MADRE DE LA VIDA
Hermanas y Hermanos
Queridos Jóvenes:
1. Venimos a celebrar
a la Virgen María en el misterio de su nacimiento y a Ella le decimos:
“Dichosa tú, santísima Virgen María, digna de toda alabanza, porque de
ti nació el Autor de la vida, Jesucristo Señor Nuestro”. Tú recibiste
la vida de tus padres para darnos al mismo Autor de la vida. Por ti,
Virgen María, la vida de Dios se hizo vida nuestra. En tu seno bendito
la vida eterna se hizo vida temporal, para que nuestra vida temporal
adquiriera dimensión de eternidad. La vida humana comienza en el
tiempo pero desemboca en la eternidad. En ti, Virgen María, la vida se
hizo canto, se hizo don, se hizo bendición. Al celebrar hoy tu
nacimiento celebramos a tu Hijo, “Camino, Verdad y Vida” nuestra.
Alégrate Virgen María, “vida, dulzura y esperanza nuestra”.
2. “La Iglesia es el
pueblo de la vida y para la vida”, decía nuestro recordado Papa Juan
Pablo Segundo. Esta es nuestra honra, nuestro honor, nuestra carta de
presentación ante un mundo, ante una sociedad y ante un país que cada
día se inclina más por la pendiente de la muerte. Nuestro destino es
la vida, no la muerte. Nuestro Dios, decía Jesús, “es un Dios de
vivos, no de muertos”. Somos adoradores del “Dios viviente” para
quien, hasta los muertos viven, porque su destino es la resurrección.
La “vida y la muerte se trabaron en descomunal batalla; ahora, el rey
de la vida, muerto, reina vivo”, cantamos en la Pascua. En esta lucha,
con Cristo somos ya vencedores.
3. “José, hijo de
David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella
ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le
podrás el nombre de Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus
pecados”. José somos todos. Estas palabras son para nosotros,
especialmente para ustedes, jóvenes. No tengan miedo de aceptar la
vida que está en el seno de una mujer, porque toda vida viene, en
último término, del “Señor y dador de vida”: Dios. A veces los
caminos de los hombres son torcidos; no así los de Dios. Nosotros nos
equivocamos, pero Él no. No tengan miedo en recibir la vida que lleva
una mujer en sus entrañas, porque toda vida es sagrada y viene de
Dios. Todo concebido, hombre o mujer, discapacitado o no, de cualquier
raza o cualquiera que sea su origen, es imagen y semejanza de Dios;
humano entre los humanos, tiene derecho a ser recibido y tratado como
ser humano, como persona. Sólo un inhumano puede destruir a un ser
humano. Sus derechos, personales e inalienables, se los da Dios, no
los hombres, ni siquiera sus padres. Benditos los padres que
comprenden esto, y son coherentes con esta sacrosanta misión. Toda
paternidad y maternidad se remontan hasta el seno de la santa
Trinidad.
4. El hijo de María
llevará por nombre Jesús, porque “Él salvará a su pueblo de sus
pecados”. Ese hijo encarna la esperanza de Israel y de todos los
hombres. Él es el Salvador del mundo. En todo hijo se esconde una
semilla de esperanza y de salvación; allí Dios se hace presente y, por
la fe, es Emmanuel, Dios con nosotros. Toda madre cristiana
trae a este mundo una esperanza de salvación; es, como María, un
sagrario escogido, una fuente de bendición. Cada hogar cristiano es
una Casa de Nazaret, cada mujer que va a ser madre es un sagrario
viviente, cada hijo que recibe la fe es un Cristo que viene a este
mundo. “Bendita” tú, Virgen María, “entre todas las mujeres y bendito
el fruto de tu vientre, Jesús”.
5. Decía en la Casa de
la Virgen, el Papa Benedicto a los jóvenes: “Jesucristo, Dios hecho
hombre, asumió en María nuestra misma carne, tomó parte de nuestra
vida y quiso compartir nuestra historia… buscó un corazón joven y lo
encontró en Maria, joven mujer. Dios sigue buscando corazones
jóvenes, busca jóvenes de corazón grande, capaces de hacerle espacio
en su vida”. Cada uno de ustedes, ¿será capaz de decir: ¡Aquí estoy
yo!? Ya lo han hecho. Su presencia es su respuesta. Gracias por estar
aquí. Mantengan ahora sostenido ese “sí” a Dios y a la vida.
6. Permítanme también
trasmitirles su exhortación paternal: “Sean –dice- humildes, como
María. Ella es grande, porque se hizo humilde. No tengan miedo a la
humildad. El humilde es percibido como un derrotado, uno que no tiene
nada que decir al mundo… sin embargo, esa es la vía maestra… porque es
el modo de actuar de Dios mismo”. México encontrará el rumbo correcto
cuando tengamos dirigentes humildes, que reconozcan el señorío de
Dios, y nosotros seamos humildes también. La humildad es la verdad;
es el camino de Dios; por eso, prosigue el Papa, “frente a los medios
de comunicación, sean críticos. No tengan miedo de preferir las vías
alternativas indicadas por el amor verdadero: un estilo de vida sobrio
y solidario; relaciones afectivas sinceras y puras; un compromiso
hondo en el estudio y en el trabajo… no tengan miedo de ser distintos
y de ser criticados”; y concluyó: “Sean como María, un camino alegre a
la luz del ‘si’ de Dios”.
7. Los invito,
jóvenes, a decir, como María, ‘sí’ a Dios, que fue un “sí” a la vida,
un ‘sí’ a la verdad, un ‘sí’ a la belleza y, sobre todo, un ‘sí’ al
Amor. Virgen Santísima, Madre del amor hermoso y Madre de la vida,
ruega por nosotros y cuida la vida de todos los niños por nacer. Señor
San José, cuida de las madres y de sus hijos pequeños como cuidaste de
María y de Jesús. Amén.