"QUE MI BOCA,
SEÑOR, NO DEJE DE ALABARTE"
Hermanas y hermanos:
1.
“Que mi boca, Señor, no deje de alabarte”. Con estas palabras del
salmo responsorial quiero agradecer a Dios sus inmensos beneficios
que, a lo largo de mi vida sacerdotal y de mi ministerio episcopal me
ha concedido, sin merecerlos. Deseo que este año de preparación a mi
jubileo episcopal sea un himno continuo de alabanzas al Señor y, por
eso, he aceptado agradecido la invitación de los presbíteros del
decanato de Amealco y la presencia de ustedes en esta celebración. Si
a mi voz se unen las numerosas voces de ustedes, la alabanza subirá no
sólo con mayor ímpetu sino con mayores méritos a la presencia del
Señor. Qué Él, que nos llamó a todos a la fe católica y a su servidor
al ministerio sacerdotal y servicio episcopal, acepte nuestra humilde
acción de gracias que, por intercesión de la Virgen Inmaculada, de San
Miguel Arcángel, de Santa Lucía virgen y mártir, y por los méritos de
la preciosísima Sangre de Cristo, que brotó de su Corazón traspasado,
elevamos juntos al Padre del cielo.
2.
La santa Palabra de Dios que ha sido proclamada, nos habla de dos
mujeres ancianas y estériles, que colaboraron maravillosamente en la
historia de la salvación y contribuyeron a preparar la venida de
nuestro Señor Jesucristo. Se trata, en el Antiguo Testamento, de la
madre de Sansón, cuyo nombre ignoramos, pero no su fe. A ella se
apareció el ángel del Señor y le anunció que concebiría de su marido,
también anciano, un hijo, “quien comenzaría a salvar a Israel” de la
mano de sus enemigos. Ella, junto con su esposo, consagraron ese hijo
al Señor, le pusieron el nombre de Sansón, Dios lo dotó de fuerza y
“el espíritu del Señor comenzó a manifestarse en él”. Sansón se
convirtió en un fuerte guerrero, que salvó al pueblo de Dios del poder
de sus enemigos. Dios, por medio de esa pareja de esposos creyentes,
aunque ancianos, suscitó un salvador para su pueblo.
3.
La otra pareja se sitúa ya a las puertas del Nuevo Testamento. Se
trata de Zacarías e Isabel, “los dos eran justos a los ojos de Dios,
pues vivían irreprochablemente, cumpliendo los mandamientos y
disposiciones del Señor”, pero no tenían hijos y ambos eran de
avanzada edad. Cuando Zacarías, sacerdote de Jerusalén, “ofrecía el
incienso” en el templo, el ángel del Señor, Gabriel, le da una feliz
noticia: “No temas, Zacarías, porque tu súplica ha sido escuchada.
Isabel, tu mujer, te dará un hijo, a quien pondrás el nombre de Juan”.
Juan Bautista es fruto de la oración constante y confiada de Zacarías
y de su esposa Isabel. Juan el bautista, “lleno del Espíritu Santo…
convertirá a los Israelitas al Señor” y le preparará “un pueblo
dispuesto a recibirle”. Isabel, por su parte, en la intimidad de su
hogar, decía: “Esto es obra del Señor. Por fin se dignó quitar el
oprobio que pesaba sobre mi”. La vida santa de esos esposos, Zacarías
e Isabel, el cumplimiento de los mandamientos de Dios, la celebración
del culto divino en el templo y la oración constante y confiada,
obtuvieron su recompensa en el nacimiento de su hijo Juan, el
Precursor de Cristo, que bautizó al Salvador en el Jordán y lo
presentó al pueblo de Israel como “el Cordero de Dios, el que quita el
pecado del mundo”.
4.
Estas dos parejas de esposos ancianos y humildes, pobres en bienes
materiales pero ricos en fe y confianza en Dios, recibieron la
bendición divina y sus respectivos hijos, Sansón y Juan, contribuyeron
de manera significativa a la salvación de Israel y a preparar el
camino del Salvador. Cuando humanamente nada se podía hacer y esperar
a causa de la ancianidad y la esterilidad, la fuerza de la fe aparece
en todo su esplendor venciendo la debilidad humana: “Para Dios nada
hay imposible”, le explicará el arcángel Gabriel a María cuando le
pida, de parte de Dios, que acepte ser la madre del Mesías, a pesar de
que ella había hecho voto de virginidad. Dios no violenta a nadie,
pero sus caminos son más grandes y sabios que los nuestros. La madre
de Sansón y la madre de Juan Bautista, ancianas y estériles, son un
preanuncio de lo que Dios hará en la joven y virginal madre de Jesús,
a quien nosotros llamamos la Virgen María. En ella, “el Señor hizo
cosas grandes” y “levantó la humildad de su sierva y ahora la llamamos
bienaventurada todas las generaciones”. Ella concibió un hijo por obra
del Espíritu Santo, y bajo la mirada solícita de señor san José, dio a
luz y cuidó a Jesucristo, nuestro Salvador.
5.
Hermanas y hermanos: La familia unida, los esposos fieles y temerosos
de Dios, el matrimonio bendecido por la santa Iglesia, son un regalo
de Dios que la religión católica ha traído a nuestra patria con el
evangelio de Jesucristo. La unión estable de un hombre y una mujer con
la bendición del Altísimo, fecunda en hijos y sostenida por la
comprensión, el perdón y el amor, son un tesoro inmenso que recibimos
de la santa Iglesia católica y que todos debemos cuidar y proteger
contra las agresiones de todos los días y de cada momento en los
medios informativos y en la televisión. Nosotros no nos guiamos por
las películas o por las telenovelas sino por la Palabra de Dios, por
el Evangelio de Jesucristo enseñado por nuestra santa madre la Iglesia
en la doctrina cristiana y el catecismo. Los católicos queremos
ofrecer a la sociedad y a la patria hombres y mujeres sanos, honestos,
generosos en el trabajo y en el sufrimiento, sinceros y leales,
solidarios con los hermanos y hermanas en necesidad, respetuosos de la
dignidad de la mujer y de los más débiles como son los enfermos, los
ancianos y los niños. Respetamos la vida, toda vida, desde sus
comienzos hasta su fin natural. Los católicos no abortamos a los
niños. Estos son los valores humanos y morales que recibimos de
nuestros mayores mediante la Iglesia católica y que buscamos defender
y transmitir a las nuevas generaciones. Éste es nuestro aporte valioso
a la sociedad y a la patria.
6.
Nos duelen especialmente dos heridas muy profundas que llevamos en el
corazón: La situación de los hermanos indígenas y la de los hermanos
migrantes. Dios no es la causa de la marginación ni de la pobreza,
porque ha dado bienes en abundancia para todos. Estas llagas son, en
buena parte, consecuencia de la indolencia, de la demagogia y de la
corrupción reinantes y de la falta de solidaridad cristiana. A los
hermanos indígenas les decimos que respetamos y admiramos sus
costumbres y sus tradiciones que, purificadas y fecundadas por la fe
cristiana, han dado origen a expresiones de fe y de arte que adornan
nuestro entorno nacional y diocesano. Les agradezco su fidelidad y
amor a la santa Iglesia y les digo que tanto su obispo como sus
sacerdotes estamos cerca de ustedes en su lucha diaria por su
superación, para que lleguen a ser “los artífices de su propio
destino”, de un futuro mejor, que requerirá del arduo esfuerzo por
superar el vicio del alcoholismo y la ignorancia. En este intento
cuenten con la simpatía y el acompañamiento solidario de su Iglesia.
Las Hermanas Religiosas, que desde hace mucho tiempo conviven con
ustedes en San Ildefonso, son un signo vivo del amor de la santa
Iglesia. Para ellas un agradecimiento especial ante Dios.
7.
Los hermanos migrantes saben bien que la Iglesia católica,
especialmente sus pastores tanto diocesanos como los de la frontera
norte, estamos cerca de ustedes. Al irse para el Norte no dejan de
formar parte de su familia, ni de su patria, ni mucho menos de su
Iglesia; por eso los juzgamos siempre “nuestros”, oramos por ustedes y
hemos levantado la voz defendiendo sus derechos y su dignidad. En este
campo, lo decimos con orgullo, la Iglesia católica ha sido pionera y
hemos hecho llegar nuestra voz de pastores tanto a las autoridades
nacionales como a las del vecino país del Norte. Lamentamos que a los
migrantes centroamericanos no se dé en nuestra patria el trato que
reclamamos para ustedes. Les pedimos una triple fidelidad: a su
familia, a su patria y a su Iglesia y los invitamos a hacer un
esfuerzo mayor por superarse personalmente y como miembros de la
comunidad hispano-mexicana, de modo que se hagan valer no sólo por su
fuerza de trabajo sino también y más por sus virtudes, por sus
cualidades humanas, por su cultura y por su fe católica. Los
Mandamientos: No matar, no robar, no codiciar la mujer ni los bienes
del prójimo; no mentir, ir a misa el domingo, mantener el santo temor
de Dios y ser gente de bien, serán principios siempre válidos y
necesarios para hacerse respetar y poder prosperar. No podemos exigir
respeto si no respetamos a los demás. Los Mandamientos de la ley de
Dios son el camino seguro para el progreso y la felicidad. Sólo Dios
puede hacernos felices.
8.
“Que mi boca, Señor, no deje de alabarte”. Mi boca no dejará de alabar
al Señor por sus beneficios, si ustedes, hermanas y hermanos, se unen
a mi pobre canto de acción de gracias. Por mi parte, hago mía la
oración del salmista y doy público testimonio ahora, al acercarse el
término de mi ministerio, que “el Señor ha sido para mí un refugio
durante toda mi vida, ha sido como ciudad fortificada y siempre me ha
salvado. Ha sido mi auxilio y mi defensa, y siempre me ha librado de
la mano de los enemigos poderosos. Durante mi juventud el Señor me ha
sostenido. Él me llamó a su servicio y en él he puesto mi esperanza.
Desde el seno materno el Señor ha sido mi apoyo y él me ha sostenido a
lo largo de mis días. Por eso, ante esta gran asamblea, le digo al
Señor: “Tus hazañas, Señor, alabaré, diré a todos que tú eres justo.
Por medio de mis padres me enseñaste a alabarte desde niño y seguir
alabándote es mi orgullo”. Queridos padres de familia, si quieren
hacer un bien grande a sus hijos y a nuestra patria, vivan como
cristianos en la Iglesia católica y trasmitan esa fe a sus hijos. Que
ésta sea la gracia y bendición que el Señor les conceda en esta
Navidad.