Queridos
hermanos presbíteros,
Queridos
hermanos y hermanas consagrados y consagradas,
Queridos
hermanos y hermanas en la fe católica,
1. Hoy el
Padre del cielo, por su infinita misericordia, nos permite clausurar
este tiempo jubilar dedicado a la veneración y meditación de las
virtudes y ejemplos de nuestro santo Patrono el Precursor del Señor
quien, desde hace 475 años vio nacer esta ciudad y cuida de la fe de
sus pobladores. San Juan Bautista nos ha hecho experimentar a nosotros
y a nuestros mayores cómo Dios verdaderamente “ha visitado y redimido
a su pueblo”, catequesis que desarrollé ampliamente durante mi Visita
pastoral.
2.
Clausuramos este año jubilar, como tiempo especial de gracia; pero la
gracia de Dios continúa, como prosigue vivo entre nosotros el eco de
la voz sonora y el ejemplo vigoroso de nuestro santo Patrono. San Juan
Bautista debe seguir predicando, anunciando al Salvador, y todos
nosotros y las nuevas generaciones debemos continuar escuchando
atentamente su voz.
3.
“Para ganar la indulgencia plenaria, además de la exclusión de todo
afecto de pecado, incluso venial, se requiere llevar a la práctica la
obra enriquecida con la indulgencia y el cumplimiento de tres
condiciones, que son: la confesión sacramental, la comunión
eucarística y la oración por las intenciones del Sumo Pontífice”
(Enchirid., No 23), nos señala la santa Madre Iglesia.
4. La
ubicación litúrgica de esta solemnidad del Nacimiento de San Juan
Bautista es significativa: viene después de la solemnidad del Sagrado
Corazón de Jesús y antes de la solemnidad de los Santos Apóstoles
Pedro y Pablo. La pedagogía de la Iglesia nos hace, por una parte,
mirar el Corazón traspasado de Jesús y beber de esa “Fuente de
salvación” las gracias que necesitamos y que Juan Bautista anunció
con voz sonora en el desierto: “Preparen el camino del Señor, hagan
rectos sus senderos”, porque el agua sólo puede llegar hasta nosotros,
si quitamos los diques y malezas que le impiden correr. Por otra
parte, nos señala también el camino que debe recorrer esa fuente de
salvación para llegar a nosotros: Ese camino es la Iglesia, cuyos
Apóstoles Pedro y Pablo son los exponentes preclaros de la fe y las
columnas que sostienen la verdad del Evangelio. Pedro con sus llaves,
—la autoridad—, y Pablo con su palabra, —la verdad—, nos guían hacia
la plenitud de la salvación. Esto quiere simplemente decir que la fe y
el amor de Cristo son la fuente, y Pedro y los Apóstoles, ambos
mediante sus sucesores el Papa y los Obispos, nos conducen hacia ese
manantial de vida y salud que brotó del corazón del Salvador. La santa
Iglesia es el signo vivo y el instrumento operante de la salvación de
Dios. Donde está Pedro, está la Iglesia. Donde está el Obispo, está la
Iglesia. Ella es el Cuerpo de Cristo que llega hasta nosotros y nos
ofrece la salvación. Siempre será verdad el enunciado de san Cipriano:
“No puede tener a Dios por Padre, quien no tenga a la Iglesia por
Madre”. Por eso, los creyentes solemos hablar con respeto y cariño de
nuestra “Santa Madre la Iglesia”.
5. Para
ganar la indulgencia la Iglesia nos pide “orar por las intenciones del
Papa” y por las necesidades de la santa Iglesia, no simplemente como
un requisito externo, sino como una condición indispensable exigida
por la misma gracia que pedimos, pues, sin la comunión con Pedro, sin
la comunión con el Obispo y sin la comunión con todos los miembros de
la Iglesia, la salvación de Jesús no llega hasta nosotros. Nadie se
salva a solas o según su propio gusto o parecer, sino entrando en
comunión jerárquica mediante la fe, la obediencia y la caridad
eclesial. Cuando hablamos de “orar por las intenciones del Papa”,
queremos decir que las hacemos nuestras, que nos sumamos a ellas y
que, en lo que de nosotros depende, participaremos en su realización,
porque la fe sin obras es vana.
6. Hermanas
y hermanos, quiero que entendamos bien: Somos Iglesia, Cuerpo de
Cristo, y debemos de vivir como miembros unos de otros. No podemos
seguir ignorándonos ni ignorar a nadie. Un ejemplo muy claro de esta
solidaridad, tratándose de la próxima solemnidad de san Pedro y san
Pablo, es lo que llamamos el Óbolo de San Pedro, o sea, la aportación
personal en dinero que los fieles católicos ofrecen al Papa para que
él ejerza, en nombre de toda la Iglesia, la caridad en el mundo. La
Iglesia de Roma se llamó “la que preside en la caridad” a todas las
demás iglesias. Era famosa por su caridad. El año pasado el Papa
distribuyó casi 22 millones de dólares para obras misioneras,
humanitarias, de promoción social, de salud (el 27% de los enfermos de
Sida del mundo los atiende la Iglesia), desastres, inundaciones
etcétera. México aportó 770 mil dólares que, repartidos entre los
millones de católicos, la contribución es mínima. En porcentajes
menores anda nuestra diócesis, y lo digo con rubor. Cuando la Iglesia
nos invita a orar por el Papa, por sus intenciones, y cuando nosotros
queremos que venga el Papa y gritamos ¡Viva el Papa!, hacemos bien;
pero para que todo esto adquiera plena autenticidad y verdad, tenemos
que acompañarlo con la ayuda libre y generosa al Papa. El servicio que
el Papa presta al mundo y el tesoro espiritual que la Iglesia derrama
sobre la humanidad y sobre esta parroquia, por ejemplo durante este
jubileo, deberá de ser acompañado con nuestra ayuda generosa al Papa.
En cada comunidad, el párroco es el responsable de facilitar y enseñar
a los fieles a que cumplan con alegría este grato y sagrado deber.
7. Todos
deberíamos de sentirnos orgullosos de participar, como aquellos fieles
de Macedonia que, según nos relata san Pablo, aunque sumidos en la
pobreza, no quisieron quedar exentos de la ayuda a la Iglesia Madre de
Jerusalén y participaron generosamente, como ellos llamaron a la
colecta, en “la gracia” de Dios. Sí hermanos, es una gracia el poder
compartir con los demás los bienes que el Creador nos ha dado en bien
de los hermanos necesitados. La generosidad y la gratuidad son
virtudes cristianas que estamos perdiendo. Gratis Jesucristo nos salvó
y generosamente nos redimió. Generosidad y gratitud nos vienen de
Jesucristo. Nos lo acaba de recordar hermosamente el Papa Benedicto en
su encíclica “Dios es amor”. Cada diócesis y cada parroquia debe ser,
como nos enseñó el recordado Papa Juan Pablo II, “el lugar donde los
pobres se sientan en su casa” y para todos “una escuela de caridad”,
de amor y generosidad.
8. San Juan
Bautista nos indica el corazón de Cristo y nos dice: “Este es el
cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”: Él es la fuente de
la gracia y de la salvación; y nos dice también, señalando en la
dirección de San Pedro y San Pablo, que la Iglesia es la depositaria
de esa salvación. Es a Ella a quien debemos recurrir y obedecer para
ser discípulos de Jesucristo, de quien él es humilde Precursor.
9. La
gracia del tiempo jubilar que la santa Madre Iglesia les ha concedido,
así como la gracia de haber sido elevado este templo mariano a la
dignidad de “santuario diocesano”, los empeña a una mayor fidelidad
hacia Jesucristo, hacia el Papa, hacia su Obispo, hacia su Seminario,
hacia su Iglesia diocesana y hacia los hermanos más pobres y
necesitados, incluyendo los amplios horizontes que diseñó Jesucristo:
el mundo entero. Si el corazón del católico no abarca el mundo entero,
quiere decir que todavía no lo es. El corazón de Juan el Bautista
exclamó: “Es necesario que Él, Cristo, crezca y que yo disminuya”. Lo
decía porque él era grande, “el más grande nacido de mujer”.
Tratándose de nosotros es a la inversa: Viendo nuestra pequeñez,
debemos esforzarnos por crecer, no hasta la estatura de nuestro
egoísmo, sino “hasta la estatura de Cristo” y hasta la amplitud y
largueza de su Corazón. Sólo con un corazón como el de Cristo podremos
edificar juntos una Iglesia hermosa, “morada del Espíritu”, “sin
mancha ni arruga”, anticipo de la Jerusalén celestial, en la que todos
celebraremos las bodas del Cordero, a quien Juan señaló con su mano,
siguió con su vida e imitó con el testimonio supremo de su sangre.