VER, OÍR Y TOCAR AL SALVADOR
Hermanas y hermanos:
1. Navidad es ver, oír y tocar al Salvador. Los
textos de la liturgia nos invitan a aguzar la vista y a aprestar el
oído para descubrir y penetrar en el Misterio: “Se manifestará la
gloria del Señor y el mundo verá la salvación de Dios”, profetiza
Isaías (Cf. Is 40, 5). San Juan testifica el cumplimiento: El verbo
se hizo carne… y hemos visto su gloria” (Jn 1, 14); y más adelante:
“Lo que hemos oído y hemos visto con nuestros propios ojos, lo que
hemos contemplado y hemos tocado con nuestras propias manos respecto
al Verbo de la vida…eso les anunciamos... Lo que hemos visto y oído
se los transmitimos para que ustedes, unidos a nosotros, estemos en
comunión con el Padre y su Hijo, Jesucristo”, y así “su alegría sea
completa” (Cf 1 Jo 1,1-4).
2. La fe empieza por los sentidos corporales, por la
vista, por el oído, por el tacto. Comienza siempre por el ver y el
oír sensibles, que después conducen a la contemplación y, en la
profundidad de lo real y lo visible, se toca y adora el Misterio.
“Bienaventurados sus ojos porque ven y sus oídos porque oyen”, dirá
más tarde Jesús a sus paisanos. Porque muchos “tienen ojos y no ven,
tienen oídos y no oyen, tienen corazón y no sienten” y así no se
pueden convertir ni salvar. No quieren. Nuestro Dios es un Dios que
tiene oídos y escucha, que tiene corazón y siente, que tiene boca y
habla, que tiene manos y actúa en nuestra historia, a diferencia de
los ídolos mudos e inertes que no pueden salvar. La fe que conduce a
la salvación pasa por lo concreto, lo personal, lo cotidiano y se
eleva hasta el Misterio.
3. La fe cristiana parte de un encuentro concreto con
el hombre Jesús, hasta llegar a adorarlo como Dios y salvador.
“Vengan a ver”, dirá Jesús. La experiencia y la razón entran en el
camino de la fe y son arrebatadas a la altura del Misterio. La
mentalidad cintifista moderna quiere circunscribir lo real a lo
material e intramundano, a lo comprobable en el laboratorio. Esto es
reducir las posibilidades de la razón y generar hombres mutilados y
frustrados, como lo es la actual generación. Dios no sólo es real,
sino el fundamento de todo lo real. Navidad es la invitación a
recobrar la dignidad de la razón humana en su integridad. Es la
síntesis maravillosa de materia y espíritu, de tierra y cielo, de
criatura y Creador, de razón y fe, de hombre y Dios. Para lograrlo
necesitamos aguzar la mirada, espabilar el oído, afinar la
sensibilidad, purificar la razón y limpiar el corazón. El hombre
necesita a Dios para ser humano y Dios necesita del hombre para ser
su Salvador. “Si el progreso técnico no se corresponde con un
progreso en la formación ética del hombre, con el crecimiento del
hombre interior (Cf. Ef 3, 16; 2Cor 4, 16), no es un progreso sino
una amenaza para el hombre y para el mundo”, dice el Papa Benedicto
(SS 22). ¿Quién puede negar que vivimos amenazados, llenos de miedo
por doquier?
4. El ángel da a los pastores una señal extraña de
que ha nacido el Salvador: “Encontrarán al niño envuelto en pañales
y recostado en un pesebre” (Lc 2, 13). Los pañales y el pesebre
indican el camino, el único, para encontrar al Salvador. Es el
escándalo de la encarnación. Aquí escándalo y Misterio van a la par
y culminarán en la cruz, como nos previene Jesús: “Dichoso quien no
se escandalice en mí”. Miremos bien: éste es el punto de partida de
la Iglesia. Quien se escandaliza de la Iglesia no cree en la
encarnación. Miremos al establo de Belén para saber de dónde venimos
y poder vivir el escándalo de lo real con la serenidad de María y de
José, y así disfrutar de la paz del Misterio. Allí, sobre el pesebre
de Belén, brilla la gloria de Dios y se ofrece a los hombres la
paz.
5. La liturgia de la Iglesia nos invita a espabiliar
el oído, afinar la visión y limpiar el corazón para descubrir el
misterio del Dios hecho hombre, de la Virgen madre, de la unión del
cielo con la tierra, de la gloria de Dios en el estiércol de un
establo. La Navidad viene a despertarnos del mundo de las ilusiones
que nos hemos forjado. Vivimos –fingimos vivir- fugados de nosotros
mismos, vaciada la inteligencia, embotada la memoria, obnubilados
los ojos, taponados los oídos y anestesiado el corazón en eterna
fuga de nosotros mismos. Para los que nos llamamos -o nos llaman-
postmodernos, lo real coincide con lo que vemos en la pantalla de la
televisión; la verdad es monopolio de los comerciantes, de los
políticos o de la farándula, y nuestra sensibilidad no trasciende la
glotonería y la sensualidad. Ponemos la felicidad, no en disfrutar
lo que el Señor nos da y tenemos, sino en ambicionar lo que no
poseemos: el nuevo modelo de automóvil, el último aparato
electrónico o la próxima pareja sentimental. O simplemente viajar,
es decir, huir. Somos el eterno Caín que, después de asesinar o de
dejar morir de hambre de sida o de tristeza a su hermano, busca
ocultarse de Dios negándolo o renegando de Él. Prosigue así el
hombre su errabundo peregrinar por el desierto de su soledad, no de
cien años sino de siglos, lejos de Dios con a cuestas su maldición,
ignorando que en Belén tiene un cobijo, un hermano, una familia y…
la paz. La condición es querer ver, escuchar y tocar al Salvador en
lo real, en lo concreto, en lo que está a mi alrededor. Lo voy a
decir con la sabiduría ancestral de la Iglesia: Practicando las
obras de misericordia, espirituales, como “instruir, aconsejar,
consolar, confortar, perdonar y sufrir con paciencia; o materiales:
como dar de comer al hambriento, dar techo a quien no tiene, vestir
al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos y dar limosna a
los pobres, todas ellas cimentadas sobre la justicia, la dignidad
humana y la caridad. Esta es la Navidad que celebra la Iglesia: La
de Jesús, María y José. Sobre ella bajan los ángeles del cielo para
cantar la gloria de Dios y bendecir al hombre con su paz. Esta es la
que les deseo para su corazón y para su hogar.
†
Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro