DE
LA CUARESMA A LA PASCUA
Hermanos Presbíteros,
Hermanas y Hermanos:
1. Hoy, gracias a la generosidad de todos ustedes, tengo la
oportunidad de manifestar públicamente a Dios, el Padre del cielo,
ni gratitud por el don del sacerdocio que en el grado del episcopado
me concedió hace ya casi veinticinco años. Como todo ejercicio del
sacerdocio ministerial, el episcopado es un servicio para los demás,
“a favor de los hombres” dice la carta a los Hebreos, y que prolonga
la misión de Jesús nuestro sumo y eterno sacerdote, quien, “por
nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y se
hizo hombre”, padeció y murió bajo el poder de Poncio Pilato y
resucitó glorioso al tercer día, como vamos a celebrar en la
próximas fiestas pascuales a las que nos estamos preparando en esta
recién iniciada Cuaresma. Gracias, pues, hermanas y hermanos todos,
por ofrecerme esta preciosa oportunidad para dar testimonio público
de mi gratitud al Dios.
2. Además de mi acción de gracias, quiero también orar con ustedes y
por ustedes, como es deber de todo sacerdote y obispo el interceder
por los fieles que Dios ha puesto bajo su cayado pastoral. Lo hago
siempre, pero hoy con particular alegría por este Decanato, y los
encomiendo a la protección de San Miguel Arcángel, defensor de la fe
y de los hijos de Dios contra las acechanzas del maligno: Que Él
arroje al infiero a Satanás y nos libre de todo mal. Los encomiendo
también a la Virgen Santísima, Nuestra Señora de la Luz y Reina de
la Paz, para que su Hijo nos bendiga con su paz; que la intercesión
de San Pedro, de San Rafael Guízar Valencia y de Santa María
Magdalena nos alcancen la gracia del arrepentimiento y de ser
auténticos apóstoles y misioneros de Jesucristo; y que el misterio
eucarístico de su Cuerpo y Sangre nos mantenga en concordia y unidad
dentro de su santa Iglesia, bajo la mirada de la Santa Trinidad,
cuya Providencia divina nos acompaña, protege y guía.
3. Muchos son los temas de importancia sobre los cuales desearía
decir una palabra, pero juzgo ser más de provecho obedecer el sentir
de nuestra Madre la Iglesia, que nos invita a la conversión sincera
del corazón en esta Cuaresma, y a gozar del poder salvador y
misericordioso de Jesús en los misterios de su pasión, muerte y
resurrección en la próxima Pascua. En efecto, la Cuaresma no tiene
consistencia por sí misma, sino que está toda ella orientada hacia
la Pascua. La Pascua es la Semana mayor o Semana santa, porque en
ella se celebran los máximos acontecimientos de nuestra fe, que la
liturgia cristiana actualiza, hace presentes para la gloria de Dios
y para nuestro provecho espiritual. No se trata, pues, de un mero
recuerdo del pasado, sino de una renovada presencia del sacrificio
redentor de Cristo, en su triple paso: su Pasión y muerte redentora
el Viernes santo, su Sepultura el santísimo Sábado y su gloriosa
Resurrección el Domingo. Estos tres pasos constituyen una unidad
íntima y profunda: Son tres días de una misma solemnidad, la Pascua:
El que padeció en la Cruz, fue muerto y sepultado, y ése mismo
resucitó glorioso al tercer día. Esto es lo que se llama el Triduo
pascual que no es lícito separar, pues es el mismo Cristo quien
padece y muerte, quien es sepultado y quien resucita glorioso.
Celebrar la Pascua significa acompañar a Cristo durante estos tres
días santísimos. Pido a Dios que les dé la fuerza necesaria en su
espíritu para acompañar a Cristo en tan sublimes misterios, que
actualiza nuestra liturgia con grande piedad. No son días de
vacación, sino de meditación.
4. Habrá, pues, que poner particular empeño en cada uno de esos
pasos de la obra redentora de Jesucristo. La Iglesia nos lo señala
con lo prolongado de la Cuaresma: son cuarenta días de preparación
para la Pascua. La Iglesia, que es madre amorosa y sabia, nos educa
en la fe y sabe bien que el corazón, salvo gracia muy especial, no
se cambia de improviso; necesita tiempo para irse ablandando con la
escucha de la palabra de Dios, con la oración, con el ayuno y con la
limosna, como Jesús nos propone en el Evangelio. Estas acciones hay
que practicarlas con perseverancia y con esperanza, y Dios hará su
obra en nosotros y experimentaremos “el gozo de la salvación”. Los
invito a entrar dentro del espíritu penitencial y esperanzador de la
cuaresma, practicando la oración, el ayuno indicado y compartiendo
nuestros bienes con el hermano necesitado; para lograrlo necesitamos
dejarnos iluminar y guiar por la santa palabra de Dios. No nos
desesperemos ni dejemos todo para el último, sobre todo la
confesión, sino que caminemos al ritmo de la Iglesia en su liturgia
penitencial.
5. Después viene ya Semana de la Pasión, que se inicia con el
Domingo de Ramos, que la Iglesia llama Domingo de la Pasión del
Señor, porque Jesús entra a Jerusalén ”para sufrir su pasión”.
Solemos subrayar el momento festivo: Jesús entrando a Jerusalén
entre las aclamaciones espontáneas del pueblo y la gritería de los
niños. Esto indica que entra libremente, como amo y señor, como rey
triunfador; pero es una fiesta efímera, pasajera: dura sólo un
momento y litúrgicamente se expresa con la solemne procesión,
aclamando a Jesús con cantos y palmas. Hay que llevar nuestro ramo
para aclamar a Cristo Rey, y que después conservamos en el hogar en
señal de que allí reina Jesús. Recuerde que el ramo se bendice para
la procesión. Celebramos después el hermoso Jueves santo: La víspera
de padecer, el Señor nos dejó el Memorial de su amor en la santa
Eucaristía. Es, podríamos decir, como la ofrenda sacramental del
fruto de la cuaresma: el cristiano, limpio ya de sus pecados,
purificado por las penitencias cuaresmales, recibe sacramentalmente
el Cuerpo ofrecido y la Sangre derramada de su Señor, y se une al
misterio del Triduo pascual que va a celebrar. Ese día damos gracias
por tres regalos que hace Jesús a sus discípulos: El Mandato del
amor fraterno que se significa en el lavatorio de los pies, el don
del Sacerdocio del Nuevo Testamento y la santa Eucaristía. El Jueves
santo es como el pórtico del Triduo pascual. Las visitas que se
hacen a las llamadas “siete casas” son momentos de adoración al
Santísimo Sacramento, para meditar sobre el grande tesoro de la
Eucaristía, del cual vive y se alimenta la Iglesia.
6. El Triduo sacro lo componen el Viernes Santo de la muerte
redentora de Jesús, el Sábado Santo del descanso y sepultura del
Señor y el Domingo del triunfo glorioso del Salvador. Este es el
paso del Señor de la muerte a la vida, la Pascua del Señor, que
esperamos sea también la nuestra. La santa Iglesia nos invita a
acompañar a Jesús en estos misterios santos, de cuyos frutos ya
participamos por la fe en el Bautismo, pues allí morimos con Cristo
al pecado y resucitamos para Dios como hijos suyos. Sin estos días
santos, no tuviéramos fe ni esperanza de salvación. El Viernes Santo
se centra en la adoración de la santa Cruz acompañada de la
meditación de la pasión de Cristo y su poderosa intercesión por la
salvación del mundo entero. Ese día caemos de rodillas ante el
Crucifijo y agradecemos a nuestro Redentor su muerte salvadora. Lo
más importante es la celebración litúrgica, a la cual no debemos
faltar. Puede también rezarse, acompañado con imágenes, el Camino de
la cruz o Vía crucis y el santo Rosario a la Virgen dolorosa. El
Sábado es santo; no es Sábado de gloria, sino de paz, de descanso,
de meditación y de esperanza. El Señor Jesús descansa en el sepulcro
y espera confiadamente en la justicia divina la recompensa de la
resurrección. El Sábado santo es día de meditación en la gravedad de
nuestros pecados, que llevaron a tal extremo al Hijo de Dios. Ese
día es para pedir al Padre de Jesús que también a nosotros nos
reciba en sus brazos a la hora de la muerte, porque todos vamos a
morir. El Sábado santo prueba la firmeza de nuestra fe y la solidez
de nuestra esperanza. Ese día Jesús visita a nuestros difuntos y les
anuncia su futura resurrección. Finalmente, el Domingo santísimo y
glorioso de la Resurrección del Señor, se prepara con la solemne
Vigilia de oración en torno al cirio encendido, símbolo de Cristo,
Luz resucitada y resucitadora, con lecturas y cánticos sagrados; se
celebran los Bautizos solemnes y se renuevan los compromisos
bautismales. Con las notas alegres del órgano, el himno del gloria,
el nuevo repicar de las campanas; con luces, flores y aleluyas se
cantan las glorias de Cristo resucitado, vencedor del pecado y de la
muerte. La Cruz dolorosa se convirtió en gloriosa, la muerte fue
vencida por la vida, el llanto se borró de nuestras mejillas y se
convirtió en himno de alabanza, el demonio fue derrotado para
siempre. Somos libres, somos hijos de Dios.
7. Hermanas y hermanos: Nosotros los católicos tenemos esperanza. En
Jesucristo se nos ha manifestado el rostro verdadero de Dios. Dios
es Padre bondadoso, que nos dio a su Hijo Jesucristo. Jesucristo, su
Hijo querido, nos vino a mostrar el amor del Padre del cielo,
entregando lo más precioso que tenía: su vida. El Padre del cielo le
pidió a su Hijo que nos mostrara su verdadero rostro, su rostro de
amor y misericordia. Jesús lo hizo predicando el Evangelio, curando
a los enfermos, perdonando a los pecadores arrepentidos, resucitando
a los muertos y, porque así se lo exigió la maldad humana,
derramando su sangre por nosotros. Derramó su sangre para mostrarnos
su amor infinito. Lo que el Padre quería era la muestra de amor de
su Hijo, no su sangre, aunque ésta fue el signo de su amor, de la
entrega de su vida. El Padre de Jesús y Padre nuestro no bebe sangre
como Huitzilopochtli, ni exige sacrificios humanos, sino que pide
amor de sus criaturas, y sólo lo obtuvo de su Hijo Jesucristo, el
único justo. Fue la malicia humana la que exigió su sangre y su
sacrificio en la Cruz; él lo aceptó por amor nuestro: su pasión fue
”voluntariamente aceptada”. Lo que salva, lo que redime, lo que vale
ante Dios es el amor; el sacrificio tiene valor en cuanto acompaña y
aquilata el amor: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por
sus amigos”; por eso Jesús entrega lo más valioso que tiene: su vida
contenida en su sangre. La entrega de su vida es la prueba suprema
de su amor. La sangre de Cristo no es para saciar la sed de Dios,
como exigían los ídolos, sino la expresión de su amor al Padre y a
nosotros. Lo que salva es el amor, no el dolor; el dolor se vuelve
salvífico cuando es expresión de amor. Por eso, el mandamiento de
los discípulos de Cristo, de los católicos, es amarnos unos a otros
como él nos amó, incluido el amor a los enemigos.
8. Los invito a celebrar con fe, piedad y devoción la Semana Santa,
que estamos preparando con esta Cuaresma. Oímos la palabra de Dios
que nos invita a desterrar el gesto amenazador y la palabra
ofensiva; a compartir el pan con el hambriento y a saciar al
humillado, para que nuestra luz, la fe que profesamos desde el
Bautismo, brille en las tinieblas de nuestro mundo corrupto y
violento, y seamos claros como el sol de mediodía; entonces el Señor
nos dará reposo permanente, seremos como huerto regado y florecido,
con aguas limpias, hojas siempre verdes y frutos abundantes. El
Señor nos promete que, cuando lo busquemos con sinceridad de
corazón, guardemos el domingo y lo santifiquemos asistiendo a misa,
cuando seamos justos y veraces en el trato con el hermano, entonces
él nos hará saborear las delicias de su bondad y obtendremos la
herencia eterna. Si en esta Cuaresma escuchamos el llamado del
Señor, como lo hizo Leví o Mateo, el publicano, y abandonamos los
negocios sucios y los pasos torcidos y seguimos las huellas de Jesús
y lo invitemos a vivir en nuestro hogar y participar de nuestra
mesa, entonces el Señor curará nuestras heridas, sanará nuestras
llagas, nos invitará a su banquete eterno y dará paz a nuestro
inquieto corazón. Entonces “clamaremos al Señor y él nos responderá:
Aquí estoy”. Y estaremos para siempre con el Señor. Esta Pascua es
una oportunidad que nos ofrece la santa Iglesia de gustar
anticipadamente de la bondad y presencia del Señor, participando con
fe y con piedad en la celebración de sus misterios santos. Les deseo
de corazón una santa Cuaresma y una gloriosa Pascua de resurrección.