LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO
1. La primera lectura del profeta Ezequiel y
el santo Evangelio nos ponen frente a la realidad de la muerte,
junto a un sepulcro, que muy bien puede ser el nuestro. Jesús, ante
el ciego de nacimiento, le dio la vista porque Él es la luz; ante un
paralítico seco lo hizo caminar, porque Él nos trae la libertad.
¿Qué hará Jesús delante de un difunto? Un salvador que no libra de
la muerte, no es verdadero salvador.
2. El profeta Ezequiel tiene una visión: Ve
una inmensa muchedumbre de huesos humanos secos, símbolo del pueblo
de Israel exiliado y condenado a morir. Y ve cómo el Espíritu de
Dios va uniendo esos huesos y les va infundiendo vida, y concluye
con las palabras consoladoras que escuchamos: “Pueblo mío, yo mismo
abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos y los conduciré de
nuevo a la tierra de Israel… Entonces ustedes dirán que yo soy el
Señor… que lo dije y lo cumplí”.
3. Esta visión también se refiere a toda la
humanidad. Si vemos hacia atrás en la historia, ¿qué queda? Algunos
monumentos históricos que todavía vemos; sí, pero lo que no vemos es
más impresionante: una enormidad de huesos secos o convertidos en
polvo en los sepulcros y cementerios. Reyes, emperadores, sabios,
sacerdotes, miserables, ricos, poderosos, soberbios, presidentes,
gobernadores…todos cubiertos por el manto de la muerte. La tierra es
un inmenso cementerio, en el cual nosotros también tenemos ya
nuestro lugar.
4. Por eso no podemos evadir la pregunta: ¿Qué
va a ser de nosotros a la hora y después de la muerte? ¿Tendrá la
muerte la última palabra? ¿La humanidad será derrotada por la
muerte? ¿Hay alguien que tenga la respuesta y, sobre todo, que pueda
librarnos de la muerte? ¿Vale la pena creer en un Dios, en un
Salvador que no puedan librarnos de la muerte?
5. Hermanas y hermanos: La santa Iglesia tiene
la respuesta a estas angustiosas preguntas y está en el Evangelio:
“Jesucristo es el camino, la verdad y la vida”. Él es el verdadero
camino hacia la vida. Él es la Vida y tiene poder para comunicar la
vida. Lo vemos en el evangelio ante el sepulcro de su amigo Lázaro.
¿Qué puede hacer Jesús? Marta le hace a Jesús el reproche que tantos
de nosotros le hacemos a Dios: Si de verdad estás con nosotros, si
de verdad eres el Dios de la vida, ¿por qué permites que muera un
ser querido, que muramos todos? La respuesta de Jesús es
contundente: “Tu hermano resucitará… Yo soy la resurrección y la
vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel
que está vivo y cree en mi, no morirá para siempre”. Esta es la
afirmación contundente de Jesús y su promesa. Pero Jesús nos
devuelve la pregunta: “Tú, ¿Crees esto?”. Y añade: Si crees esto,
“verás la gloria de Dios”.
6. Hermanas y hermanos: Esta es la pregunta
que nos hace la Iglesia durante la próxima semana Santa. Esto es lo
que vamos a celebrar en la semana Mayor: La lucha de la vida contra
la muerte, y vamos a ver cómo el dueño de la vida, muriendo en la
cruz, ahora reina vivo. Vamos a presenciar esta descomunal batalla
en la cual todos nosotros estamos implicados, y tenemos que
responder a la pregunta de Jesús que nos repite la Iglesia: Tú,
católico, ¿crees de verdad que Jesús es tu Salvador? ¿Crees de
verdad que Jesús es el Señor de la Vida? ¿Crees de verdad que el
murió por ti para darte vida eterna? ¿Crees que, así como resucitó
a su amigo Lázaro, más aún, como Él mismo resucitó de entre los
muertos, puede resucitarte a ti y a tus seres queridos el último
día? ¿Crees en la resurrección de los muertos y en la vida eterna,
como te enseña la Iglesia? Si de veras crees, acompaña a tu Señor
Jesús en esta batalla contra la muerte. Acompañándolo en su muerte
en la cruz, Él te acompañe en la tuya, cuando llegue tu hora.
7. Es duro aceptar que vamos a morir. Nos
preocupa saber cómo vamos a morir. Queremos saber quién nos va a
asistir a la hora de la muerte. Pero es más importante, mucho más,
es saber quién nos va a acompañar en el paso a la eternidad. San
Pablo nos dice que ningún cristiano muere para sí mismo, nadie
muerte solo; que, si vivimos, vivimos para el Señor, para Jesús; y
que, si morimos, también morimos para el Señor; que Él nos acompaña
en el paso a la eternidad, porque él ya hizo este camino. Los
primeros cristianos ponían en los sepulcros la imagen de Jesús, el
Buen Pastor, que lleva sobre sus hombros a la oveja perdida, a
nosotros, y nos hace pasar por “valles oscuros y sombras de muerte”
y para conducirnos hasta la casa del Padre. Él mismo, en la cruz, se
puso en las manos del Padre y al Padre encomendó su espíritu, su
muerte, su vida. Por eso ahora Él vive para siempre con el Padre y
nos puede comunicar la vida eterna.
8. Hermanos y hermanas, ésta es nuestra fe y
ésta es nuestra esperanza. ¿Creen esto? San Pablo lo cree y nos lo
repite la Iglesia: “Si el Espíritu del Padre, que resucitó a Jesús
de entre los muertos, habita en ustedes, entonces el Padre, que
resucitó a Jesús de entre los muertos, también les dará vida a sus
cuerpos mortales, por obra del Espíritu, que habita en ustedes”. Por
eso les vamos a dar a estos jóvenes el Espíritu Santo en el
sacramento de la Confirmación, como lo recibieron también ustedes,
para que tengan al Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida, el que
resucitó a Jesús de entre los muertos, para que tengan la vida
eterna. Lázaro volvió a morir, a ocupar su sepulcro. Cristo fue
sepultado, pero su sepulcro está vacío. Ese es el sepulcro de los
cristianos: Vamos a morir y a ser sepultados; pero si morimos con la
esperanza en Cristo, resucitaremos con él y viviremos con él para
siempre. Los invito a vivir con la Iglesia este drama glorioso de
nuestra fe católica, la única que puede ofrecernos la vida para
siempre: El misterio de la pasión, muerte y resurrección de nuestro
Salvador Jesucristo.