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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA

Santiago de Querétaro, Qro., 24 de Febrero de 2008


LA MUJER SAMARITANA

1. La noche de pascua, la vigilia pascual, es fiesta bautismal. En ella se celebran los bautismos solemnes, se bendice el agua lustral y se renuevan las promesas de nuestro bautismo. Lo hacemos así porque, en esa noche, Cristo venció las tinieblas de la muerte y del pecado y resucitó con una nueva vida para Dios. Y también para nosotros. Por el bautismo somos injertados en la Vid verdadera que es Cristo, morimos al pecado y nacimos con Él para Dios. Somos una nueva criatura, hijos adoptivos de Dios en el seno materno de la Iglesia. La Iglesia, nuestra madre, nos engendró para Dios por la fuerza del Espíritu santo en la fuente bautismal, su seno materno. En el seno maternal de la Iglesia fuimos engendrados como hijos de Dios y nuestro destino es el seno de la santa Trinidad. Son los grandes misterios de nuestra fe, a los que los invito a participar en la próxima semana santa. 

2. Este Domingo prepara el misterio que vamos a celebrar bajo el signo de agua. Del agua que calma la sed del hombre. El pueblo de Israel, sediento durante su travesía por el desierto, tiene sed. Clama y reclama a Moisés, pidiendo de beber: ¿Nos sacaste de Egipto para hacernos morir de sed? ¿Está o no está Dios en medio de nosotros? Son los momentos oscuros de la fe, de la salvación. Pero Dios sí está con su pueblo, con Moisés: “Yo estaré contigo, sobre la peña, en Horeb. Golpea la peña y saldrá agua”. Brotó agua de la peña y el pueblo calmó su sed. Calmó su sed, para volver a padecerla después. 

3. La mujer samaritana también tiene sed; viene también a sacar agua, para calmar su sed. Trae su cántaro y su cuerda. Tiene todo para sacar agua y calmar su sed. Pero Dios le depara un hecho insólito, molesto para ella: Un judío, enemigo de su pueblo, se encuentra sentado junto a su pozo, el pozo de Samaría, herencia queridísima del patriarca Jacob que dejó a sus hijos, de los que ella y los samaritanos, se juzgan herederos. Un judío intruso y, además, que se atreve a pedirle de beber. Ella lo rechaza con desdén. Pero ese judío es el Mesías esperado, también por los Samaritanos, aunque ella lo ignora. Se llama Jesús, el Emmanuel, Dios con nosotros. También con los Samaritanos. Por eso Jesús le dice con infinita bondad: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él y él te daría agua viva”… Agua viva, para no volver a tener sed, para acabar con la rutina diaria, agua viva no en un cántaro sino en un manantial, en una fuente, no que escurre a ras de tierra, sino que salta hasta la vida eterna… 

4. La mujer samaritana nunca había oído cosas así y se emociona: “¡Dame de esa agua!” Busca su provecho, pero todavía no entiende el misterio de Dios. Jesús la invita ahora a mirar a su propio corazón, porque allí es donde debe brotar ese manantial de agua viva hasta la eternidad. Su corazón no está preparado, está lleno de fango. Son cinco maridos y ahora vive con quien tampoco es su legítimo marido. El adulterio y la infidelidad, se dice en la Biblia, de los ídolos y de la idolatría, de todo aquello que ocupa el lugar de Dios, a quien rendimos culto de adoración; de quien ponemos en lugar de Dios. Esa mujer samaritana, confiada en su reata y en su cántaro, orgullosa de sus tradiciones caducas, buscadora de felicidad pasajera ¡lleva ya cinco maridos, y no le bastan! Esa mujer samaritana en símbolo de la humanidad, de nosotros, buscadores incansables de la felicidad, con nuestra cuerda y jarro al hombro, con la fatiga diaria a cuestas para sobrevivir, pero ignorando y, a veces, despreciando la fuente de agua viva que brota hasta la vida eterna. Ahora todos nos ofrecen felicidad: comerciantes, políticos, legisladores, mercaderes, catedráticos, comunicadores, curadores y curanderos, todos con su jarro quebradizo y su cuerda al hombro que se vuelve soga mortal.  

5. Hermanas y hermanos: A todos nosotros se nos ofreció en el Bautismo y en la Confirmación esa agua viva que es el Espíritu Santo y que, desde la profundidad de nuestro corazón, es capaz de elevarse y elevarnos hasta la vida eterna. “Bebimos todos de un mismo Espíritu”, dice san Pablo. Todo bebimos del agua del Espíritu Santo en la fuente de bautismo y en la Confirmación, y ahora nos alimentamos con el Pan de vida eterna, el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Este “Don de Dios” ya lo tenemos aquí; es nuestro, está ya esa vida presente en nosotros, aunque todavía no aparece en toda su belleza y plenitud. Este don de Dios se nos ofrece en la Semana mayor, en la santa Pascua. 

6. Este don de Dios se alimenta rindiéndole  culto “en espíritu y en verdad”, dejando nuestras supersticiones, falsas creencias y viciosas tradiciones; asistiendo a la misa del domingo, celebrando los sagrados misterios de nuestra fe y, como la Samaritana, diciendo a nuestros parientes, hermanos y vecinos que hemos encontrado la salvación y la felicidad en la persona de Jesús, presente en la santa Iglesia. Del encuentro con Jesucristo la mujer samaritana salió llena de vida, de gozo y de felicidad y se convirtió en “misionera” al decir a sus paisanos: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Mesías?”. Ellos vinieron, vieron y escucharon a Jesús y “le rogaron que se quedara con ellos” pues lo reconocieron como “el Salvador del mundo”. 

7. Hermanas y hermanos: Sólo Dios salva. Nadie, fuera de Jesús, nos puede salvar. Nosotros tenemos en la santa Iglesia católica y aquí, en estos misterios santos, al Salvador del mundo. Invitémoslo a que se quede con nosotros y nos dé del agua viva que brotó de su costado abierto para llegar con él a la vida eterna”. Digámosle de corazón: Jesús, Salvador del mundo, ¡Sálvanos!

 

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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