"Turris fortissima nomen Domini ad ipsam cucurrit iustus, et exaltabitur"

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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

DURANTE LA MISA DE LA FIESTA DE SAN JUAN BAUTISTA

 

San Juan del Río, Qro., 24 de Junio de 2006

 

 

 

Queridos hermanos presbíteros,

Queridos hermanos y hermanas consagrados y consagradas,

Queridos hermanos y hermanas en la fe católica,

1. Hoy el Padre del cielo, por su infinita misericordia, nos permite clausurar este tiempo jubilar dedicado a la veneración y meditación de las virtudes y ejemplos de nuestro santo Patrono el Precursor del Señor quien, desde hace 475 años vio nacer esta ciudad y cuida de la fe de sus pobladores. San Juan Bautista nos ha hecho experimentar a nosotros y a nuestros mayores cómo Dios verdaderamente “ha visitado y redimido a su pueblo”, catequesis que desarrollé ampliamente durante mi Visita pastoral.

2. Clausuramos este año jubilar, como tiempo especial de gracia; pero la gracia de Dios continúa, como prosigue vivo entre nosotros el eco de la voz sonora y el ejemplo vigoroso de nuestro santo Patrono. San Juan Bautista debe seguir predicando, anunciando al Salvador, y todos nosotros y las nuevas generaciones debemos continuar escuchando atentamente su voz.

3. “Para ganar la indulgencia plenaria, además de la exclusión de todo afecto de pecado, incluso venial, se requiere llevar a la práctica la obra enriquecida con la indulgencia y el cumplimiento de tres condiciones, que son: la confesión sacramental, la comunión eucarística y la oración por las intenciones del Sumo Pontífice” (Enchirid., No 23), nos señala la santa Madre Iglesia.

4.  La ubicación litúrgica de esta solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista es significativa: viene después de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y antes de la solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. La pedagogía de la Iglesia nos hace, por una parte, mirar el Corazón traspasado de Jesús y beber de esa “Fuente de salvación” las gracias que necesitamos y que Juan Bautista anunció  con voz sonora en el desierto: “Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos”, porque el agua sólo puede llegar hasta nosotros, si quitamos los diques y malezas que le impiden correr. Por otra parte, nos señala también el camino que debe recorrer esa fuente de salvación para llegar a nosotros: Ese camino es la Iglesia, cuyos Apóstoles Pedro y Pablo son los exponentes preclaros de la fe y las columnas que sostienen la verdad del Evangelio. Pedro con sus llaves, —la autoridad—, y Pablo con su palabra, —la verdad—, nos guían hacia la plenitud de la salvación. Esto quiere simplemente decir que la fe y el amor de Cristo son la fuente, y Pedro y los Apóstoles, ambos mediante sus sucesores el Papa y los Obispos, nos conducen hacia ese manantial de vida y salud que brotó del corazón del Salvador. La santa Iglesia es el signo vivo y el instrumento operante de la salvación de Dios. Donde está Pedro, está la Iglesia. Donde está el Obispo, está la Iglesia. Ella es el Cuerpo de Cristo que llega hasta nosotros y nos ofrece la salvación. Siempre será verdad el enunciado de san Cipriano: “No puede tener a Dios por Padre, quien no tenga a la Iglesia por Madre”. Por eso, los creyentes solemos hablar con respeto y cariño de nuestra “Santa Madre la Iglesia”.

 5. Para ganar la indulgencia la Iglesia nos pide “orar por las intenciones del Papa” y por las necesidades de la santa Iglesia, no simplemente como un requisito externo, sino como una condición indispensable exigida por la misma gracia que pedimos, pues, sin la comunión con Pedro, sin la comunión con el Obispo y sin la comunión con todos los miembros de la Iglesia, la salvación de Jesús no llega hasta nosotros. Nadie se salva a solas o según su propio gusto o parecer, sino entrando en comunión jerárquica mediante la fe, la obediencia y la caridad eclesial. Cuando hablamos de “orar por las intenciones del Papa”, queremos decir que las hacemos nuestras, que nos sumamos a ellas y que, en lo que de nosotros depende, participaremos en su realización, porque la fe sin obras es vana.

6. Hermanas y hermanos, quiero que entendamos bien: Somos Iglesia, Cuerpo de Cristo, y debemos de vivir como miembros unos de otros. No podemos seguir ignorándonos ni ignorar a nadie. Un ejemplo muy claro de esta solidaridad, tratándose de la próxima solemnidad de san Pedro y san Pablo, es lo que llamamos el Óbolo de San Pedro, o sea, la aportación personal en dinero que los fieles católicos ofrecen al Papa para que él ejerza, en nombre de toda la Iglesia, la caridad en el mundo. La Iglesia de Roma se llamó “la que preside en la caridad” a todas las demás iglesias. Era famosa por su caridad. El año pasado el Papa distribuyó casi 22 millones de dólares para obras misioneras, humanitarias, de promoción social, de salud (el 27% de los enfermos de Sida del mundo los atiende la Iglesia), desastres, inundaciones etcétera. México aportó 770 mil dólares que, repartidos entre  los millones de católicos, la contribución es mínima. En porcentajes menores anda nuestra diócesis, y lo digo con rubor. Cuando la Iglesia nos invita a orar por el Papa, por sus intenciones, y cuando nosotros queremos que venga el Papa y gritamos ¡Viva el Papa!, hacemos bien; pero para que todo esto adquiera plena autenticidad y verdad, tenemos que acompañarlo con la ayuda libre y generosa al Papa. El servicio que el Papa presta al mundo y el tesoro espiritual que la Iglesia derrama sobre la humanidad y sobre esta parroquia, por ejemplo durante este jubileo, deberá de ser acompañado con nuestra ayuda generosa al Papa. En cada comunidad, el párroco es el responsable de facilitar y enseñar a los fieles a que cumplan con alegría este grato y sagrado deber.

7. Todos deberíamos de sentirnos orgullosos de participar, como aquellos fieles de Macedonia que, según nos relata san Pablo, aunque sumidos en la pobreza, no quisieron quedar exentos de la ayuda a la Iglesia Madre de Jerusalén y participaron generosamente, como ellos llamaron a la colecta, en “la gracia” de Dios. Sí hermanos, es una gracia el poder compartir con los demás los bienes que el Creador nos ha dado en bien de los hermanos necesitados. La generosidad y la gratuidad son virtudes cristianas que estamos perdiendo. Gratis Jesucristo nos salvó y generosamente nos redimió. Generosidad y gratitud nos vienen de Jesucristo. Nos lo acaba de recordar hermosamente el Papa Benedicto en su encíclica “Dios es amor”. Cada diócesis y cada parroquia debe ser, como nos enseñó el recordado Papa Juan Pablo II, “el lugar donde los pobres se sientan en su casa” y para todos “una escuela de caridad”, de amor y generosidad.

8. San Juan Bautista nos indica el corazón de Cristo y nos dice: “Este es el cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”: Él es la fuente de la gracia y de la salvación; y nos dice también, señalando en la dirección de San Pedro y San Pablo, que la Iglesia es la depositaria de esa salvación. Es a Ella a quien debemos recurrir y obedecer para ser discípulos de Jesucristo, de quien él es humilde Precursor.

9. La gracia del tiempo jubilar que la santa Madre Iglesia les ha concedido, así como la gracia de haber sido elevado este templo mariano a la dignidad de “santuario diocesano”, los empeña a una mayor fidelidad hacia Jesucristo, hacia el Papa, hacia su Obispo, hacia su Seminario, hacia su Iglesia diocesana y hacia los hermanos más pobres y necesitados, incluyendo los amplios horizontes que diseñó Jesucristo: el mundo entero. Si el corazón del católico no abarca el mundo entero, quiere decir que todavía no lo es. El corazón de Juan el Bautista exclamó: “Es necesario que Él, Cristo, crezca y que yo disminuya”. Lo decía porque él era grande, “el más grande nacido de mujer”. Tratándose de nosotros es a la inversa: Viendo nuestra pequeñez, debemos esforzarnos por crecer, no hasta la estatura de nuestro egoísmo, sino “hasta la estatura de Cristo” y hasta la amplitud y largueza de su Corazón. Sólo con un corazón como el de Cristo podremos edificar juntos una Iglesia hermosa, “morada del Espíritu”, “sin mancha ni arruga”, anticipo de la Jerusalén celestial, en la que todos celebraremos las bodas del Cordero, a quien Juan señaló con su mano, siguió con su vida e imitó con el testimonio supremo de su sangre.   

Mario De Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

 

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