EN EL DECANATO DEL SANTO NIÑO DE LA SALUD
Audio de la homilía
Hermanos Presbíteros
Hermanos y Hermanas Consagrados
Hermanos y Hermanas en nuestra santa Fe Católica
1. Hoy queremos celebrar
aquí, todos juntos pastores y fieles, a nuestro Gran Sacerdote
nuestro Señor Jesucristo. Agradezco a todos ustedes su presencia y,
desde luego, a mis hermanos presbíteros del Decanato del Santo Niño
de la Salud, la preparación de este encuentro de fe y oración. Les
agradezco su deseo de acompañarme y ayudarme a dar gracias a Dios
por el don de su sacerdocio en el grado del episcopado al servicio
de su santa Iglesia y en particular de esta Diócesis de Querétaro.
2. Este Decanato se compone
de once parroquias de las cuales Dios me ha permitido erigir seis,
en la parte más periférica de la Ciudad. Invocamos a los Santos
Patronos titulares de ellas, implorando su valiosa intercesión ante
el Padre del cielo por nosotros. Cinco están dedicadas a honrar a
nuestro Salvador en el misterio de su infancia y anunciando, como
Profeta de Dios, sus Bienaventuranzas; al misterio de su
Resurrección y como nuestro Sumo Sacerdote e intercesor ante el
Padre. Una lleva el hermoso título de María, Madre de la Iglesia que
nos pone a todos, como en un perenne Pentecostés, bajo la protección
orante de la Madre de Jesús. También honramos aquí a su casto Esposo
Señor San José, a su santa Madre, Señora Santa Ana, al Apóstol San
Pedro, cabeza visible de la Iglesia, al santo mártir San Sebastián y
al gran Doctor de la Iglesia San Agustín. Este Decanato, en sus
Patronos celestiales, refleja la riqueza de la vida de la Iglesia en
la que resplandece la santidad de Dios: ¡Dios, admirable en sus
Santos!
3. En el prefacio de la
Misa de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, damos infinitas gracias
a Dios, “Padre santo, misericordioso y eterno, porque, por la
unción del Espíritu Santo constituyó a su Hijo unigénito Pontífice
de la alianza nueva y eterna y ha querido que su sacerdocio único se
perpetuara en la Iglesia”. Dios Padre ungió, con la fuerza del
Espíritu Santo, a su Hijo único, nuestro Señor Jesucristo, y lo hizo
nuestro Gran Sacerdote o Pontífice, que selló entre Dios y los
hombres, una alianza nueva y eterna, una alianza que no se romperá
ni acabará, que será siempre nueva porque es definitiva y durará
para siempre. Jesús es nuestro Pontífice, el que hace el puente
entre Dios y los hombres; es nuestro Mediador que, como Dios, cuida
de su gloria y de su honor, y, como hombre, cuida de nuestra
santificación, del perdón de los pecados y de nuestra salvación. El
Hijo eterno de Dios, dejando la gloria del Padre, por la acción
misteriosa del Espíritu Santo, tomó carme humana en el seno de
María, la Virgen, y se hizo hermano nuestro. El momento de su
encarnación en el seno de María, fue el momento glorioso de su
consagración sacerdotal por la obra del Espíritu Santo. Ya desde su
presencia en el santuario purísimo y glorioso del seno de María,
Jesús es nuestro sumo y eterno sacerdote.
4. Durante toda su vida
ejerció este sacerdocio en su triple ministerio mesiánico: Como
Profeta de Dios, Jesús, que conoce los secretos del Padre y su santa
voluntad, nos comunicó todo lo que le había oído a su Padre: su amor
inmenso por nosotros, su misericordia y su designio de salvación;
por eso su Evangelio es la Buena Noticia de que Dios nos ama como
hijos y nuestro destino en la herencia eterna. Nos enseñó con
autoridad, con todo el poder de Dios, para que lo escuchemos y
obedezcamos. Jesús es no sólo Profeta, sino nuestro Maestro a quien
debemos respeto y obediencia, pues la salvación es para aquellos que
lo obedecen.
5. Jesús, como Hijo de Dios
e hijo de María Santísima, es nuestro mediador e intercesor ante el
Padre; esto lo realizó durante toda su vida cuando oraba, enseñaba a
orar e intercedía por sus discípulos, pero especialmente durante su
sacrificio en la Cruz. Allí, levantado entre el cielo y la tierra,
oró por sus enemigos, abrió las puertas del paraíso al ladrón
arrepentido y, puesto en las manos del Padre, entregó su vida por
nosotros; de su corazón abierto brotaron sangre y agua, los
sacramentos de la Iglesia, y ahora, inmortal y glorioso, intercede
por nosotros ante el Padre. Nos mandó que no acordáramos siempre de
su sacrificio por nosotros, y por eso constituyó sacerdotes de la
nueva alianza a los apóstoles y después a los obispos y presbíteros,
para que “renueven su sacrificio redentor y preparen para tus hijos
el banquete pascual”, les den en su nombre “el perdón de los
pecados”. Jesús fue nuestro Gran Sacerdote durante toda su vida y lo
sigue siendo por toda la eternidad; por Él tenemos acceso al Padre y
el Padre escucha nuestra oración.
6. Jesús es también el
“Siervo de Yavé”, es decir, el Servidor de Dios en sus hermanos. Se
hizo hermano y esclavo nuestro, vino a servirnos y lavó los pies a
los discípulos; acogió y curó a los enfermos, alimentó a los
hambrientos, resucitó a los muertos, se acercó a los marginados,
comió con los pecadores y pasó toda su vida haciendo el bien. Jesús
es modelo de caridad. En Él el amor de Dios Padre se mostró en todo
su esplendor. Con su ejemplo nos enseño a cumplir su mandamiento:
amarnos unos a otros y dar la vida por nuestros hermanos. Jesús es
el Siervo de Dios, el Esclavo nuestro, el Rey que en la Cruz entrega
su vida por la salvación del mundo. Jesús reina desde la Cruz.
7. Cristo Profeta y
Maestro; Cristo el Gran Sacerdote y Pontífice de la nueva alianza;
Cristo el Siervo de Dios y Esclavo nuestro que, desde la Cruz, reina
sobre el mundo entero. Este es nuestro Sacerdote y esto es lo que
nosotros debemos imitar y vivir. Para esto instituyó Jesús el
sacerdocio en su Iglesia, a fin de que, señala el Prefacio,
“fomenten la caridad en tu pueblo santo, lo alimenten con la
palabra, lo fortifiquen con los sacramentos y, consagrando su vida a
ti y a la salvación de sus hermanos, se esfuercen por reproducir la
imagen de Cristo y te den un constante testimonio de fidelidad y de
amor”. Oren por sus sacerdotes para que puedan pulir tan gran
misión.
8. Quiero también referirme
a dos instituciones importantes que hay en el Decanato y que tienen
que ver con la caridad cristiana: La primera es la presencia del
Centro de Rehabilitación Social y el llamado Tutelar de Menores.
Allí, al esfuerzo que por obligación deben desempeñar las
autoridades civiles, todo el Decanato tiene la oportunidad de
ejercer una obra exquisita de misericordia, que es la de visitar a
los encarcelados y ayudarlos a su recuperación moral, a su curación
espiritual y a su reintegración productiva a la comunidad y a sus
familias. En cada detenido hay una lesión a la sociedad, una pérdida
de la comunidad y un dolor y pena familiar. No olvidemos que Jesús
se identificó, más allá de su situación moral, con todos los
encarcelados. Recordemos que san Pedro y san Pablo, que muchos
obispos, sacerdotes, mujeres y hasta niños han sufrido la cárcel
injustamente por Cristo. Los cristianos debemos de visitar a los
encarcelados; es una obra de misericordia que nos alcanza también el
perdón de los pecados.
9. La otra institución del
Decanato que merece toda admiración y apoyo, es la Casa de María
Goretti, para niñas de habilidades diferentes, que tienen alguna
discapacitación. Allí, laicos católicos generosos han contribuído a
fundar y sostener esta Institución, ubicada en la avenida Pie de la
Cuesta y que atienden, llenas de amor y solicitud cristiana, las
Hermanas Religiosas del Buen Pastor. Existen, sin duda, otras
instituciones beneméritas de servicio y caridad en las parroquias,
que deben crecer y ser testimonios vivos del amor de Dios
manifestado en Cristo mediante la santa Iglesia para sus hijos más
necesitados.
10. Pido a Dios que su
amor, que es el Espíritu Santo, se derrame en el corazón de todos
Ustedes, presbíteros y fieles, y que seamos testigos de este amor
convirtiéndonos en verdaderos discípulos y misioneros de Jesucristo.