Hermanos
Presbíteros y Diáconos,
Hermanas y
Hermanos en el Señor Jesucristo:
Reunidos en
el nombre del Señor nos disponemos a invocar al Espíritu Santo para
que, por la imposición de las manos del Obispo y la unción del santo
Crisma, estos hermanos nuestros Diáconos participen del sacerdocio de
Cristo, que él adquirió al precio de su sangre y hoy regala a su
Iglesia.
Agradezco a
las familias de los ordenandos el haber dado la fe y ahora el entregar
un hijo al servicio del Pueblo santo de Dios; a los hermanos
sacerdotes el venir a concelebrar con su Obispo y a recibir a sus
nuevos hermanos en el presbiterio diocesano; a los superiores del
Seminario, formadores y maestros, su entrega y colaboración generosa
en la formación de los futuros sacerdotes. ¡Qué hermoso, exclama el
salmista, el convivir los hermanos en uno. Es como un perfume
precioso, que se derrama sobre la cabeza sacerdotal de Aarón e
impregna hasta la orla de sus ornamentos sacerdotales! Es una imagen
hermosa del misterio que aquí celebramos. Doy también a ustedes las
gracias por su oración durante mi reciente quebranto de salud, y a
Dios por su infinita misericordia al poder retribuirles, ofreciendo a
la diócesis este grupo de nuevos sacerdotes.
En primer
lugar quiero señalar que los sacerdotes recién ordenados, dejan la
tutela del Seminario y pasan, de ordinario, a servir a una parroquia
bajo la guía de un párroco. La formación, empero, no termina; cambia
de sitio y de estilo, pero es siempre la misma formación sacerdotal,
que ahora llamamos “formación permanente”. Los señores párrocos son
ahora sus formadores; son los responsables ante Dios, ante la Iglesia
y ante el Obispo de proseguir la formación de sus hermanos menores. No
es legítimo atribuir, sin más, las posibles deficiencias a la
formación del Seminario. El párroco debe asumir la responsabilidad de
la formación permanente del hermano recién egresado y aprendiz,
digamos, del arte y oficio del sacerdocio ministerial. El seminario
pone los fundamentos, pero la edificación debe continuar. Compartir la
oración, la liturgia de las horas, la casa parroquial, la mesa, los
proyectos y tareas pastorales es condición indispensable para la forja
de santos pastores, como los merece el Pueblo de Dios. Ingresar al
presbiterio, es formar parte de una nueva familia sacramental, cuyo
origen no es la carne ni la sangre, sino la fuerza del Espíritu. Por
eso, agradezco a los hermanos presbíteros mayores el haber venido a
recibir a sus nuevos hermanos y a los recién ordenados les pido
docilidad para seguir aprendiendo y dejarse ayudar.
Ahora voy a
detenerme brevemente en dos signos particularmente expresivos de la
dignidad y oficio sacerdotal: La unción de las manos y el
revestimiento de los ornamentos sacerdotales.
El
cristiano es ungido en el pecho y en la frente durante su bautismo y
en el sacramento de la confirmación. Queda así incorporado al triple
ministerio de Cristo sacerdote profeta y rey, y convertido en morada
del Espíritu Santo. En la ordenación sacerdotal el Obispo invoca sobre
el candidato al Espíritu de santidad, le impone las manos y después se
las unge con el santo crisma. La unción de las manos baja del cielo,
como el Espíritu, desde la mano poderosa de Dios Padre, pasando por
las manos traspasadas del Crucificado, por mediación de las manos del
Obispo, sucesor de los Apóstoles. Este signo era de tal modo subrayado
en el ritual anterior de la Unción de los enfermos que, cuando se
confería este sacramento al presbítero, las manos le eran ungidas sólo
en el exterior, no en el interior, para significar que la consagración
sacerdotal del crisma perdura hasta la eternidad. Esta es la verdad.
La unción de las manos con el santo crisma es un signo de la Unción
del Santo, que recibimos en el corazón y que nos hace sacerdotes para
siempre. El Obispo aclara el signo diciendo: “Jesucristo, el Señor, a
quien el Padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo, te auxilie para
santificar al pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sacrificio”.
Por eso, las manos ungidas del sacerdote son manos abiertas para dar,
no ávidas para retener; son manos levantadas para bendecir y perdonar,
nunca para condenar; son manos suaves para consolar, no manos duras
para lastimar; son manos abiertas que reciben las ofrendas de los
fieles para ofrecer la Víctima santa sobre el altar y manos juntas
para implorar; son manos generosas para repartir el Pan eucarístico y
manos limpias, alzadas a lo alto, para interceder ante Dios por los
pecadores. Queridos hermanos sacerdotes: ¡Que el perfume del santo
crisma jamás desaparezca de su manos sacerdotales, para que puedan
siempre presentarlas puras ante los ángeles de Dios y darlas a besar
con dignidad al pueblo, que lo hace con fe, respeto y devoción!
El punto de
llegada y la meta alcanzada es lo que da sentido y validez al camino
recorrido. Al término de nuestra vida sacerdotal, la iglesia ora así
al cubrir el féretro del sacerdote con los ornamentos sagrados: “Mira,
Señor, con misericordia a tu siervo que, mientras presidía en tu
nombre la asamblea de los fieles, llevaba estas vestiduras de fiesta;
concédele ahora que, revestido de gloria en tu presencia, te celebre
con tus santos eternamente”. Presidir en nombre de Cristo, in
persona Christi, la asamblea de los fieles, llevar las vestiduras
sagradas para celebrar las fiestas, ser revestido de gloria y tener
parte en la liturgia celeste con todos los santos, son los diversos
pasos del caminar sacerdotal que ahora ustedes inician en el nombre
del Señor. Los santos del cielo que invocamos en las letanías, no son
sólo nuestros intercesores sino que serán nuestra compañía en el
cielo. Será una liturgia gloriosa, porque participarán de la gloria
misma de Dios, de esa que ustedes celebrarán aquí en la tierra y que
entonamos en el canto de los serafines: “Llenos están los cielos y la
tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo”. Cuando en la misa se entona
el “santo” se abre el cielo sobre el altar y el sacerdote, con toda la
comunidad, se asocia a la liturgia del cielo; cuando ustedes celebren
la santa misa, deben vivir y reflejar esta gloria de Dios y dejarse
transformar por ella, como el rostro de Moisés cuando contempló su
gloria en el Horeb, para transfigurar el corazón y la vida de sus
fieles. Esta gloria es el reflejo de la santidad de Dios. Reflejar
esta gloria es ser santo y santificar al pueblo de Dios, haciéndolo
experimentar la gloria del cielo. La parroquia se va configurando a
imagen y semejanza de sus pastores: “Sean imitadores míos, como yo lo
soy de Cristo”, decía san Pablo. La sagrada liturgia es para dar
gloria a Dios y para santificar a su pueblo. No se puede pedir ni
esperar otra cosa de quien recibe el Espíritu de santidad y a quien la
Iglesia confía los tesoros más grandes de la redención de Cristo: el
perdón de los pecados y el Cuerpo y la Sangre del Señor. Por eso,
hermanos neopresbíteros, deben creer en su propio sacerdocio,
“revestirse de Jesucristo” y llevar sus ornamentos con dignidad y
pulcritud, exterior e interior; ellos son signos que reflejan la
gloria de Dios como anticipo de la fiesta de bodas del Cordero que
celebraremos en el cielo.
Doy
nuevamente gracias a Dios por permitirme ser su ministro para regalar
a esta Diócesis los nuevos presbíteros, que serán signos vivientes de
gracia y de bendición para todos. La intercesión y la protección
maternal de nuestra santa Patrona la Virgen de los Dolores nos
acompaña siempre. A Ella, la Madre de nuestro Sumo Sacerdote,
encomendamos la vida santa y el ministerio fecundo de estos nuevos
presbíteros. Gloria y honor a la Santa Trinidad, sean dadas ahora y
por toda la eternidad. Amén.