Hermanos presbíteros
Hermanos diáconos
Consagrados y consagradas
Fieles cristianos laicos:
1.
“Los diáconos son ordenados mediante la imposición de las manos heredada
de los Apóstoles, para desempeñar eficazmente su ministerio por la
gracia sacramental. Por eso, ya desde la primitiva época de los
Apóstoles, la Iglesia católica ha tenido en gran honor el sagrado Orden
del diaconado”(Cfr. Pablo VI, Sacrum Diaconatus Ordinem, 18-VI,58).
2.
“Es oficio propio del diácono, según le fuere asignado por la autoridad
competente, administrar solemnemente el Bautismo, reservar y distribuir
la Eucaristía, asistir al Matrimonio y bendecirlo en nombre de la
Iglesia, llevar el Viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a
los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y la
oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir el rito
de los funerales y la sepultura. Dedicados a los oficios de la Caridad y
de la administración, recuerden los diáconos el aviso del bienaventurado
Policarpo: Compasivo, diligentes, actuando según la verdad del Señor,
que se hizo servidor de todos” (Cfr. Concilio Vat.
II, LG, n. 29).
Así se expresa la santa Iglesia respecto al misterio que
estamos celebrando en beneficio no sólo de estos once hermanos nuestros,
sino de toda la Iglesia, en especial de nuestra Diócesis. Por esta
razón, nuestro primer sentimiento es de gratitud a Dios, que nos ha
hecho exclamar: Te damos gracias, Señor.
3.
Diácono significa servidor. El primer diácono en la economía del Nuevo
Testamento es el mismo Jesucristo, quien no vino a ser servido sino a
servir y a entregar su vida por todos. De esta diaconía o
servicio de Cristo, brota todo el ministerio en la Iglesia. San Pablo se
considera siervo de Dios para el anuncio del Evangelio de Cristo (1 Cor
3,5) y de los hombres (Rm 15,25). En la Iglesia todos somos diáconos,
servidores unos de otros. Pero es necesario, como lo vieron los
Apóstoles, destinar a unos hombres en particular para garantizar este
servicio en la comunidad organizada. Los Apóstoles eligieron a siete
varones para el servicio de los pobres de la comunidad naciente. La
Iglesia recogió este ministerio diaconal y lo interpretó como el
grado inferior de la jerarquía, (de aquellos) que reciben la imposición
de las manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio
(LG. 29), es decir, el diácono participa del ministerio del Obispo
subrayando la representación de Cristo en cuanto siervo, y por eso es
llamado para dedicarse al servicio, de modo que anime ese espíritu en la
Iglesia. El diácono se ordena al servicio del Obispo y, por el
Obispo, al servicio del presbiterio y de todo el pueblo de Dios. La
liturgia lo señala cuando, en el rito de ordenación, el Obispo pregunta
a los ordenandos si están dispuestos y quieren desempeñar, con
humildad y amor, el ministerio de diáconos como colaboradores del Orden
sacerdotal y en bien del pueblo cristiano. La dimensión de servicio
en la Iglesia es tan importante y esencial, que la ha querido conservar
y garantizar mediante el ministerio y orden diaconal. El diácono, pues,
sirve al pueblo de Dios en nombre de Cristo-Siervo y de la Iglesia-
Servidora.
4.
Para que ese
servicio sea verdaderamente posible tratándose de personas tan frágiles
como somos los seres humanos, la Iglesia invoca sobre ellos, en la
plegaria de ordenación, El don del Espíritu Santo, para que,
fortalecidos con tu gracia de los siete dones, desempeñen con fidelidad
su ministerio. Les ofrece el auxilio divino, el Espíritu Santo, en
toda su plenitud, con sus siete sagrados dones. Desde luego que esta
presencia del Espíritu Santo debe ser alimentada con la vida y
ejemplo de Cristo, presente en la santa Eucaristía, que servirán
con sus propias manos; además deben conservar y acrecentar el
espíritu de oración, tal y como corresponde a su género de vida, y
fieles a este espíritu, celebrar la Liturgia de las Horas, junto con el
Pueblo de Dios y en beneficio suyo y de todo el mundo. El Pan santo
de la Eucaristía, el Pan de la santa Palabra de Dios y el espíritu
constante de Oración, serán las energías espirituales que les permitirán
mantenerse firmes en la fe y fieles en el servicio encomendado. El
diácono queda así habilitado extraordinariamente para el cumplimiento de
su misión. Es costumbre de Cristo ofrecer y dar primero en abundancia lo
que va a pedir después: Dame lo que pides y pide lo que quieras,
oraba San Agustín.
5.
Para que este don tan grande quede protegido de la debilidad humana, de
la debilidad del espíritu y de la debilidad de la carne, la Iglesia pide
al candidato la promesa de la Obediencia y el compromiso del Celibato
para toda la vida. Ambas promesas identifican al diácono con
Cristo-Siervo en su entrega al Padre, es decir, en su sacrificio en la
Cruz. Lo hacen con Cristo víctima agradable al Padre. El Padre aceptó el
sacrificio de Cristo porque previamente fue voluntariamente aceptado
por el Hijo: no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.
No le agradaron al Padre los sacrificio de la Antigua Ley, pero el Hijo
exclamó: Aquí estoy, para hacer tu voluntad, y así se convirtió
en el Hijo amado, en quien el Padre tiene todas sus
complacencias. Sin obediencia filial al Padre, de nada hubiera
servido la pasión de Cristo. La vida del diácono, y después del
presbítero, de nada aprovecharían en orden a la salvación, si no
estuvieran marcadas por el sello de la obediencia a ejemplo de
Cristo-Siervo-Obediente.
6.
La promesa del celibato sacerdotal, es decir, de abstenerse del uso del
matrimonio y del ejercicio de la propia sexualidad, tiene que ver con la
entrega que Cristo hizo de la totalidad de su vida, de su cuerpo y de su
espíritu, de su humanidad completa, al Padre en el altar de la cruz. Por
eso y para eso el Padre dotó a su Hijo eterno, inmortal como él, de un
cuerpo mortal, para poder ofrecerlo en sacrificio. El ofrecimiento de
Cristo en la cruz comenzó en el misterio de su Encarnación en el seno de
María, se continuó durante su vida virgen, casta y sacrificada, culminó
en el Calvario y continúa en el altar del cielo con su cuerpo
glorificado. El celibato que pide y ofrece la Iglesia a sus ministros
ordenados, es el que se acepta por el Reino de Dios. El celibato
sacerdotal no es un simple expediente de circunstancia o una medida
disciplinaria cualquiera, sino la incorporación y asimilación del cuerpo
y del alma, de la persona entera del ministro, a la ofrenda que Cristo
hizo al Padre de su cuerpo en la cruz, y que se continúa por toda la
eternidad en el altar de la Jerusalén celestial. Es el celibato por
el Reino de los cielos, decía Jesús, porque conecta la vida del
ministro del Nuevo Testamento –diácono, presbítero, obispo- con la
eternidad. Como enseña el Papa Benedicto XVI, Dios es en absoluto la
fuente originaria de cada ser; pero este principio creativo de todas las
cosas... es, al mismo tiempo, un amante con toda la pasión de un
verdadero amor. Así, el eros es sumamente ennoblecido, pero
también purificado que se funde con el ágape (Deus caritas
est, 10) y adquiere una dimensión divina. El celibato sacerdotal
reconoce la soberanía absoluta de Dios en nuestra vida, en nuestro
espíritu y en nuestra carne y eleva el amor humano a la altura de Dios.
Es, pues, el ministro sagrado un Testigo cualificado del amor de Dios en
el mundo. Es, por tanto, un don que el Esposo, Cristo, regala a
su Esposa, la Iglesia, llamándola a las eternas bodas con la voz
poderosa de su Espíritu: El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven! Sí,
vengo pronto. ¡Ven, Señor Jesús! Siempre que un fiel cristiano ve a
un ministro consagrado: diácono, presbítero u obispo, debe sentirse
alentado en la esperanza de participar en las Bodas del Cordero en la
Jerusalén celestial.
7.
Hermanos
diáconos, ustedes serán de ahora en adelante, frente del Pueblo de Dios,
Testigos de esta Esperanza. El Pueblo de Dios los quiere hombres de
oración, oyentes fieles de la Palabra divina, servidores humildes de
todos en particular de los pobres, ministros obedientes y castos. Por
ustedes su Obispo, en nombre de toda la comunidad creyente, va a
suplicar al Señor, así: Que resplandezca en ellos un estilo de vida
evangélica, un amor sincero, solicitud por los pobres y enfermos, una
autoridad discreta, una pureza sin tacha y una observancia de su
obligaciones espirituales... y que el ejemplo de su vida suscite la
imitación del pueblo santo. Ustedes son ordenados diáconos para la
edificación, no para la desedificación del pueblo de Dios. Es lo que
espera Dios, Cristo, la Iglesia, el pueblo cristiano, sus hermanos
presbíteros y su Obispo de ustedes.
8.
Acaba, la Iglesia que peregrina en México, de recibir la gracia singular
de la canonización de San Rafael Guízar Valencia, quinto Obispo de
Veracruz, nacido en estas tierras y misionero de muchas otras, aún en el
extranjero. Su amor a la santa Eucaristía, a la Virgen María, al
Seminario, a sus Sacerdotes, a los Pobres, su celo por la salvación de
las almas como se decía entonces... No sabemos qué más admirar, pero sí
sabemos que todo eso debemos imitar. En su vida y ejemplo vemos que eso
no es mera utopía, sino esplendorosa realidad con la gracia de Dios.
Decía a sus sacerdotes: Ya en el cielo descansaremos, ahora hay que
trabajar por la salvación de las almas. Quisiera verlos a todos
misioneros del amor de Dios. Y, antes de morir, a la hora de la
verdad, exclamaba: Nada le he negado al Señor, le he dado todo cuanto
soy y cuanto tengo. Me voy, pero desde el cielo seguiré trabajando y
orando por mis sacerdotes, por mi seminario y por todos mis diocesanos.
¡Señor, que desde el cielo siga dando misiones y salvándote muchas
almas! Le pedimos a San Rafael Guízar, el Obispo misionero y el
Obispo de los pobres, como lo definió el Papa Benedicto, se realice ese
su ardiente deseo en nosotros, humildes ministros del Señor.
†
Mario De Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro