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Hermanas y Hermanos:
1. Como “un canto a la Santísima Trinidad y a su obra”
describió el Papa Benedicto XVI la liturgia de la canonización de los
nuevos santos de la Iglesia, entre los cuales estaba la Madre María
Eugenia de Jesús (Anne-Eugenie Milleret de Brou) (1817-1898), fundadora
del instituto de las religiosas de la Asunción de la Bienaventurada
Virgen María, a quienes saludo con afecto y felicito por este
acontecimiento eclesial, lo mismo que a la rama de fieles laicos “Amigos
juntos”, asociados a su obra. Santa María Eugenia de Jesús embellece a
la Iglesia de Cristo con su santidad y con sus hijas y seguidores
también aquí en nuestra diócesis. Por ello estamos alegres y damos
gracias a la santa Trinidad.
2. “Que el ejemplo de Santa María Eugenia inspire a los
hombres y mujeres de hoy a transmitir a los jóvenes los valores que les
ayuden a convertirse en adultos fuertes y testigos alegres de la
Resurrección”, fue el deseo expreso del Santo Padre al inscribir a la
Madre María Eugenia en el catálogo de los Santos. Así sintetizó el Papa
el carisma y la finalidad de la Obra de la Asunción, institución
eminentemente educativa en la Iglesia, al servicio de la sociedad.
3. Los santos son la respuesta de Dios a las necesidades
de su tiempo. Son los intérpretes autorizados del Evangelio y los
pioneros del camino que la Iglesia debe seguir tras las huellas de su
Maestro. María Eugenia comprendió los “signos de los tiempos”, de su
tiempo, imbuido de las ideas de la Revolución francesa, que implicaban
una ruptura con el pasado y propiciaban una nueva sociedad con los
valores de la igualdad, fraternidad y libertad, en los cuales ella
intuyó sus raíces evangélicas y las quiso volver a su cauce mediante la
educación de la juventud en un humanismo solidario y justo.
4. Para llevar a cabo este proyecto, Dios le otorgó la
gracia de una doble “conversión”: la conversión del corazón a Jesús el
día de su primera Comunión y la conversión “intelectual” en sus años de
preparación para iniciar la fundación de su Instituto. De su primera
Comunión, anota: “Entré sola en la intimidad de Aquel que poseía por
primera vez” y, confiesa con sinceridad: “mi ignorancia de los dogmas y
de las enseñanzas de la Iglesia era inconcebible”. Y comenzó su búsqueda
de la verdad y de la inteligencia de la fe. Estudió a los grandes
maestros de la Iglesia y escuchó a los insignes oradores de su tiempo,
como Lacordaire y Lammenais. De su ignorancia la sacó el Señor y le
concedió la “sublime ciencia de Jesucristo”, que se propuso llevar a los
demás: “Me parece —decía— que cualquier alma que ame un poco a la
Iglesia y conozca la profunda irreligión de las tres cuartas partes de
las familias ricas e influyentes de París, debe sentir la urgencia de
probarlo todo para tratar de hacer que Jesucristo penetre en ellos”.
Apreciación que describe también la realidad de nuestra sociedad. En el
sacramentote la Confirmación recibió el don y la fuerza del Espíritu
Santo, a quien, dice, siempre trató de resistir, pero que, “gracias a
Dios, hasta ahora he sido vencida en la lucha”. Derrotada como Jacob en
su lucha con Dios, Dios fue su aliado y su fuerza.
5. Su experiencia personal, las necesidades de su tiempo
y la fuerza irresistible del Espíritu Santo que operaba en ella, la
hicieron apostar por la educación de la juventud: “Reconstruir todo en
Cristo, hacer que se le conozca lo mismo que a su Iglesia, extender las
fronteras de su reino”, era su misión. “¿Creéis, se preguntaba, que lo
que nos debe importar es que aprueben los exámenes, que sepan más o
menos geografía o historia? No es eso. Lo que importa es que se forme
(en las alumnas) el Reino de Dios… que, mediante la educación,
consigamos esta maravilla… la familia en que el espíritu cristiano
domine. Si, mediante la enseñanza, logramos formar primero cristianas y
luego mujeres y familias cristianas, ¿no habremos contribuido al
reinado social de Jesucristo?”. La finalidad de su obra educativa es
formar familias cristianas, instaurar el reinado social de Jesucristo.
Ella quiso una obra educativa dentro de las verdades y doctrina de la
Iglesia católica. Al recordar los inicios de su Fundación, decía: “En
nuestra obra, todo es de Jesucristo, todo es por Jesucristo, todo deber
ser por Jesucristo… Dios nos dio todo: las casas, la hermanas, ¡todo
viene de Él, todo es pues de Él y debe volver a Él!”. Este es el
origen, este es el fin de la obra educativa de Nuestra Señora de la
Asunción, pues María es el espacio concreto y seguro para el encuentro
con Jesucristo.
6. No es lugar éste para tratar el rezago educativo de
nuestro país, asunto que se ventila continuamente en los medios
informativos. Por sus frutos los conoceréis, es el criterio implacable
que señaló el Señor Jesucristo para medir la verdad de las acciones
humanas. Tenemos que señalar que las reformas intentadas adolecen,
todas, de un “reduccionismo antropológico” que supedita la educación a
la producción, los valores al mercado, la ética a la eficiencia, la
moral a la técnica, la naturaleza al lucro. Si la visión que se tiene
del hombre es parcial y reductiva, así será su educación. El “producto
terminal” será un hombre carente de valores, cerrado a la trascendencia
y reducido en humanidad, violento, incapacitado para lograr, mediante la
convivencia fraterna y solidaria, su felicidad en el disfrute justo de
su libertad. Quien excluye a Dios y a los valores del espíritu de la
vida, violenta al hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios. La
educación pertenece a las ciencias del hombre, espíritu encarnado y
carne espiritualizada, cuyo origen y destino es Dios. Excluir a Dios es
menospreciar al hombre, su imagen.
7. La misión fundamental de la Iglesia es la predicación
del Evangelio, es decir, el anuncio de la persona concreta y real de
Jesucristo, el Viviente, capaz de transformar al hombre y su entorno
cultural, elevándolo. La educación católica tiene, necesariamente, que
llevar al joven a este descubrimiento y hacerle comprender que allí, en
Jesucristo, se armoniza la fe con la razón, lo humano con lo divino, lo
temporal con lo eterno, la disciplina con la libertad. “Él no quita
nada, lo da todo”, dijo el Papa Benedicto. Cristo, el hombre perfecto,
es el centro hacia donde deben confluir los valores humanos, culturales,
científicos y religiosos y encontrar en Él su plena realización.
“Restaurar todas las cosas en Cristo”, decía Santa María Eugenia citando
a San Pablo. En el corazón de Cristo, el Redentor del hombre, cabe todo
lo verdaderamente humano y todos los hombres, sin distinción ni
discriminación, con preferencia hacia los desprotegidos. Este es el
corazón de la educación católica que la Iglesia ofrece para curar y
dignificar al hombre en la sociedad, aunque “la vedad que libera al
hombre es en gran parte la verdad que los hombres prefieren no escuchar”
(Herbert Sebastián).
8. No hay Cristo sin Iglesia. La escuela católica está
integrada en la gran comunidad eclesial, que se hace presente en la
comunidad parroquial y que debe reflejarse en la comunidad educativa:
directivos, maestros, alumnos, personal administrativo, padres de
familia… Todos deben confluir hacia el centro común, que es Jesucristo:
su persona, su doctrina, su ejemplo tal y como lo propone la santa madre
Iglesia en su enseñanza y en su magisterio. Este es el criterio común
que debe unificar a la comunidad educativa católica. Los directivos o
maestros que no acepten la doctrina y la moral católicas en sus vidas,
están aquí fuera de su lugar. La firmeza doctrinal y la subsiguiente
exigencia moral, son requisitos indispensables en una institución
educativa católica. Decía Santa María Eugenia: “En nuestros días los
caracteres son débiles porque las verdades han disminuido en las almas.
Los grandes principios son los que forjan los grandes caracteres”. Santa
María Eugenia es enemiga de un catolicismo "light". Si queremos una
educación católica verdadera, tenemos que volver a lo esencial, sin
concesiones ni componendas.
9. Hoy, como en aquellos tiempos, "las verdades han
disminuido en las almas”, porque todos buscan verdades a medias, según
su conveniencia. La Iglesia fue fundada para llevar a los hombres al
cielo, no para complacer a quienes se mueven a ras de tierra. Las
grandes verdades de la fe y de la moral católica, en concreto, el Credo
y los Mandamientos, como aparecen en el Catecismo de la Iglesia, no son
negociables en la escuela católica. Son la norma y la regla a seguir. El
Catecismo comienza: “Padre, ésta es la vida eterna; que te conozcan a
ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo” (Jo 17,3). En
concreto, quien no acepte la doctrina social cristiana, la moral
matrimonial y sexual de la Iglesia católica, las enseñanzas del Papa
sobre el respeto a la vida desde la concepción hasta su término natural,
no está en su lugar en esta institución. No olvidemos: “Los grandes
principios son los que forjan los grandes caracteres". Jesucristo no vino
para complacer a las multitudes o a los poderosos, sino “para dar
testimonio de la verdad”.
10. Los obstáculos que tiene que sortear en este campo
la escuela católica son enormes. No existe la real posibilidad para que
todos los padres de familia escojan el género de educación que desean
para sus hijos; cuando lo hacen, tienen la carga de un financiamiento
extra, que no todos pueden hacer. Así, la educación llamada "particular
o privada" y la católica, se vuelven elitistas y quienes pagan su costo
extra a veces se sienten con derecho para reclamar privilegios o
violentar los ordenamientos internos en su propio provecho. Esta es una
triste realidad que compete en primer lugar a los mismos padres de
familia subsanar. No es, pues, la Iglesia ni la escuela católica las
promotoras y responsables de esta situación. Los padres de familia no
pueden permanecer indiferentes ante esta injusta realidad y deben
procurar su remedio. Es parte del ejercicio responsable de su paternidad
en el campo educativo reclamar este derecho para sí y para los padres
menos favorecidos económicamente. Esta es también tarea de la comunidad
educativa en la escuela católica.
11. Aunque en contextos históricos diversos, los retos
actuales de fondo no difieren en mucho de los de entonces. María Eugenia
de Jesús respondió a ellos con la fe y el amor a Jesucristo, con la
fidelidad y docilidad a las enseñanzas de la Iglesia, con la esperanza en
el futuro y con la confianza en el hombre capaz siempre de mejorar,
especialmente en la mujer, a quienes llamaba “educadoras del mundo”. “Me
cuesta oír llamar a la tierra lugar de destierro, decía; yo, por el
contrario, lo considero como lugar para la gloria de Dios”. Queridas
Hermanas de la Asunción: El Señor las ha llamado en la Iglesia, por
medio de su santa Fundadora, para trabajar en el campo educativo. Las ha
destinado para que produzcan fruto, y su fruto permanezca. En la Iglesia
nadie trabaja de balde; el fruto está asegurado aunque, muchas veces,
escondido en Dios. Esto las debe llenar de ánimo y de confianza. Hagan
de su Instituto y de las familias que se benefician de sus servicios,
así como de cada uno de sus alumnas y alumnos, un lugar donde
resplandezca y brille la Gloria de Dios.
†
Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro