JESÚS
Y EL TENTADOR
1. El Espíritu Santo llevó a Jesús al desierto para ser tentado, es
decir, sometido a prueba por Satanás, el Tentador. El hombre, creado
libre, tiene que optar por Dios o contra Dios. Es el riesgo que
corrió Dios al hacernos libres. Podemos optar contra Dios. Prefirió
correr el riesgo que hacernos sus esclavos. El Tentador, Satanás,
está al acecho del hombre y le pone incentivos fingidos de virtud y
de bondad, pero perversos, para hacerlo caer en sus redes y alejarlo
de Dios. En el paraíso ofreció una vida inmortal, como Dios, y una
“ciencia del bien y del mal”, es decir, capaz de determinar qué es
bueno y qué es malo, de ser el hombre mismo, no Dios, quien elija lo
que le conviene o no para lograr su felicidad. A esta tentación o
prueba sucumbió Eva y Adán. No Jesús, el segundo y verdadero Adán,
cabeza de la nueva humanidad redimida.
2. Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre por obra del Espíritu
Santo. Es hombre verdadero como es Dios verdadero. Por ser hombre
verdadero, fue también sometido a la prueba, como nosotros. En todo
se sometió a nuestra condición humana, menos en el pecado porque lo
venía a borrar, a “quitar el pecado del mundo”. Para quitarlo, nos
enseña cómo: enfrentando y venciendo con la oración y el ayuno al
Tentador y así, sometiéndose en todo y obedeciendo la Palabra de
Dios.
3. “Haz que estas piedras se conviertan en panes”. Satanás parte de
un hecho, de una necesidad real, muy humana, legítima: el tener
hambre y necesidad de pan. Jesús sabe qué es tener hambre, sentir la
necesidad de pan. De hecho, cuando la muchedumbre que lo seguía tuvo
hambre en el desierto, se compadeció y multiplicó los panes y mandó
a sus discípulos que repartieran en pan. Pero antes, esa multitud,
había dejado todo para seguirlo y para escuchar la Palabra de Dios.
Primero es el pan de la Palabra de Dios, y el pan material vendrá
“como añadidura”, como consecuencia casi diríamos natural. El
Tentador quiere que Jesús convierta las piedras en pan, sin tomar en
cuanta que primero hay que alimentarse del pan de la Palabra de
Dios, es decir, sin cumplir la voluntad de Dios, sin someterse a
Dios. Esa es la tentación de todos los dictadores y regímenes
totalitarios, ateos y laicistas: Querer dar pan sin tomar en cuenta
a Dios, menos el cumplimiento de los mandamientos. Los regímenes
marxistas son la prueba contundente. Como dice el Papa Benedicto,
pretendieron convertir las piedras en pan (quisieron ser dios) y
terminaron dando piedras en lugar de pan. Sometieron a millones de
gentes al hambre y a la infelicidad. Lo mismo nos puede pasar a
nosotros -¿o nos está pasando ya?- cuando nuestros tratos
comerciales se fijan sólo en el aspecto económico, pisando la
dignidad humana, pasando sobre la verdad con su engañosa
mercadotecnia, violando la justicia con la explotación salarial cuya
consecuencia no sólo es el aumento de pobres, sino la nueva clase de
pobres: los excluidos, los que simplemente ya no cuentan…
4. La segunda tentación: “Échete abajo y los ángeles te recogerán en
sus manos”. La respuesta de Jesús a Satanás nos da la clave de la
interpretación: “No tentarás al Señor tu Dios”. Tentar a Dios es
querer hacer a Dios a nuestra medida, a nuestra imagen y semejanza,
reducir la estatura de Dios a títere nuestro, tener un Dios a
nuestro capricho y una Iglesia a nuestra disposición y a nuestro
gusto, para satisfacer nuestros pareceres y hasta nuestras pasiones,
y nos preguntamos por qué Dios no nos hace esto o lo otro, por qué
nuestra Iglesia no es más facilona con los anticonceptivos, más
comprensiva con los abortos, más tolerante con las desviaciones
sexuales, más acomodada con la uniones llamadas de convivencia (o
conveniencia) o con las separaciones matrimoniales… Querer hacer a
Dios a nuestra medida es convertir a Dios en un ídolo y nosotros
convertirnos en dios. Jesús vence al Tentador cuando dice: No
tentarás al Señor, tu Dios. En esta tentación están atrapados todos
los católicos descontentos, amargados o simplemente que andan
buscando siempre algo mejor, según sus conveniencias, por supuesto.
El remedio es escuchar la Palabra de Dios y, con humildad y
obediencia, aceptar el plan de Dios y adorar a Dios de todo
corazón.
5. En la tercera, el Tentador promete dar todos los reinos de la
tierra al Mesías si éste, de rodillas, lo adora. El cinismo del
Satanás no tiene límites. Se cree dueño del poder y promete darlo a
quien lo tiene por naturaleza, al Hijo de Dios. Porque Jesús
resucitado tiene “todo poder en el cielo y en la tierra” pero, para
ejercerlo, tuvo que pasar por la obediencia a Dios y por la entrega
de su vida en la Cruz. Jesús sólo ejerce su poder -y vendrá como
Juez universal, Señor de vivos y muertos-, después de haber pasado
por la humillación de la cruz: Por eso Dios lo coronó de gloria y
esplendor y lo resucitó al tercer día de su muerte, y lo hizo
“nuestro Señor” para gloria del Dios Padre. Es el misterio que vamos
a celebrar en la próxima Pascua. El poder viene de Dios, y sólo lo
ejerce legítimamente quien lo somete a la voluntad de Dios. Quien se
pone en lugar de Dios y ejerce el poder, lo ejerce satánicamente y
produce, no hijos de Dios, sino esclavos. No es gratuito que todos
los dictadores comienzan primero negando a Dios y persiguiendo a la
Iglesia; y todo explotador de sus hermanos, comienza retirándose de
la práctica religiosa y menospreciando a la Iglesia. Un ser humano
que no adora a Dios termina esclavizando a los hijos de Dios: en el
estado, en la política, en la economía, en la ciencia, en la
medicina, en las creencias, en la familia…
6. La Iglesia, Madre bondadosa y sabia, nos ofrece el remedio contra
las asechanzas del Tentador que encontramos a cada paso en nuestra
vida y cuya semilla de engaño llevamos en el corazón: El remedio es
la pasión y muerte de Cristo, su santa sepultura y su gloriosa
resurrección en la próxima semana Santa. Sólo la pasión de Cristo
puede curar nuestras heridas de soberbia y orgullo y darnos la
alegría y la paz que busca nuestro corazón con su santa
resurrección. Que el Espíritu Santo, que llevó a Jesús al desierto y
que le dio fuerza para rechazar al Tentador, nos de a nosotros la
valentía y fortaleza para seguir a Cristo en su pasión y tener parte
en la gloria de su resurrección.