LA MUJER SAMARITANA
1. La noche de pascua, la vigilia pascual, es fiesta bautismal. En
ella se celebran los bautismos solemnes, se bendice el agua lustral
y se renuevan las promesas de nuestro bautismo. Lo hacemos así
porque, en esa noche, Cristo venció las tinieblas de la muerte y del
pecado y resucitó con una nueva vida para Dios. Y también para
nosotros. Por el bautismo somos injertados en la Vid verdadera que
es Cristo, morimos al pecado y nacimos con Él para Dios. Somos una
nueva criatura, hijos adoptivos de Dios en el seno materno de la
Iglesia. La Iglesia, nuestra madre, nos engendró para Dios por la
fuerza del Espíritu santo en la fuente bautismal, su seno materno.
En el seno maternal de la Iglesia fuimos engendrados como hijos de
Dios y nuestro destino es el seno de la santa Trinidad. Son los
grandes misterios de nuestra fe, a los que los invito a participar
en la próxima semana santa.
2. Este Domingo prepara el misterio que vamos a celebrar bajo el
signo de agua. Del agua que calma la sed del hombre. El pueblo de
Israel, sediento durante su travesía por el desierto, tiene sed.
Clama y reclama a Moisés, pidiendo de beber: ¿Nos sacaste de Egipto
para hacernos morir de sed? ¿Está o no está Dios en medio de
nosotros? Son los momentos oscuros de la fe, de la salvación. Pero
Dios sí está con su pueblo, con Moisés: “Yo estaré contigo, sobre la
peña, en Horeb. Golpea la peña y saldrá agua”. Brotó agua de la peña
y el pueblo calmó su sed. Calmó su sed, para volver a padecerla
después.
3. La mujer samaritana también tiene sed; viene también a sacar
agua, para calmar su sed. Trae su cántaro y su cuerda. Tiene todo
para sacar agua y calmar su sed. Pero Dios le depara un hecho
insólito, molesto para ella: Un judío, enemigo de su pueblo, se
encuentra sentado junto a su pozo, el pozo de Samaría, herencia
queridísima del patriarca Jacob que dejó a sus hijos, de los que
ella y los samaritanos, se juzgan herederos. Un judío intruso y,
además, que se atreve a pedirle de beber. Ella lo rechaza con
desdén. Pero ese judío es el Mesías esperado, también por los
Samaritanos, aunque ella lo ignora. Se llama Jesús, el Emmanuel,
Dios con nosotros. También con los Samaritanos. Por eso Jesús le
dice con infinita bondad: “Si conocieras el don de Dios y quién es
el que te pide de beber, tú le pedirías a él y él te daría agua
viva”… Agua viva, para no volver a tener sed, para acabar con la
rutina diaria, agua viva no en un cántaro sino en un manantial, en
una fuente, no que escurre a ras de tierra, sino que salta hasta la
vida eterna…
4. La mujer samaritana nunca había oído cosas así y se emociona:
“¡Dame de esa agua!” Busca su provecho, pero todavía no entiende el
misterio de Dios. Jesús la invita ahora a mirar a su propio corazón,
porque allí es donde debe brotar ese manantial de agua viva hasta la
eternidad. Su corazón no está preparado, está lleno de fango. Son
cinco maridos y ahora vive con quien tampoco es su legítimo marido.
El adulterio y la infidelidad, se dice en la Biblia, de los ídolos y
de la idolatría, de todo aquello que ocupa el lugar de Dios, a quien
rendimos culto de adoración; de quien ponemos en lugar de Dios. Esa
mujer samaritana, confiada en su reata y en su cántaro, orgullosa de
sus tradiciones caducas, buscadora de felicidad pasajera ¡lleva ya
cinco maridos, y no le bastan! Esa mujer samaritana en símbolo de la
humanidad, de nosotros, buscadores incansables de la felicidad, con
nuestra cuerda y jarro al hombro, con la fatiga diaria a cuestas
para sobrevivir, pero ignorando y, a veces, despreciando la fuente
de agua viva que brota hasta la vida eterna. Ahora todos nos ofrecen
felicidad: comerciantes, políticos, legisladores, mercaderes,
catedráticos, comunicadores, curadores y curanderos, todos con su
jarro quebradizo y su cuerda al hombro que se vuelve soga mortal.
5. Hermanas y hermanos: A todos nosotros se nos ofreció en el
Bautismo y en la Confirmación esa agua viva que es el Espíritu Santo
y que, desde la profundidad de nuestro corazón, es capaz de elevarse
y elevarnos hasta la vida eterna. “Bebimos todos de un mismo
Espíritu”, dice san Pablo. Todo bebimos del agua del Espíritu Santo
en la fuente de bautismo y en la Confirmación, y ahora nos
alimentamos con el Pan de vida eterna, el Cuerpo y la Sangre de
Cristo. Este “Don de Dios” ya lo tenemos aquí; es nuestro, está ya
esa vida presente en nosotros, aunque todavía no aparece en toda su
belleza y plenitud. Este don de Dios se nos ofrece en la Semana
mayor, en la santa Pascua.
6. Este don de Dios se alimenta rindiéndole culto “en espíritu y en
verdad”, dejando nuestras supersticiones, falsas creencias y
viciosas tradiciones; asistiendo a la misa del domingo, celebrando
los sagrados misterios de nuestra fe y, como la Samaritana, diciendo
a nuestros parientes, hermanos y vecinos que hemos encontrado la
salvación y la felicidad en la persona de Jesús, presente en la
santa Iglesia. Del encuentro con Jesucristo la mujer samaritana
salió llena de vida, de gozo y de felicidad y se convirtió en
“misionera” al decir a sus paisanos: “Vengan a ver a un hombre que
me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Mesías?”. Ellos
vinieron, vieron y escucharon a Jesús y “le rogaron que se quedara
con ellos” pues lo reconocieron como “el Salvador del mundo”.
7. Hermanas y hermanos: Sólo Dios salva. Nadie, fuera de Jesús, nos
puede salvar. Nosotros tenemos en la santa Iglesia católica y aquí,
en estos misterios santos, al Salvador del mundo. Invitémoslo a que
se quede con nosotros y nos dé del agua viva que brotó de su costado
abierto para llegar con él a la vida eterna”. Digámosle de corazón:
Jesús, Salvador del mundo, ¡Sálvanos!