Hermanas y hermanos:
San Agustín
comienza así uno de sus sermones sobre la Navidad: “Despierta hombre,
por ti Dios se hizo hombre. Despierta tú, que duermes, surge de entre
los muertos; y Cristo, con su luz, te alumbrará. Te lo repito: Por
ti Dios se hizo hombre. Estarías muerto para siempre, si él no hubiera
nacido en el tiempo. Nunca hubieras sido librado de la carne del pecado,
si él no hubiera asumido una carne semejante a la del pecado. Estarías
condenado a una miseria eterna, si no hubieras recibido tan gran
misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no se hubiera
sometido voluntariamente a la muerte. Hubieras perecido si él no te
hubiera auxiliado. Estarías perdido, si él no hubiera venido a
salvarte”(Sermón 185).
Lo
que tan vehementemente nos comunica San Agustín en su sermón navideño,
es una realidad para nosotros hoy. La liturgia habla del “sacramento de
la Navidad”, es decir, que lo que aquí anunciamos y celebramos no es un
acontecimiento del pasado, sino que se actualiza hoy y aquí para
nosotros. La Navidad no es sólo un recuerdo de un hecho maravilloso de
hace dos mil años, sino que se hace presente hoy aquí, en los signos
sacramentales, en la celebración litúrgica, para todos nosotros. Por eso
los textos de la liturgia nos hablan del hoy de la salvación. Escuchemos
algunos:
“Hoy
nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”.
“Has
iluminado esta noche santa con el Nacimiento de Cristo, la luz
verdadera”.
“Hoy
una gran luz ha bajado a la tierra”.
“Hoy
resplandece ante el mundo el maravilloso intercambio que nos salva”.
“Hoy
nos ha descendido del cielo la paz verdadera”.
“Hoy
ha nacido Jesucristo, hoy ha aparecido el Salvador, hoy en la tierra
cantan los ángeles, hoy saltan de alegría los justos”.
“Hoy
brilla una luz entre nosotros, porque nos ha nacido el Señor” (Agenda
Litúrgica).
El
hecho de que Jesús haya trascendido las barreras del tiempo y del
espacio con su resurrección, hace posible que su gracia salvadora, ahora
la del Misterio de su Nacimiento, se haga presente y actuante para
nosotros en esta celebración litúrgica. Somos verdaderamente
contemporáneos del Nacimiento de Cristo, junto con María, José y los
pastores. Por eso, es necesario como despojarnos de los sentimientos,
legítimos quizá pero un tanto infantiles y no digamos profanos, para
penetrar en el Misterio y beneficiarnos de su gracia. Lo bucólico de la
escena del nacimiento en la gruta de Belén, no debe hacernos olvidar lo
duro del pesebre, el mal olor del estiércol, el frío de la noche, la
aspereza de los pañales y la crueldad de la pobreza, anticipos todos
ellos del sacrificio del Calvario. Allá, en Belén, toda esta rudeza fue
rodeada y mitigada con el amor y la entrega de la madre, con el cuidado
solícito del que hizo las veces de padre, con la generosidad de los
pastores y con la algarabía del coro de los ángeles, pregoneros de la
gracia de Dios. Sólo con los sentimientos amorosos de María, la
solicitud eficiente de José, la veneración rendida de los pastores y la
alegría desbordante del coro celestial, podemos acercarnos dignamente al
misterio de la Navidad. Abramos nuestro corazón a esos sentimientos para
celebrar, como conviene a un cristiano, esta santa Navidad. Amén.
†
Mario De Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro