos; / no hemos procedido con astucia, ni falseado la
Palabra de Dios: / no nos predicamos a nosotros mismos, sino a
Cristo Jesús como Señor. Es esta realidad exactamente la que
traduce nuestra misión de pastores del rebaño de Cristo.
La misión del Obispo
sólo se comprende a la luz de la misión de Cristo. Él mismo nos
dice: “Así como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también
al mundo” (Jn. 17,18). La misión del discípulo es la misma que
la de su maestro: consagrado por el Espíritu afrontará las mismas
consecuencias de proclamar la verdad: la persecución por parte del
mundo que es enemigo de Dios. La muerte de Cristo hace posible la
consagración de los discípulos, pues ella les hará descubrir cuál es
el límite del amor y les hará capaces de recorrer el mismo camino.
El vía crucis de Jesús será el mismo de los apóstoles.
El apóstol se presenta
sin poder humano ni riquezas, sólo con la gracia y el poder del amor
de Dios que brilla en el rostro de Cristo, para dar a conocer el
resplandor de la gloria de Dios, que se manifiesta en Él (cf. 2
Cor. 4,6). Afirma el Papa Juan Pablo II: “ Así resulta claro que
todas las actividades del Obispo deben orientarse a proclamar el
Evangelio, “ que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el
que cree” (rm. 1,16). Su cometido esencial es ayudar al pueblo de
Dios a que corresponda a la Revelación con la obediencia de la fe
(Cf. Rm 1,5) y abrace íntegramente la enseñanza de Cristo. Podría
decirse que, en el Obispo, misión y vida se unen de tal manera que
no se puede pensar en ellas como si fueran dos cosas distintas:
Nosotros, Obispos, somos nuestra propia misión. Si no la
realizáramos, no seríamos nosotros mismos. Con el testimonio de la
propia fe nuestra vida se convierte en signo visible de la presencia
de Cristo en nuestras comunidades”. (PG 31).
El Señor nos recuerda
que la misión es trascendente:”Ellos no son del mundo, como
tampoco yo soy del mundo”. Don Mario De Gasperín, Usted comenta
estas palabras en su séptima carta pastoral: “Somos un pueblo
visible pero que persigue bienes invisibles: un pueblo terreno pero
con destino celestial; un pueblo constituido por hombres marcado por
la fuerza del pecado, pero sostenidos y vivificados por la gracia
santificadora de Dios que nos hace vencedores en la lucha contra el
mal; en una palabra, estamos en el mundo pero no somos del mundo,
porque nuestro origen y nuestro destino miran y se asientan en la
eternidad.”. (1).
Hermanos sacerdotes,
en esta misión Su Obispo no está sólo, él la realiza con Ustedes en
perfecta armonía con todos los fieles.
3. El Obispo,
escucha la verdad y es testigo de ella
Nos dice el Apóstol
San pablo: “Sólo predicamos la verdad… porque no nos predicamos a
nosotros mismos, sino a Jesucristo, el Señor” (2 Cor 4,5). Es
necesario subrayar que el contenido de nuestra predicación no puede
ser otro que la persona de Cristo y su verdad: “En este servicio
a la Verdad, el Obispo se sitúa ante la comunidad y es para ella, a
la cual orienta su solicitud pastoral y por la cual eleva
insistentemente sus plegarias a Dios”. (PG29).
Usted señor Obispo,
está convencido de que la Palabra de Dios es la roca de la vida para
cada cristiano y para toda la Iglesia y sabe que “Los fieles
necesitan la palabra de su Obispo; necesitan confirmar y purificar
su fe” (PG29). Por esta razón no ha desmayado en este cometido.
Como Obispo tiene el deber y6 del derecho de orientar a los fieles
que se le han encomendado. Usted ha hecho el esfuerzo de darle al
pueblo el alimento de la verdad a través de la pastoral bíblica y de
un vasto magisterio en sus cartas pastorales.
Nosotros como obispos
tenemos la misión de ser testigos de la Verdad. Frente a la
situación de ambigüedad, mentiras, engaños, errores y desencantos
que ofrece el mundo del que nos habla el Evangelio, estamos llamados
a ofrecer la Verdad que salva, Cristo, Camino, Verdad y Vida. San
Agustín comentaba con particular énfasis la necesidad de insertarse
en este camino cuándo escribía: “Era necesario que él dijera: yo
soy el camino, para demostrar que conociéndolo a Él conocerían el
camino que creían no conocer; pero era también necesario que dijera:
yo soy la verdad, para que una vez conocido el camino, no quedará
sin conocer la meta. El camino conduce a la verdad, conduce a la
vida…¿y a dónde vamos nosotros si no es a él?. ¿Y por cuál camino
caminamos si no es por él? (in Johannis Evangelium, 69,2).
Por eso el Papa
Benedicto XVI ha dicho categóricamente que sólo la verdad salvará al
mundo.
4. El Obispo, ama y
celebra la verdad
Es necesario
referirnos al papel que las celebraciones litúrgicas tienen para
fortalecer el amor a la verdad. “En efecto, en este Sacramento
el Señor se hace comida para el hombre hambriento de verdad y
libertad. Puesto que solo la verdad no hace auténticamente libres (cf.
Jn 8,36), Cristo se convierte para nosotros en alimento de la
Verdad. En particular, Jesús nos enseña en el sacramento de la
Eucaristía la verdad del amor, que es la esencia misma de Dios.
Ésta es la veda evangélica que interesa a cada hombre y a todo el
hombre. Por eso la Iglesia, cuyo centro vital es la Eucaristía, se
compromete constantemente a anunciar a todos, “a tiempo y a
destiempo” (2 Tim. 4,2) que Dios es amor. Precisamente porque Cristo
se ha hecho por nosotros alimento de la Verdad, la Iglesia se dirige
al hombre, invitándolo a acoger libremente el don de Dios”. (Sacramentum
Caritatis 2). La fiesta litúrgica de los sacramentos, de modo
especial la Eucaristía son la manifestación o epifanía del misterio
porque en ellas se acepta y se ama la verdad misma. En la Eucaristía
de modo particular Cristo es verdad, en ella está la presencia real
de Jesús que santifica a los hijos de Dios. La liturgia educa para
amar y sentir la verdad, pues quien recibe a Cristo como alimento,
hace suyo todo lo que es de Cristo.
5. El Obispo,
diácono de la verdad
Tenemos que servir a
la Verdad que salva, Jesucristo el Señor, si no fuéramos fieles a
esta misión nos haríamos extraños a nosotros mismos, habríamos
perdido el sabor (cf. Mt 5,13) y sería inútil nuestra presencia en
el mundo. Somos conscientes que la búsqueda de la verdad
determina nuestra existencia personal y nos habilita para dialogar
con el mundo tan necesitado de la verdad.
Es por eso que el
Obispo es diácono – servidor de la Verdad, de la Palabra de Dios de
la cual es portador. Nuestro ministerio (magisterio) no está por
encima de la Palabra sino que somos sus servidores, nos corresponde
como dice la Dei Verbum: “escucharla devotamente, custodiarla
celosamente y explicarla fielmente (DV 19). Por encima de
nuestros gustos y tendencias está el mostrar fielmente el rostro de
Cristo Señor de la historia; ninguno de nosotros está autorizado
para hablar en nombre propio o para transmitir sus propios
criterios, palabras o intereses personales; más bien, nuestras
palabras, enseñanzas y testimonio, son para mostrar el rostro de
Cristo confesarlo y darlo a los demás.
Esta tarea del Obispo
es sin duda la más complicada. Hay que anunciar la verdad y el bien
en un mundo de intereses encontrados y de conflictos de derechos
fundamentales conculcados: “Ante esta situaciones de injusticia,
y muchas veces sumidos en ellas, que abren inevitablemente la puerta
a conflictos y a la muerte, el Obispo es defensor de los derechos
del hombre, creados a imagen y semejanza de Dios. Predica la
doctrina moral de la Iglesia, defiende el derecho a la vida desde la
concepción hasta su término natural; predica la doctrina social de
la Iglesia, fundada en el Evangelio, y asume la defensa de los
débiles, haciéndose la voz de quien no tiene voz para hacer valer su
derecho”. (PG 67).
El servicio a la
verdad exige la entrega y trae consigo el sufrimiento. El Papa
Benedicto XVI afirma: “la capacidad de sufrir por amor de la
verdad es un criterio de humanidad. No obstante, esta capacidad de
sufrir depende del tipo y de la grandeza de la esperanza que
llevamos dentro y sobre la que nos basamos… Sufrir con el otro, por
los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a
causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama
realmente, son elementos fundamentales de humanidad, cuya perdida
destruiría al hombre mismo”. (Spe Salvi 39.
Usted afirma en su
novena carta pastoral: “Es, por tanto, un derecho y un deber de
los fieles católicos laicos, como de todo ciudadano razonable y
responsable, defender los valores y las virtudes morales naturales
como son la justicia, la verdad, la libertad, la honradez, la
lealtad, la solidaridad, el respeto a la persona humana, la paz,
etcétera; y esta participación no puede calificarse, por ningún
motivo, de intromisión de la Iglesia en el ámbito de los gobierno,
de los partidos políticos o de la educación”.
Quiero concluir esta
reflexión encomendado a Don Mario a la Santísima Virgen María en su
imagen preciosa y milagrosa de Nuestra Señora de los Dolores de
Soriano, Patrona de la Diócesis de Querétaro:
Invocamos sobre este
hermano nuestro, Mario, la intercesión de la Virgen María, Madre de
la Iglesia y Reina de los Apóstoles. Que Ella, que estuvo al pie de
la cruz y alentó la oración del Colegio apostólico en el Cenáculo,
le alcance la gracia de ser fiel a su misión y no frustrar jamás la
entrega de amor que Cristo le ha confiado. Que María, como testigo
de la verdadera vida brille ante esta Iglesia de Querétaro y ante su
Obispo como señal de esperanza cierta y de consuelo. Amén.