EN EL DOMINGO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
Audio de la homilía
Queridos hermanos y hermanas:
En la oración de esta Misa, de este Domingo de la Pasión del Señor,
le pedimos que las enseñanzas de su Pasión nos acompañen durante
nuestra vida, para que lleguemos a conseguir con Él la gloria de la
Resurrección. La Pasión del Señor es la escuela de sus discípulos,
de los cristianos, de nosotros los católicos. Cuando se compusieron
los Evangelios, lo primero que se escribió fue la Pasión del Señor;
ahí los primeros cristianos veían reflejada su vida y ahí
encontraban la sabiduría y la fuerza necesaria para enfrentar las
dificultades en un mundo adverso, en un mundo pagano y cruel.
En la Pasión del Señor encontraron las primeras comunidades, y lo
han encontrado también los cristianos de todos los siglos, la
fuerza, la sabiduría y el espejo de su vida. Esta es la gracia que
la Iglesia pide a Dios para nosotros, que veamos nuestra vida en ese
espejo, en ese libro maravilloso, que es la Pasión de nuestro
salvador Jesucristo, que hoy escuchamos en la versión del primero de
los evangelistas, de san Mateo.
El relato de la Pasión que escuchamos comienza con una pregunta de
uno de los discípulos,
―de Judas―,
a los sacerdotes judíos:
―¿Cuánto me dan
por Jesús? y yo se los entrego. Convinieron en treinta monedas de
plata, es la pregunta que nos hace la Iglesia también a nosotros,
hermanas, hermanos: ¿Cuánto vale Jesús para nosotros? ¿en cuánto
tasamos a Jesús? Él nos tasó al precio de su sangre y de su vida,
fuimos comprados no con oro ni con plata
―dice san Pedro―,
sino con la sangre preciosa del cordero inmaculado, el justo,
Jesucristo. Nosotros para Él valemos su vida, lo más grande y
precioso que tenía. ¿Cuánto vale Jesús para nosotros?
Después viene la segunda pregunta que le hacen los discípulos:
¿Dónde quieres que celebremos la Pascua? Esa pregunta también vale
para nosotros. ¿Dónde vamos a celebrar la Pascua del Señor? ¿Cómo la
vamos a celebrar? La Iglesia nos ofrece maternalmente en su
liturgia, el modo correcto, provechoso para nosotros, de celebrar la
Pascua del Señor, de acompañarlo en su Pasión, en su Muerte, en su
Sepultura y en su Resurrección.
Una de las preocupaciones o de las intenciones de san Mateo en este
relato de la Pasión del Señor es el testimonio que diversos
personajes van rindiendo de que se trata de un hombre justo, y que
por lo tanto se ha cometido con Él una inmensa injusticia. Como que
en Jesús se centra toda la injusticia de la humanidad. El mismo
Judas que lo traicionó, que lo vendió, cuando ve que Pilato lo
condenó a muerte, se arrepiente y va a los sumos sacerdotes a
devolverles las treinta monedas y hace una confesión:
―He vendido a
un hombre justo.
Sin embargo, esta confesión la hizo ante a un grupo adverso a Jesús,
con el corazón duro. No lo acogieron, al contrario, allá tú, tú te
las arreglas. Y Judas se ahorcó. No hubo una comunidad, no hubo
alguien que acogiera su dolor o su arrepentimiento. Se desesperó y
se ahorcó.
Otro discípulo que traicionó también a Jesús fue Pedro, de una
manera muy vergonzosa, con juramento dijo que no conocía al Maestro,
le echaba maldiciones, jurando que no conocía a Jesús. Un pecado tan
grande como el de Judas. Sin embargo, Pedro tuvo la fortuna de
encontrarse con la mirada de Jesús y en la mirada y en el rostro de
Jesús descubrió el perdón y la misericordia de Dios, y lloró
amargamente su pecado.
Otro personaje que confiesa la inocencia de Jesús es quizá donde
menos lo esperamos, la mujer de Pilato, tiene sueños y ve que su
marido está pronto a cometer una grande injusticia y le dice:
―No te metas
con ese justo. Esa mujer pagana da testimonio de que Jesús es justo,
de que su esposo está a punto de cometer una tremenda injusticia.
También fuera de la Iglesia hay quien reconoce a Jesús como el
hombre justo, aunque le falte todavía la fe, pero la Pasión de
Cristo, también puede curar sus almas, encontraste con la mujer de
Pilato, Él confesando que Jesús es justo, sin embargo, otros
intereses lo llevan a condenarlo a muerte, se lava hipócritamente
las manos y su gesto queda ahí para la historia como signo de
cobardía, sin embargo reconoce que Jesús es justo.
Finalmente, otro reconocimiento público de la inocencia de Jesús
está en el centurión, o el capitán de la guardia que custodiaba a
Jesús cuando lo ve expirar:
―Verdaderamente
este hombre es justo, verdaderamente este es el Hijo de Dios. En
boca de ese pagano nosotros confesamos a Jesús el Hijo de Dios,
nuestro Salvador.
A la hora de la muerte, Jesús se pone en las manos del Padre, el que
custodia a Jesús es el Padre del Cielo. Sin embargo, no le faltan
humanamente también, quien se preocupe de Él. Hay un hombre bueno,
Nicodemo, después José de Arimatea, que se preocupan por su cuerpo,
por su sepultura. Nunca faltan personas buenas que tiendan la mano a
aquel que está en grave necesidad. Sin embargo, el grupo enemigo,
los sacerdotes, el sanedrín, las autoridades judías, permanecen en
su corazón obstinado, enemigo. Tratan a Jesús de impostor y quieren
eliminarlo de manera total, se acuerdan de que había anunciado su
muerte y resurrección. Tratan de impedir el plan y el poder de Dios,
recurriendo a los poderes humanos. Van con Pilato, le piden la
guardia, le piden los soldados para que custodien el sepulcro.
Así termina san Mateo el relato de su Pasión, dejando a Jesús
custodiado en el sepulcro por los poderes humanos, lo que ignoran
estos poderes humanos es que Jesús está en las manos del Padre, que
no son ellos los que llevaron a Jesús a la Pasión, sino su voluntad
soberana de redimirnos, de manifestarnos el amor del Padre, de
entregar su vida por nosotros, por todos los hombres, el pueblo
judío, exclamaba que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros
hijos, haciéndose responsables de la sangre de un inocente. Y es
verdad, la sangre de Jesucristo se derramó sobre los judíos, pero
también para ofrecerles el perdón y no sólo sobre los judíos que
pidieron su muerte sino sobre todos nosotros que fuimos los
verdaderos causantes de su muerte, puesto que Jesús murió por todos
los hombres, por nuestros pecados.
Hermanas y hermanos, la Pasión del Señor Jesucristo es un libro
lleno de enseñanzas, es la escuela de los cristianos, de sus
discípulos, la Iglesia nos lo entrega en este Domingo de la Pasión
del Señor para que lo meditemos durante este Semana Santa, Semana
Mayor y acompañando a Jesús en su Pasión, también podamos
acompañarlo y gozarnos de su Resurrección. Que así sea.
†
Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro