Hermanas peregrinas,
hermanas
y hermanos todos:
1. Celebramos en este descanso y encuentro fraterno a Jesucristo,
Pan de Vida y Cáliz de Salvación para todos nosotros. Celebramos a
Jesucristo, Vida de Dios presente entre nosotros, para que “nosotros, en
Él, tengamos vida” en abundancia. La presencia misteriosa pero real de
Jesús en el Santísimo Sacramento del altar, es signo de su amor y de que
Él quiere estar con nosotros, ser nuestro compañero de camino y, sobre
todo, nuestro alimento para que tengamos la fuerza necesaria de llegar
a su presencia y disfrutar para siempre de su felicidad. Jesús está
presente en la santa Eucaristía para compartir con nosotros su vida y su
felicidad.
2. Lo que vino a anunciarnos Jesucristo es lo que nos enseña
nuestra santa madre la Iglesia: El gran amor de Dios, nuestro Padre del
cielo, que no se olvida de sus criaturas, mucho menos de los sencillos y
humildes. Él se hizo hombre para compartir nuestra humanidad, hacerse
hermano nuestro y enriquecer nuestra vida con la suya. Él, siendo rico
con la riqueza de Dios, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza;
para que, con su presencia vivificante y salvadora, nos colmara de
felicidad. Sin duda que todos nosotros, en esta peregrinación, en medio
de los sacrificios y fatigas, llevamos la alegría y la felicidad de Dios
en el corazón.
3. En la santa Eucaristía tenemos el Pan de Vida y el Cáliz de
la salvación. Ahora celebramos este Misterio aquí con especial devoción:
La presencia de Jesús, el Emmanuel, entre nosotros y con nosotros. En el
seno de una mujer, de la Virgen María, tomó nuestra carne mortal y,
limpio de pecado, nación en Belén, la Casa del Pan, para hacerse
alimento nuestro. El mismo que fue concebido por obra del Espíritu Santo
en las entrañas purísimas de María Virgen, es quien dijo: “Yo soy el Pan
vivo, bajado del cielo; el que come de este Pan tiene vida eterna”, “Yo
he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.Este mismo
Jesús es el que sacrificó su vida en la Cruz, la entregó por nosotros y
ahora continúa su sacrificio y su presencia vitalizadota en el Pan santo
de la Eucaristía. Es, en verdad, una presencia misteriosa pero sobre
todo amorosa. Es un “invento” extraordinario del amor de Jesús hacia
nosotros.
4. Gracias a Dios, hermanas peregrinas, cada vez tienen más
cerca de ustedes este santo misterio de la Eucaristía, en la celebración
de la Misa en sus parroquias; cada vez hay un sacerdote más cerca de
ustedes en sus comunidades y la oportunidad de beneficiarse de esta
fuente de bendición que es la Misa y la santa Comunión, lo mismo que la
Adoración y la bendición con el Santísimo Sacramento. El Altar y el
Sagrario son los lugares más santos de su templo parroquial o de su
capilla. El Santísimo Sacramento nunca debe estar solo, porque su deseo
es estar con nosotros. Si ustedes acostumbran visitar y adorar el
Santísimo Sacramento, sin duda encontrarán paz y fortaleza para sus
vidas y sus familias.
5. La participación en la Misa del domingo, recibir a Jesús en
la sagrada Comunión y visitar y adorar el Santísimo Sacramento, debe ser
para ustedes, especialmente para las madres de familia, una fuente de
gracia y bendición, de fortaleza y consuelo espiritual para afrontar
tantas y tantas dificultades como las que encuentran en su vida diaria.
Si ustedes acompañan la Visita al Santísimo sacramento con la lectura de
la Palabra de Dios, del santo Evangelio, o con el rezo meditado del
Santo rosario, sin duda que encontrarán las fuerzas necesarias para
cumplir con sus deberes de madres y esposas cristianas, y tendrán la
sabiduría de Dios para educar y aconsejar cristianamente a sus hijos.
Una mujer que educa cristianamente a su hijo hace un gran servicio a
Dios y a la patria. Un hogar católico debe ofrecer a la sociedad
ciudadanos honestos, responsables y llenos del “santo temor de Dios”, es
decir, que sepan conducirse en la presencia de Dios sirviendo a sus
hermanos. Estos son los ciudadanos que necesita nuestro país, y eso lo
debemos ser, en primer lugar, nosotros los católicos.
6. Proseguimos nuestro caminar hacia el Tepeyac. Conforme
aumenta el cansancio se acrecienta nuestra esperanza y nuestro deseo de
encontrar a Jesucristo en los bazos de nuestra santísima Madre de
Guadalupe. La Virgen nos frece a su Hijo, como nuestro Salvador. Ustedes
también presenten y ofrezcan sus hijos a la Virgen, para que ella los
acepte y los transforme en otros Cristos, es decir, en verdaderos
cristianos. Ustedes, al educar según la ley de Dios y de la santa
Iglesia a sus hijos, cumplen la misma misión que realizó la Virgen María
al traer al mundo a su Hijo Jesucristo. Jesucristo vino a enseñarnos el
camino del cielo; ustedes deben educar a sus hijos para llegar al cielo.
La vida que conciben en su seno y que cuidan y educan, no termina en
este mundo sino en la eternidad. Nosotros peregrinamos porque sabemos
que nuestro destino no se agota en esta vida. Ustedes educan a sus
hijos para la eternidad. Tan alta es la misión de ustedes, madres de
familia; y las jóvenes que se disponen para el matrimonio y para formar
un nuevo hogar, tengan en mira tan alta misión que Dios les confía
mediante la santa Iglesia. En la santa Eucaristía encontramos el Pan de
Vida, para tener fuerza en el camino, y el Cáliz de salvación, para
llegar todos juntos, a la casa del Padre, la eternidad.