Nuestro Sr. Obispo


Escudo


Cartas Pastorales


Mensajes


Homilías


Circulares


Meditaciones


Entrevistas


Reseña del X Sínodo General Ordinario de los Obispos


Viacrucis Bíblico


 

 

HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN EL DECANATO DE SAN MIGUEL ARCÁNGEL EN EL FESTEJO DEL AÑO JUBILAR EPISCOPAL

Santiago de Querétaro, Qro., 9 de Febrero de 2008


DE LA CUARESMA A LA PASCUA

 

Hermanos Presbíteros,

Hermanas y Hermanos: 

1. Hoy, gracias a la generosidad de todos ustedes, tengo la oportunidad de manifestar públicamente a Dios, el Padre del cielo, ni gratitud por el don del sacerdocio que en el grado del episcopado me concedió hace ya casi veinticinco años. Como todo ejercicio del sacerdocio ministerial, el episcopado es un servicio para los demás, “a favor de los hombres” dice la carta a los Hebreos, y que prolonga la misión de Jesús nuestro sumo y eterno sacerdote, quien, “por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y se hizo hombre”, padeció y murió bajo el poder de Poncio Pilato y resucitó glorioso al tercer día, como vamos a celebrar en la próximas fiestas pascuales a las que nos estamos preparando en esta recién iniciada Cuaresma. Gracias, pues, hermanas y hermanos todos, por ofrecerme esta preciosa oportunidad para dar testimonio público de mi gratitud al Dios. 

2. Además de mi acción de gracias, quiero también orar con ustedes y por ustedes, como es deber de todo sacerdote y obispo el interceder por los fieles que Dios ha puesto bajo su cayado pastoral. Lo hago siempre, pero hoy con particular alegría por este Decanato, y los encomiendo a la protección de San Miguel Arcángel, defensor de la fe y de los hijos de Dios contra las acechanzas del maligno: Que Él arroje al infiero a Satanás y nos libre de todo mal. Los encomiendo también a la Virgen Santísima, Nuestra Señora de la Luz y Reina de la Paz, para que su Hijo nos bendiga con su paz; que la intercesión de San Pedro, de San Rafael Guízar Valencia y de Santa María Magdalena nos alcancen la gracia del arrepentimiento y de ser auténticos apóstoles y misioneros de Jesucristo; y que el misterio eucarístico de su Cuerpo y Sangre nos mantenga en concordia y unidad dentro de su santa Iglesia, bajo la mirada de la Santa Trinidad, cuya Providencia divina nos acompaña, protege y guía.  

3. Muchos son los temas de importancia sobre los cuales desearía decir una palabra, pero juzgo ser más de provecho obedecer el sentir de nuestra Madre la Iglesia, que nos invita a la conversión sincera del corazón en esta Cuaresma, y a gozar del poder salvador y misericordioso de Jesús en los misterios de su pasión, muerte y resurrección en la próxima Pascua. En efecto, la Cuaresma no tiene consistencia por sí misma, sino que está toda ella orientada hacia la Pascua. La Pascua es la Semana mayor o Semana santa, porque en ella se celebran los máximos acontecimientos de nuestra fe, que la liturgia cristiana actualiza, hace presentes para la gloria de Dios y para nuestro provecho espiritual. No se trata, pues, de un mero recuerdo del pasado, sino de una renovada presencia del sacrificio redentor de Cristo, en su triple paso: su Pasión y muerte redentora el Viernes santo, su Sepultura el santísimo Sábado y su gloriosa Resurrección el Domingo. Estos tres pasos constituyen una unidad íntima y profunda: Son tres días de una misma solemnidad, la Pascua: El que padeció en la Cruz, fue muerto y sepultado, y ése mismo resucitó glorioso al tercer día. Esto es lo que se llama el Triduo pascual que no es lícito separar, pues es el mismo Cristo quien padece y muerte, quien es sepultado y quien resucita glorioso. Celebrar la Pascua significa acompañar a Cristo durante estos tres días santísimos. Pido a Dios que les dé la fuerza necesaria en su espíritu para acompañar a Cristo en tan sublimes misterios, que actualiza nuestra liturgia con grande piedad. No son días de vacación, sino de meditación. 

4. Habrá, pues, que poner particular empeño en cada uno de esos pasos de la obra redentora de Jesucristo. La Iglesia nos lo señala con lo prolongado de la Cuaresma: son cuarenta días de preparación para la Pascua. La Iglesia, que es madre amorosa y sabia, nos educa en la fe y sabe bien que el corazón, salvo gracia muy especial, no se cambia de improviso; necesita tiempo para irse ablandando con la escucha de la palabra de Dios, con la oración, con el ayuno y con la limosna, como Jesús nos propone en el Evangelio. Estas acciones hay que practicarlas con perseverancia y con esperanza, y Dios hará su obra en nosotros y experimentaremos “el gozo de la salvación”. Los invito a entrar dentro del espíritu penitencial y esperanzador de la cuaresma, practicando  la oración, el ayuno indicado y compartiendo nuestros bienes con el hermano necesitado; para lograrlo necesitamos dejarnos iluminar y guiar por la santa palabra de Dios. No nos desesperemos ni dejemos todo para el último, sobre todo la confesión, sino que caminemos al ritmo de la Iglesia en su liturgia penitencial. 

5. Después viene ya Semana de la Pasión, que se inicia con el Domingo de Ramos, que la Iglesia llama Domingo de la Pasión del Señor, porque Jesús entra a Jerusalén ”para sufrir su pasión”. Solemos subrayar el momento festivo: Jesús entrando a Jerusalén entre las aclamaciones espontáneas del pueblo y la gritería de los niños. Esto indica que entra libremente, como amo y señor, como rey triunfador; pero es una fiesta efímera, pasajera: dura sólo un momento y litúrgicamente se expresa con la solemne procesión, aclamando a Jesús con cantos y palmas. Hay que llevar nuestro ramo para aclamar a Cristo Rey, y que después conservamos en el hogar en señal de que allí reina Jesús. Recuerde que el ramo se bendice para la procesión. Celebramos después el hermoso Jueves santo: La víspera de padecer, el Señor nos dejó el Memorial de su amor en la santa Eucaristía. Es, podríamos decir, como la ofrenda sacramental del fruto de la cuaresma: el cristiano, limpio ya de sus pecados, purificado por las penitencias cuaresmales, recibe sacramentalmente el Cuerpo ofrecido y la Sangre derramada de su Señor, y se une al misterio del Triduo pascual que va a celebrar. Ese día damos gracias por tres regalos que hace Jesús a sus discípulos: El Mandato del amor fraterno que se significa en el lavatorio de los pies, el don del Sacerdocio del Nuevo Testamento y la santa Eucaristía. El Jueves santo es como el pórtico del Triduo pascual. Las visitas que se hacen a las llamadas “siete casas” son momentos de adoración al Santísimo Sacramento, para meditar sobre el grande tesoro de la Eucaristía, del cual vive y se alimenta la Iglesia. 

6. El Triduo sacro lo componen el Viernes Santo de la muerte redentora de Jesús, el Sábado Santo del descanso y sepultura del Señor y el Domingo del triunfo glorioso del Salvador. Este es el paso del Señor de la muerte a la vida, la Pascua del Señor, que esperamos sea también la nuestra. La santa Iglesia nos invita a acompañar a Jesús en estos misterios santos, de cuyos frutos ya participamos por la fe en el Bautismo, pues allí morimos con Cristo al pecado y resucitamos para Dios como hijos suyos. Sin estos días santos, no tuviéramos fe ni esperanza de salvación. El Viernes Santo se centra en la adoración de la santa Cruz acompañada de la meditación de la pasión de Cristo y su poderosa intercesión por la salvación del mundo entero. Ese día caemos de rodillas ante el Crucifijo y agradecemos a nuestro Redentor su muerte salvadora. Lo más importante es la celebración litúrgica, a la cual no debemos faltar. Puede también rezarse, acompañado con imágenes, el Camino de la cruz o Vía crucis y el santo Rosario a la Virgen dolorosa. El Sábado es santo; no es Sábado de gloria, sino de paz, de descanso, de meditación y de esperanza. El Señor Jesús descansa en el sepulcro y espera confiadamente en la justicia divina la recompensa de la resurrección. El Sábado santo es día de meditación en la gravedad de nuestros pecados, que llevaron a tal extremo al Hijo de Dios. Ese día es para pedir al Padre  de Jesús que también a nosotros nos reciba en sus brazos a la hora de la muerte, porque todos vamos a morir. El Sábado santo prueba la firmeza de nuestra fe y la solidez de nuestra esperanza. Ese día Jesús visita a nuestros difuntos y les anuncia su futura resurrección. Finalmente, el Domingo santísimo y glorioso de la Resurrección del Señor, se  prepara con la solemne Vigilia de oración en torno al cirio encendido, símbolo de Cristo, Luz resucitada y resucitadora, con lecturas y cánticos sagrados; se celebran los Bautizos solemnes y se renuevan los compromisos bautismales. Con las notas alegres del órgano, el himno del gloria, el nuevo repicar de las campanas; con luces, flores y aleluyas se cantan las glorias de Cristo resucitado, vencedor del pecado y de la muerte. La Cruz  dolorosa se convirtió en gloriosa, la muerte fue vencida por la vida, el llanto se borró de nuestras mejillas y se convirtió en himno de alabanza, el demonio fue derrotado para siempre. Somos libres, somos hijos de Dios. 

7. Hermanas y hermanos: Nosotros los católicos tenemos esperanza. En Jesucristo se nos ha manifestado el rostro verdadero de Dios. Dios es Padre bondadoso, que nos dio a su Hijo Jesucristo. Jesucristo, su Hijo querido, nos vino a mostrar el amor del Padre del cielo, entregando lo más precioso que tenía: su vida. El Padre del cielo le pidió a su Hijo que nos mostrara su verdadero rostro, su rostro de amor y misericordia. Jesús lo hizo predicando el Evangelio, curando a los enfermos, perdonando a los pecadores arrepentidos, resucitando a los muertos y, porque así se lo exigió la maldad humana, derramando su sangre por nosotros. Derramó su sangre para mostrarnos su amor infinito. Lo que el Padre quería era la muestra de amor de su Hijo, no su sangre, aunque ésta fue el signo de su amor, de la entrega de su vida. El Padre de Jesús y Padre nuestro no bebe sangre como Huitzilopochtli, ni exige sacrificios humanos, sino que pide amor de sus criaturas, y sólo lo obtuvo de su Hijo Jesucristo, el único justo. Fue la malicia humana la que exigió su sangre y su sacrificio en la Cruz; él lo aceptó por amor nuestro: su pasión fue ”voluntariamente aceptada”. Lo que salva, lo que redime, lo que vale ante Dios es el amor; el sacrificio tiene valor en cuanto acompaña y aquilata el amor: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”; por eso Jesús entrega lo más valioso que tiene: su vida contenida en su sangre. La entrega de su vida es la prueba suprema de su amor. La sangre de Cristo no es para saciar la sed de Dios, como exigían los ídolos, sino la expresión de su amor al Padre y a nosotros. Lo que salva es el amor, no el dolor; el dolor se vuelve salvífico cuando es expresión de amor. Por eso, el mandamiento de los discípulos de Cristo, de los católicos, es amarnos unos a otros como él nos amó, incluido el amor a los enemigos. 

8. Los invito a celebrar con fe, piedad y devoción la Semana Santa, que estamos preparando con esta Cuaresma. Oímos la palabra de Dios que nos invita a desterrar el gesto amenazador y la palabra ofensiva; a compartir el pan con el hambriento y a saciar al humillado, para que nuestra luz, la fe que profesamos desde el Bautismo, brille en las tinieblas de nuestro mundo corrupto y violento, y seamos claros como el sol de mediodía; entonces el Señor nos dará reposo permanente, seremos como huerto regado y florecido, con aguas limpias, hojas siempre verdes y frutos abundantes. El Señor nos promete que, cuando lo busquemos con sinceridad de corazón, guardemos el domingo y lo santifiquemos asistiendo  a misa, cuando seamos justos y veraces en el trato con el hermano, entonces él nos hará saborear las delicias de su bondad y obtendremos la herencia eterna. Si en esta Cuaresma escuchamos el llamado del Señor, como lo hizo Leví o Mateo, el publicano, y abandonamos los negocios sucios y los pasos torcidos y seguimos las huellas de Jesús y lo invitemos a vivir en nuestro hogar y participar de nuestra mesa, entonces el Señor curará nuestras heridas, sanará nuestras llagas, nos invitará a su banquete eterno y dará paz a nuestro inquieto corazón. Entonces “clamaremos al Señor y él nos responderá: Aquí estoy”. Y estaremos para siempre con el Señor. Esta Pascua es una oportunidad que nos ofrece la santa Iglesia de gustar anticipadamente de la bondad y presencia del Señor, participando con fe y con piedad en la celebración de sus misterios santos. Les deseo de corazón una santa Cuaresma y una gloriosa Pascua de resurrección.

 

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

Este portal diocesano es un servicio diseñado y desarrollado por la RIIAL Querétaro                                                                                            Webmaster