EN EL BOSQUE
Audio
de la homilía.
Hermanas peregrinas,
hermanas y hermanos en el
Señor:
1. “Te aclamamos, santa
Madre de Dios, porque has dado a luz al Rey que gobierna cielo y
tierra”, a Jesucristo nuestro Salvador. Así inicia la antífona de
entrada de esta celebración en honor de nuestra Madre Santísima,
bajo la advocación de la Virgen del Carmen. En la oración nos invita
la Iglesia a pedir a la Virgen que “nos proteja siempre con su
maternal intercesión y nos haga conocer y amar a su Hijo
Jesucristo”. Esto es lo estamos suplicando, esto es lo que estamos
buscando en esta peregrinación: conocer y amar a su Hijo bendito,
Jesucristo nuestro Señor.
2. En el santo evangelio
que escuchamos, tenemos un momento privilegiado de la vida de Jesús.
En la intimidad de su corazón, pero frente a la multitud que lo
seguía, de modo inusitado en él -que siempre oraba en la cumbre de
un monte y en la soledad de la noche-, “Jesús exclamó: ¡Te doy
gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido
estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente
sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien!”
Hermanas y hermanos, ¡qué maravillosa oración! ¡Qué maravillosa
revelación! ¡Qué maravillosa gracia para todos nosotros! Al Padre y
Señor del cielo y de la tierra, le ha parecido bien que Jesús haya
escogido a la gente sencilla para manifestarle su santa voluntad,
para formar su Iglesia, para anunciar su Evangelio, para ser sus
discípulos y misioneros. ¡Qué maravillosa pedagogía la de Dios, que
ojalá logremos comprender y, sobre todo, agradecer! ¡Jesús escoge a
los sencillos para manifestarles sus secretos, su salvación, sus
misterios, su voluntad! Esto nadie lo ha hecho, ni lo puede hacer.
Sólo Jesús, por voluntad del Padre del cielo. ¡Grandes y misteriosos
son los juicios de Dios!
3. Que esto sea verdad, lo
demuestra su propia Madre, la Virgen María. Esa elección de los
pobres y sencillos es lo que Ella canta en su Magnificat:
“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en
Dios, mi Salvador, porque ha mirado la pequeñez de su sierva; porque
el Todopoderoso ha hecho cosas grandes en mí; su nombre es santo y
su misericordia llega de generación en generación”. ¡Qué
maravilla de cántico, qué maravilla de oración, qué alegría de
María, qué gozo en el Señor, su Salvador! Todo, porque el
Todopoderoso, ha mirado la humildad de María, la sierva pobre del
Señor. María santísima demuestra que lo que Jesús ora proclama y
ofrece, es verdad. La vida de María santísima es el evangelio de su
Hijo hecho vida y hecho realidad. La vida de María es el mejor
comentario del Evangelio de Jesús. Por eso, María santísima será
siempre nuestra pedagoga, nuestra maestra en la fe. Mientras
tengamos ante nuestros ojos la imagen y el ejemplo de María, vamos
por buen camino. De la mano de María llegamos a Jesús. Como ustedes
lo saben muy bien, a María santísima la encontramos junto a su Hijo,
al cuidado del apóstol san Juan, rodeada en oración de todos los
Apóstoles implorando al Espíritu Santo, en una palabra, a María la
encontramos en la Iglesia católica, la casa de María y nuestra
propia casa, como lo pidió la Virgen de Guadalupe a Juan Diego en el
Tepeyac.
4. Hermanas peregrinas, las
invito a aumentar su alegría, a llenar de gozo su corazón su vida y
su familia, a ejemplo de María, por el gozo de la fe católica, por
la alegría de conocer a Jesucristo y de pertenecer a su Iglesia, que
es casa de los pobres y sencillos, escuela de fraternidad, morada
del Espíritu santo y esperanza de salvación. A ninguna de ustedes se
escapa la dura realidad que estamos viviendo. En estos momentos, “el
rico tesoro de la fe en Dios corre el riesgo de seguir erosionándose
y diluyéndose de manera creciente en diversos sectores de la
población”. Ustedes lo habrán experimentado en su propia familia o
con sus vecinos. “Hoy se plantea elegir entre caminos que conducen a
la vida o caminos que conducen a la muerte (Cf Dt 30, 15). Caminos
de muerte son los que llevan a dilapidar los bienes recibidos de
Dios a través de los que nos precedieron en la fe. Son caminos que
trazan una cultura sin Dios y sin sus mandamientos o incluso contra
Dios, animada por los ídolos del poder, la riqueza o el placer
efímero, la cual termina siendo una cultura contra el ser humano y
contra el pueblo” (Aparecida, No. 13), como lo estamos viendo y
ustedes y sus familias sufriendo todos los días.
5. Hermanas peregrinas, la
santa Iglesia católica, les ofrece “caminos de vida verdadera y
plena para todos, caminos de vida eterna, y que son aquellos
abiertos por la fe que conducen a la plenitud de la vida que Cristo
nos ha traído: con esta vida divina se desarrolla también la
plenitud de la existencia humana, en su dimensión personal, familiar
y cultural. Esa es la vida que Dios nos participa por su amor
gratuito, porque “Él es el Amor que da la vida” (Ibid. No. 13).
Quien ha encontrado a Jesucristo en la santa Iglesia, ha encontrado
el “tesoro escondido” que nos llena de alegría, como María, y así
experimentamos la gratitud y el gozo de ser cristianos, de formar
una familia cristiana, de pertenecer a la Iglesia de Cristo. Este es
el tesoro, la riqueza que la Iglesia ofrece a todos los pueblos y a
todos los hombres: Jesucristo Nuestro Señor. No tengan miedo a
Cristo. En él encontramos al Dios verdadero, en él encontramos a
Dios que es Amor, en él encontramos la esperanza que nos salva, en
él encontramos la vida duradera, en él encontramos la verdadera
felicidad, como la encontró María, para que con Ella podamos decir
todos los días de nuestra vida: “Mi alma glorifica al Señor y mi
espíritu se llena de gozo en Dios, mi Salvador”, y que, por medio de
ustedes, la misericordia del Señor llague a su familia, pase a sus
hijos y nietos, “de generación en generación” hasta la eternidad.
Que así sea.