"Turris fortissima nomen Domini ad ipsam cucurrit iustus, et exaltabitur"

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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

DURANTE LA MISA DE ORDENACIONES SACERDOTALES

 

Seminario Conciliar de Querétaro, Santiago de Querétaro, Qro.,

16 de Junio de 2006

 

 

 

Hermanos Presbíteros y Diáconos,

Hermanas y Hermanos en el Señor Jesucristo:

Reunidos en el nombre del Señor nos disponemos a invocar al Espíritu Santo para que, por la imposición de las manos del Obispo y la unción del santo Crisma, estos hermanos nuestros Diáconos participen del sacerdocio de Cristo, que él adquirió al precio de su sangre y hoy regala a su Iglesia.

Agradezco a las familias de los ordenandos el haber dado la fe y ahora el entregar un hijo al servicio del Pueblo santo de Dios; a los hermanos sacerdotes el venir a concelebrar con su Obispo y a recibir a sus nuevos hermanos en el presbiterio diocesano; a los superiores del Seminario, formadores y maestros, su entrega y colaboración generosa en la formación de los futuros sacerdotes. ¡Qué hermoso, exclama el salmista, el convivir los  hermanos en uno. Es como un perfume precioso, que se derrama sobre la cabeza sacerdotal de Aarón e impregna hasta la orla de sus ornamentos sacerdotales! Es una imagen hermosa del misterio que aquí celebramos. Doy también a ustedes las gracias por su oración durante mi reciente quebranto de salud, y a Dios por su infinita misericordia al poder retribuirles,  ofreciendo a la diócesis este grupo de nuevos sacerdotes.

En primer lugar quiero señalar que los sacerdotes recién ordenados, dejan la tutela del Seminario y pasan, de ordinario, a servir a una parroquia bajo la guía de un párroco. La formación, empero, no termina; cambia de sitio y de estilo, pero es siempre la misma formación sacerdotal, que ahora llamamos “formación permanente”. Los señores párrocos son ahora sus formadores; son los responsables ante Dios, ante la Iglesia y ante el Obispo de proseguir la formación de sus hermanos menores. No es legítimo atribuir, sin más, las posibles deficiencias a la formación del Seminario. El párroco debe asumir la responsabilidad de la formación permanente del hermano recién egresado y aprendiz, digamos, del arte y oficio del sacerdocio ministerial. El seminario pone los fundamentos, pero la edificación debe continuar. Compartir la oración, la liturgia de las horas, la casa parroquial, la mesa, los proyectos y tareas pastorales es condición indispensable para la forja de santos pastores, como los merece el Pueblo de Dios. Ingresar al presbiterio, es formar parte de una nueva familia sacramental, cuyo origen no es la carne ni la sangre, sino la fuerza del Espíritu. Por eso, agradezco a los hermanos presbíteros mayores el haber venido a recibir a sus nuevos hermanos y a los recién ordenados les pido docilidad para seguir aprendiendo y dejarse ayudar.

Ahora voy a detenerme brevemente en dos signos particularmente expresivos de la dignidad y oficio sacerdotal: La unción de las manos y el revestimiento de los ornamentos sacerdotales.

El cristiano es ungido en el pecho y en la frente durante su bautismo y en el sacramento de la confirmación. Queda así incorporado al triple ministerio de Cristo sacerdote profeta y rey, y convertido en morada del Espíritu Santo. En la ordenación sacerdotal el Obispo invoca sobre el candidato al Espíritu de santidad, le impone las manos y después se las unge con el santo crisma.  La unción de las manos baja del cielo, como el Espíritu, desde la mano poderosa de Dios Padre, pasando por las manos traspasadas del Crucificado, por mediación de las manos del Obispo, sucesor de los Apóstoles. Este signo era de tal modo subrayado en el ritual anterior de la Unción de los enfermos que, cuando se confería este sacramento al presbítero, las manos le eran ungidas sólo en el exterior, no en el interior, para significar que la consagración sacerdotal del crisma perdura hasta la eternidad. Esta es la verdad. La unción de las manos con el santo crisma es un signo de la Unción del Santo, que recibimos en el corazón y que nos hace sacerdotes para siempre. El Obispo aclara el signo diciendo: “Jesucristo, el Señor, a quien el Padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo, te auxilie para santificar al pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sacrificio”. Por eso, las manos ungidas del sacerdote son manos abiertas para dar, no ávidas para retener; son manos levantadas para bendecir y perdonar, nunca para condenar; son manos suaves para consolar, no manos duras para lastimar; son manos abiertas que reciben las ofrendas de los fieles para ofrecer la Víctima santa sobre el altar y manos juntas para implorar; son manos generosas para repartir el Pan eucarístico y manos limpias, alzadas a lo alto, para interceder ante Dios por los pecadores. Queridos hermanos sacerdotes: ¡Que el perfume del santo crisma jamás desaparezca de su manos sacerdotales, para que puedan siempre presentarlas puras ante los ángeles de Dios y darlas a besar con dignidad al pueblo, que lo hace con fe, respeto y devoción! 

El punto de llegada y la meta alcanzada es lo que da sentido y validez al camino recorrido. Al término de nuestra vida sacerdotal, la iglesia ora así al cubrir el féretro del sacerdote con los ornamentos sagrados: “Mira, Señor, con misericordia a tu siervo que, mientras presidía en tu nombre la asamblea de los fieles, llevaba estas vestiduras de fiesta; concédele ahora que, revestido de gloria en tu presencia, te celebre con tus santos eternamente”. Presidir en nombre de Cristo, in persona Christi, la asamblea de los fieles, llevar las vestiduras sagradas para celebrar las fiestas, ser revestido de gloria y tener parte en la liturgia celeste con todos los santos, son los diversos pasos del caminar sacerdotal que ahora ustedes inician en el nombre del Señor. Los santos del cielo que invocamos en las letanías, no son sólo nuestros intercesores sino que serán nuestra compañía en el cielo. Será una liturgia gloriosa, porque participarán de la gloria misma de Dios, de esa que ustedes celebrarán aquí en la tierra y que entonamos en el canto de los serafines: “Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo”. Cuando en la misa se entona el “santo” se abre el cielo sobre el altar y el sacerdote, con toda la comunidad, se asocia a la liturgia del cielo; cuando ustedes celebren la santa misa, deben vivir y reflejar esta gloria de Dios y dejarse transformar por ella, como el rostro de Moisés cuando contempló su gloria en el Horeb, para transfigurar el corazón y la vida de sus fieles. Esta gloria es el reflejo de la santidad de Dios. Reflejar esta gloria es ser santo y santificar al pueblo de Dios, haciéndolo experimentar la gloria del cielo. La parroquia se va configurando a imagen y semejanza de sus pastores: “Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo”, decía san Pablo. La sagrada liturgia es para dar gloria a Dios y para santificar a su pueblo. No se puede pedir ni esperar otra cosa de quien recibe el Espíritu de santidad y a quien la Iglesia confía los tesoros más grandes de la redención de Cristo: el perdón de los pecados y el Cuerpo y la Sangre del Señor. Por eso, hermanos neopresbíteros, deben creer en su propio sacerdocio, “revestirse de Jesucristo” y llevar sus ornamentos con dignidad y pulcritud, exterior e interior; ellos son signos que reflejan  la gloria de Dios como anticipo de la fiesta de bodas del Cordero que celebraremos en el cielo.  

Doy nuevamente gracias a Dios por permitirme ser su ministro para regalar a esta Diócesis los nuevos presbíteros, que serán signos vivientes de gracia y de bendición para todos. La intercesión y la protección maternal de nuestra santa Patrona la Virgen de los Dolores nos acompaña siempre. A Ella, la Madre de nuestro Sumo Sacerdote, encomendamos la vida santa y el ministerio fecundo de estos nuevos presbíteros. Gloria y honor a la Santa Trinidad, sean dadas ahora y por toda la eternidad. Amén. 

 

Mario De Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

 

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