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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN LA MISA CRISMAL

Santiago de Querétaro, Qro., 19 de Marzo de 2008


MISA CRISMAL

Audio de la homilía

Hermanos en el sacerdocio ministerial,

Hermanas y hermanos en el sacerdocio bautismal: 

1. Como era su costumbre, el sábado entró Jesús a la sinagoga de su pueblo, se le proporcionó el volumen de la sagrada Escritura, lo tomó en sus manos, buscó la lectura del profeta Isaías, lo leyó, enrolló el volumen, lo devolvió al encargado, se sentó y “entonces comenzó a hablar, diciendo: ‘Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que ustedes acaban de oír”. Son siete verbos, siete acciones con las que san Lucas describe el ritual respetuoso seguido por Jesús respecto a las sagradas Escrituras, que anuncian su misión: “llevar la buena nueva a los pobres, anunciar la liberación a los cautivos, la curación a los ciegos, libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”, bajo la acción del Espíritu Santo que se posaba sobre Él. El Espíritu Santo da a Jesús la inteligencia de las Escrituras y la fuerza necesaria para anunciar que la palabra profética llega a su cumplimiento y que él debe realizar la liberación que anuncia. 

2. Cuando fuimos ordenados diáconos, el obispo oró así, imponiendo sus manos sobre nuestras cabezas: “Envía, Señor, sobre él el Espíritu Santo, para que fortalecido con tu gracia de los siete dones, desempeñe con fidelidad su ministerio”; luego, el obispo nos entregó el libro de la Escritura, diciendo: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; esmérate en creer lo que lees, en enseñar lo que crees y en vivir lo que enseñas”. Esta tarea que recibe el diácono perdura en el presbítero, que nunca deja de ser diácono. En el rito de ordenación presbiteral, pregunta el obispo al ordenando: “¿Quieres desempeñar con dignidad y sabiduría el ministerio de la Palabra, en la predicación del Evangelio y la exposición de la fe católica?”; el obispo le impone las manos, le comunica una nueva efusión del Espíritu de santidad y, con el gesto de la unción de las manos, garantiza “la fuerza del Espíritu Santo para santificar a su pueblo y ofrecer a Dios el sacrificio”. En la ordenación episcopal, el ordenado asume la responsabilidad de “anunciar con fidelidad y constancia el Evangelio de Jesucristo” y “establecer la Iglesia en diversos lugares”. Durante la epíclesis, los diáconos han sostenido  sobre la cabeza y las espaldas del consagrando, el libro de los Evangelios abierto, que le es entregado con la tarea de “anunciar el Evangelio y la palabra de Dios con sabiduría y perseverancia”. Estas  promesas y encargos vamos a renovar en esta celebración. 

3. Este año se celebrará en Roma el Sínodo Ordinario de los Obispos, convocado por el papa Benedicto XVI, que versará sobre “La Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia”, y celebramos también el “Año Paulino” para conmemorar el aniversario dos mil del nacimiento del gran predicador del Evangelio y maestro de las naciones, el apóstol san Pablo. El papa Benedicto, en su discurso de inauguración en Aparecida, Brasil, nos dijo a los obispos, respondiendo a la pegunta de ¿cómo podrán nuestros pueblos “conocer realmente a Cristo, cómo podrán seguirlo y tener vida en Él?”, (nos dijo) que “Cristo se nos da a conocer en su persona, en su vida y en su doctrina por medio de la palabra de Dios… Es indispensable el conocimiento profundo de la palabra de Dios. Por eso, hay que educar al pueblo en la lectura y meditación de la palabra de Dios: que ella se convierta en alimento para que, por su propia experiencia, vean que las palabras de Jesús son espíritu y vida (cf. Jn 6, 63). De lo contrario, ¿cómo van a anunciar un mensaje cuyo contenido y espíritu no conocen a fondo? Hemos de fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida en la roca de la palabra de Dios. Para ello, animo a los pastores a darla a conocer” (DI, 3).  

4. Las palabras del santo Padre me animan y quisiera animarlos a ustedes, hermanos presbíteros, a edificar nuestra vida sacerdotal y nuestro servicio pastoral sobre la roca de la palabra de Dios. Para ello fuimos habilitados el día de nuestra ordenación con el don del Espíritu Santo, el mismo que habló por los profetas y por los Apóstoles e inspiró las Santas Escrituras. Es indispensable que reavivemos nuestra fe en la presencia verdadera de Cristo en las Escrituras, pues “ellas son las que dan testimonio de mí” (Jn), decía Jesús. Pero es necesario acercarnos a ellas, primero con humildad y veneración, pues Dios salva “al que se estremece y se humilla ante sus palabras” (Is 66, 2) y las hace objeto de veneración, como la Iglesia venera el cuerpo del Señor en la Eucaristía (cf. DV 21); porque la palabra divina no sólo “es inspirada por Dios y es útil para todo”, sino que “expira o emana a Dios” y es, por tanto, capaz de comunicarnos la vida de Dios, como confesó san Pedro ante Jesús: “Tus palabras dan Vida eterna” (Jn 6, 68, Cf. Aparecida, 101). Esto tiene lugar cuando leemos y meditamos las santas Escrituras “con el mismo Espíritu con que fueron escritas” (DV), bajo la acción poderosa del Espíritu Santo y dentro de gran Tradición y comunión eclesial. Todo acercamiento a la palabra escrita de Dios, para que sea de provecho, tiene que ser “espiritual”, es decir, bajo la acción y guía del Espíritu santo. 

4. El pueblo cristiano tiene hambre de la palabra de Dios. No quieren palabras huecas, “de predicadores vacíos que no las escuchan por dentro” (Cf DV 25), ni discursos altisonantes que generan rechazo y producen ese “gris pragmatismo” que invade nuestra vida católica, como nos dijeron nuestros Pastores en Aparecida (DA 12). El pueblo cristiano está deseoso del alimento sustancioso que sale de la boca de Dios, de su santa palabra que, aunque a veces tenga un sabor amargo como el libro que devoró el profeta Ezequiel, después se convierte en miel sabrosa que alimenta la vida. Si la palabra de Dios es “viva y eficaz” (Hb 4, 12), es actual, no pasa de moda, es capaz de darnos vida, de cambiarla y de comunicarla; de transformar nuestros pueblos que, como los huesos áridos de la visión de Ezequiel, están esperando la orden-palabra de Dios y el soplo del Espíritu que los vivifique y les ordene levantarse.  

5. En esta celebración nuestra Iglesia diocesana recibe una nueva efusión del Espíritu en el signo de los Óleos santos. Nuestra Diócesis es renovada por el Espíritu desde esta iglesia Catedral, para que todos sus miembros, especialmente nosotros los pastores, nos dejemos ungir en nuestros corazones y pensamientos con el óleo del Espíritu, nos convirtamos a la palabra de Dios, la hagamos vida en nuestras acciones y la comuniquemos a los fieles de Dios, que Él ha puesto bajo nuestro cuidado pastoral. Así, nuestros pueblos tendrán vida abundante: los pobres escucharán la buena nueva, los cautivos el anuncio de su liberación, los ciegos su curación, los oprimidos su libertad y, en el “hoy” de Jesucristo, mediante su santa Iglesia, a todos llegará el año de gracia del Señor. Que así sea.

 

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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