"Turris fortissima nomen Domini ad ipsam cucurrit iustus, et exaltabitur"

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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

DURANTE LA MISA DE ORDENACIÓN DE DIÁCONOS

Santiago de Querétaro, Qro.,

16 de noviembre de 2006

 

 

Hermanos presbíteros

Hermanos diáconos

Consagrados y consagradas

Fieles cristianos laicos: 

 

1. “Los diáconos son ordenados mediante la imposición de las manos heredada de los Apóstoles, para desempeñar eficazmente su ministerio por la gracia sacramental. Por eso, ya desde la primitiva época de los Apóstoles, la Iglesia católica ha tenido en gran honor el sagrado Orden del diaconado”(Cfr. Pablo VI, Sacrum Diaconatus Ordinem, 18-VI,58).

2. “Es oficio propio del diácono, según le fuere asignado por la autoridad competente, administrar solemnemente el Bautismo, reservar y distribuir la Eucaristía, asistir al Matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el Viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y la oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir el rito de los funerales y la sepultura. Dedicados a los oficios de la Caridad y de la administración, recuerden los diáconos el aviso del bienaventurado Policarpo: Compasivo, diligentes, actuando según la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos” (Cfr. Concilio Vat. II, LG, n. 29). Así se expresa la santa Iglesia respecto al misterio que estamos celebrando en beneficio no sólo de estos once hermanos nuestros, sino de toda la Iglesia, en especial de nuestra Diócesis. Por esta razón, nuestro primer sentimiento es de gratitud a Dios, que nos ha hecho exclamar: Te damos gracias, Señor. 

3. Diácono significa servidor. El primer diácono en la economía del Nuevo Testamento es el mismo Jesucristo, quien no vino a ser servido sino a servir y a entregar su vida por todos. De esta diaconía o servicio de Cristo, brota todo el ministerio en la Iglesia. San Pablo se considera siervo de Dios para el anuncio del Evangelio de Cristo (1 Cor 3,5) y de los hombres (Rm 15,25). En la Iglesia todos somos diáconos, servidores unos de otros. Pero es necesario, como lo vieron los Apóstoles, destinar a unos hombres en particular para garantizar este servicio en la comunidad organizada. Los Apóstoles eligieron a siete varones para el servicio de los pobres de la comunidad naciente. La Iglesia recogió este ministerio diaconal y lo interpretó como el grado inferior de la  jerarquía, (de aquellos) que reciben la imposición de las manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio (LG. 29), es decir, el diácono participa del ministerio del Obispo subrayando la representación de Cristo en cuanto siervo, y por eso es llamado para dedicarse al servicio, de modo que anime ese espíritu en la Iglesia. El diácono se ordena al servicio del Obispo y, por el Obispo, al servicio del presbiterio y de todo el pueblo de Dios. La liturgia lo señala cuando, en el rito de ordenación, el Obispo pregunta a los ordenandos si están dispuestos y quieren desempeñar, con humildad y amor, el ministerio de diáconos como colaboradores del Orden sacerdotal y en bien del pueblo cristiano. La dimensión de servicio en la Iglesia es tan importante y esencial, que la ha querido conservar y garantizar mediante el ministerio y orden diaconal. El diácono, pues, sirve al pueblo de Dios en nombre de Cristo-Siervo y de la Iglesia- Servidora. 

4. Para que ese servicio sea verdaderamente posible tratándose de personas tan frágiles como somos los seres humanos, la Iglesia invoca sobre ellos, en la plegaria de ordenación, El don del Espíritu Santo, para que, fortalecidos con tu gracia de los siete dones, desempeñen con fidelidad su ministerio. Les ofrece el auxilio divino, el Espíritu Santo, en toda su plenitud, con sus siete sagrados dones. Desde luego que esta presencia del Espíritu Santo debe ser alimentada con la vida y ejemplo de Cristo, presente en la santa Eucaristía, que servirán con sus propias manos; además deben conservar y acrecentar el espíritu de oración, tal y como corresponde a su género de vida, y fieles a este espíritu, celebrar la Liturgia de las Horas, junto con el Pueblo de Dios y en beneficio suyo y de todo el mundo. El Pan santo de la Eucaristía, el Pan de la santa Palabra de Dios y el espíritu constante de Oración, serán las energías espirituales que les permitirán mantenerse firmes en la fe y fieles en el servicio encomendado. El diácono queda así habilitado extraordinariamente para el cumplimiento de su misión. Es costumbre de Cristo ofrecer y dar primero en abundancia lo que va a pedir después: Dame lo que pides y pide lo que quieras, oraba San Agustín.

5. Para que este don tan grande quede protegido de la debilidad humana, de la debilidad del espíritu y de la debilidad de la carne, la Iglesia pide al candidato la promesa de la Obediencia y el compromiso del Celibato para toda la vida. Ambas promesas identifican al diácono con Cristo-Siervo en su entrega al Padre, es decir, en su sacrificio en la Cruz. Lo hacen con Cristo víctima agradable al Padre. El Padre aceptó el sacrificio de Cristo porque previamente fue voluntariamente aceptado por el Hijo: no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú. No le agradaron al Padre los sacrificio de la Antigua Ley, pero el Hijo exclamó: Aquí estoy, para hacer tu voluntad, y así se convirtió en el Hijo amado, en quien el Padre tiene todas sus  complacencias. Sin obediencia filial al Padre, de nada hubiera servido la pasión de Cristo. La vida del diácono, y después del presbítero, de nada aprovecharían en orden a la salvación, si no estuvieran marcadas por el sello de la obediencia a ejemplo de Cristo-Siervo-Obediente. 

6. La promesa del celibato sacerdotal, es decir, de abstenerse del uso del matrimonio y del ejercicio de la propia sexualidad, tiene que ver con la entrega que Cristo hizo de la totalidad de su vida, de su cuerpo y de su espíritu, de su humanidad completa, al Padre en el altar de la cruz. Por eso y para eso el Padre dotó a su Hijo eterno, inmortal como él, de un cuerpo mortal, para poder ofrecerlo en sacrificio. El ofrecimiento de Cristo en la cruz comenzó en el misterio de su Encarnación en el seno de María, se continuó durante su vida virgen, casta y sacrificada, culminó en el Calvario y continúa en el altar del cielo con su cuerpo glorificado. El celibato que pide y ofrece la Iglesia a sus ministros ordenados, es el que se acepta por el Reino de Dios. El celibato sacerdotal no es un simple expediente de circunstancia o una medida disciplinaria cualquiera, sino la incorporación y asimilación del cuerpo y del alma, de la persona entera del ministro, a la ofrenda que Cristo hizo al Padre de su cuerpo en la cruz, y que se continúa por toda la eternidad en el altar de la Jerusalén celestial. Es el celibato por el Reino de los cielos, decía Jesús, porque conecta la vida del ministro del Nuevo Testamento –diácono, presbítero, obispo- con la eternidad. Como enseña el Papa Benedicto XVI, Dios es en absoluto la fuente originaria de cada ser; pero este principio creativo de todas las cosas... es, al mismo tiempo, un amante con toda la pasión de un verdadero amor. Así, el eros es sumamente ennoblecido, pero también purificado que se funde con el ágape (Deus caritas est, 10) y adquiere una dimensión divina. El celibato sacerdotal reconoce la soberanía absoluta de Dios en nuestra vida, en nuestro espíritu y en nuestra carne y eleva el amor humano a la altura de Dios. Es, pues, el ministro sagrado un Testigo cualificado del amor de Dios en el mundo.  Es, por tanto, un don que el Esposo, Cristo, regala a su Esposa, la Iglesia, llamándola a las eternas bodas con la voz poderosa de su Espíritu: El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven! Sí, vengo pronto. ¡Ven, Señor Jesús! Siempre que un fiel cristiano ve a un ministro consagrado: diácono, presbítero u obispo, debe sentirse alentado en la esperanza de participar en las Bodas del Cordero en la Jerusalén celestial.  7.

Hermanos diáconos, ustedes serán de ahora en adelante, frente del Pueblo de Dios, Testigos de esta Esperanza. El Pueblo de Dios los quiere hombres de oración, oyentes fieles de la Palabra divina, servidores humildes de todos en particular de los pobres, ministros obedientes y castos. Por ustedes su Obispo, en nombre de toda la comunidad creyente, va a suplicar al Señor, así: Que resplandezca en ellos un estilo de vida evangélica, un amor sincero, solicitud por los pobres y enfermos, una autoridad discreta, una pureza sin tacha y una observancia de su obligaciones espirituales... y que el ejemplo de su vida suscite la imitación del pueblo santo. Ustedes son ordenados diáconos para la edificación, no para la desedificación del pueblo de Dios. Es lo que espera Dios, Cristo, la Iglesia, el pueblo cristiano, sus hermanos presbíteros y su Obispo de ustedes.

8. Acaba, la Iglesia que peregrina en México, de recibir la gracia singular de la canonización de San Rafael Guízar Valencia, quinto Obispo de Veracruz, nacido en estas tierras y misionero de muchas otras, aún en el extranjero. Su amor a la santa Eucaristía, a la Virgen María, al Seminario, a sus Sacerdotes, a los Pobres, su celo por la salvación de las almas como se decía entonces... No sabemos qué más admirar, pero sí sabemos que todo eso debemos imitar. En su vida y ejemplo vemos que eso no es mera utopía, sino esplendorosa realidad con la gracia de Dios. Decía a sus sacerdotes: Ya en el cielo descansaremos, ahora hay que trabajar por la salvación de las almas. Quisiera verlos a todos misioneros del amor de Dios. Y, antes de morir, a la hora de la verdad, exclamaba: Nada le he negado al Señor, le he dado todo cuanto soy y cuanto tengo. Me voy, pero desde el cielo seguiré trabajando y orando por mis sacerdotes, por mi seminario y por todos mis diocesanos. ¡Señor, que desde el cielo siga dando misiones y salvándote muchas almas! Le pedimos a San Rafael Guízar, el Obispo misionero y el Obispo de los pobres, como lo definió el Papa Benedicto, se  realice ese su ardiente deseo en nosotros, humildes ministros del Señor.

 

† Mario De Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

 

 

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