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HOMILÍA DEL SR. NUNCIO APOSTÓLICO

S.E.R. MONS. CHRISTOPHE PIERRE

EN LA INAUGURACIÓN DEL AREÓPAGO CENTRO CULTURA Y SOCIAL JUAN PABLO II

Santiago de Querétaro, Qro., 25 de Junio de 2009


Queridos hermanos y hermanas:

"Vayan, y enseñen a todas las naciones". Es éste el amoroso mandato de Jesús que movió a San Pablo a dirigirse apasionadamente a los atenienses en el Areópago; y es éste, sin duda, el motivo por el cual hoy, en un clima de expectativa y expectativa y esperanza, ponemos en marcha, bendiciendo e inaugurándolo, el "Areópago Centro Cultura y Social Juan Pablo II".

El pasado 19 de enero, al concluir su discurso a los exponentes del mundo cultural mexicano, en el Teatro de la República de esta ciudad, el Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado del Santo Padre, señalaba con gran clarividencia que ante nosotros se presentaba hoy "un desafío apasionante y hermoso". Esto es, dar a luz una nueva cultura cristiana (...), ser los autores de una nueva síntesis entre la fe y la cultura de nuestro tiempo, abrir horizontes fecundos, acabar con tópicos inútiles y estériles". Se trata de un cambio añadía el Cardenal, que no consiste en "una simple mutación de estructuras", sino de aquel que implica "engendrar el hombre nuevo que genere a su vez estructuras nacidas de la verdad y del amor".

Es por ello que la Iglesia, añadía, asumiendo este reto "se lanza con los ojos puestos en Jesús y con la fuerza transformadora del Espíritu Santo a promover con ahínco todo lo que favorezca y salvaguarde la dignidad del hombre y promueva el bien común de la entera sociedad", sabiendo que este esfuerzo de promoción, transformación y enriquecimiento de la cultura, deberá realizarse gradualmente, a partir "de comienzos modestos y a través de una acción capilar (...), sin despreciar los pequeños logros". Proceso evangelizador, dejaba claro el Cardenal—, que llevándose a cabo de manera gradual y perseverante, debe comenzar en la contemplación más intensa del rostro de Cristo, para entrar en intimidad con Él, haciendo de la santidad el programa de renovación eclesial, abriendo al mismo tiempo "el corazón a la pujante acción del Espíritu de Jesucristo", evitando, en fin, el desaliento o la tentación de "cruzarnos de brazos pensando que cualquier esfuerzo en el terreno cultural es fatiga inútil o empresa imposible".

En este contexto podemos colocar, justa y atinadamente, la iniciativa, la razón de ser y el objetivo de este Centro que a partir de este día, sostenido por la gracia del Espíritu Santo, desea ser Areópago de evangelización, de cultura y de servicio social; centro de difusión de la verdad, en el que se aprenda a conciliar la sabiduría humana con la verdad evangélica, para que quienes se confiesan cristianos sean capaces de dejarse guiar siempre por la fe verdadera y profesarla públicamente en su conducta.

La Iglesia, tal vez más que en otros momentos de la historia, es consciente del deber que tiene que dar una respuesta, desde su propia identidad, a los retos que aquejan a la humanidad y que también directamente la tocan. Sabe que no puede ignorar, sino, por el contrario, debe valientemente afrontar  al gran desafío que representa la "cultural actual, profundamente marcada por un subjetivismo que desemboca muchas veces en el individualismo extremo o en el relativismo..."; donde "el hombre tiende a replegarse cada vez más en sí mismo, a encerrarse en un microcosmos existencial asfixiante, en el que ya no tienen cabida los grandes ideales, abiertos a la trascendencia, a Dios" (Benedicto XVI, Discurso a los Miembros de las Academias Pontificias, 5 de noviembre de 2005).

¿Cómo no recordar en este contexto el análisis con el que Horkheimer y Adorno (Dialectica de la Ilustración, 1994) trataron de explicarse el por qué la humanidad, en lugar de encaminarse hacia un estado verdaderamente humano, se hundía en un nuevo género de incultura? Pues, en efecto, el pensamiento fuerte de la modernidad, al tratar de imponer la verdad objetiva y universal, se ha visto desplazado por el pensamiento débil de la postmodernidad que invoca la tolerancia a la pluralidad de los discursos. De este modo, el relativismo postmoderno, desconfiado de la capacidad de la razón para conocer la verdad ha reducido la búsqueda de la misma verdad a los consensos provisionales de los usuarios de los discursos, convirtiéndose, así, en totalitarismo.

En este contexto no es de extrañar que en la postmodernidad se haya dado paso a una época de religión sin Dios; a una situación que Charleston ejemplificó diciendo que: cuando uno deja de creer en Dios, no es que no crea en nada, sino que se empieza a creer en cualquier cosa. De ahí, entre otras, el éxito de las sectas (Cfr. P.C. de la Cultura - P.C. para el Diálogo Interreligioso, Jesucristo, portador del agua de la vida. Una reflexión cristiana sobre New Age. Palabra, Madrid, 2003).

En este tiempo de relativismo postmoderno, decir "verdad" provoca en amplios sectores un instintivo rechazo, porque, según ellos, esto significaría coacción e intolerancia. El pragmatismo, que no se pregunta por una verdad o bondad que rebase el éxito, y el nihilismo, por el que nos sentimos más allá de la verdad, más allá del bien y del mal, son el resultado de una desconfianza radical en la capacidad de la razón para comprender la verdad.

Pero, si bien la primera víctima de esa racionalidad omnicomprensiva ha sido el cristianismo, al no someterse a los "límites de la mera razón" (Kant), debemos, sin embargo, constatar, que por más que la razón ilustrada se empeñara en lanzar sus dardos críticos contra la religión —fue le proceder de los maestros de la sospecha: Marx, Nietzsche, Freud—, ésta sigue presente en nuestro horizonte, aún cuando decir que lo religioso está presente, no signifique necesariamente, presencia de lo cristiano. Para el cristiano, en todo caso, la presencia de lo religioso en el escenario social es un síntoma del cómo la existencia está rodeada de un misterio que se resiste a ser desentrañado, y es, a la vez, una preocupación, porque tales expresiones religiosas muchas veces se limitan a la inmanencia del sujeto que en ellas se expresa, sin referencia a la Trascendencia.

Nuestro mundo se está, así, adentrando paulatinamente en una revolución epocal que conlleva un cambio radical y la caída de la cosmovisión antigua, que cuestiona también, desde sus fundamentos, el marco en que la experiencia cristiana se había moldeado y configurado, provocando una situación que, a su vez, está requiriendo de una nueva configuración teológica, de un nuevo paradigma, de una remodelación y re-traducción de conjunto, que llegue a todos los ámbitos y que abrace a las cuestiones formales y metodológicas, a las de vivencias y contenido. Nos encontramos en un período que podríamos llamar de transición entre una fase de elaboración, donde lo viejo ya no sirve, y lo nuevo carece todavía de figura.

La entrada en el escenario histórico de la modernidad —donde predominan los aspectos funcionales e impersonales — y la postmodernidad — caracterizada por un clima de indiferencia, aburrimiento, inestabilidad y desafiliación — como sensibilidades culturales, ha promovido una "nueva" idea del hombre y de la sociedad que obliga a que la evangelización de estas nuevas culturas — pues se han modificado los centros de interés, los criterios y principios sobre los que el hombre moderno y postmoderno levanta su vida (Cfr. EN 18)—, sea portado de una novedad, ofreciendo, sin renunciar a la sustancia, motivaciones, razones y objetivos para vivir dinámicamente la fe cristiana.

En amplias capas de nuestra sociedad, en efecto, parecería que la fe se hubiese reducido a un compromiso ético desligado de toda referencia trascendente. Ante el creciente predominio de una visión inmanente de la vida en el marco de un nuevo paganismo, las transmisión de la fe parecería haberse convertido en un problema.

He aquí por qué, en esta perspectiva, el desafío que prioritariamente se presenta a los cristianos de hoy, es aquel de decidirnos a hacer la experiencia de Jesús, pues de otra manera, sencillamente no seremos cristianos. A este objetivo se subordina todo lo demás, pues, en la re-creación de la experiencia de Jesús, vivida gracia a Él y con Él, pero vivida por cada uno de nosotros, es como nos realizaremos como hijos de Dios y como seremos salvados y redimidos.

La promesa de Jesús "Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20), debe ser anunciada por la palabra, la celebración y la vida de los discípulos de Cristo. Este es el gran desafío para la Iglesia, ofrecer el claro testimonio de la presencia providente del Emmanuel, a una humanidad que con frecuencia se siente turbada por la sensación de su ausencia. Al mismo tiempo, la Iglesia debe esforzarse, —y esto es prioritario—, por provocar el encuentro del hombre de hoy con Cristo vivo y presente, de tal manera, que esta experiencia dé "un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (Benedicto XVI, C.E. Dios es amor); pues, será a partir de esta experiencia personal del encuentro con el Amor de Dios, en Jesucristo, que podrán surgir hombres nuevos para una humanidad nueva (Cfr. EN 18).

Queridos hermanos: convencidos de que sólo a la luz del misterio de Cristo se esclarece el misterio del hombre (Cfr. Ibidem 22), hagan de este Areópago Centro Cultural y Social Juan Pablo II, un lugar de irradiación evangelizadora que abrace al hombre en su totalidad y a su cultura; promuevan una formación integral y preparen a los hermanos a saber conciliar debidamente, en el discurso y en la vida, la sabiduría humana con la verdad evangélica.

La cultura es la morada del hombre, es el amplio ámbito de las expresiones humanas. Las instituciones, los usos y costumbres, las leyes, la educación, la economía, las creaciones artísticas, el lenguaje, la técnica, las ciencias y la cultura. Es necesario por ello contribuir en todo lo posible a forjar una cultura que, iluminada y conducida por la fe, sea auténticamente digna del hombre, una cultura de vida, de libertad y de amor.

A quienes se empeñan, pues, en oponer a Dios y al hombre, digámosle valientemente, con la palabra y la vida, que en la revelación cristiana la Gloria de Dios y la gloria del hombre se suman y consuman juntas; que lo propio del evangelio no es el aut-aut del ateísmo (Dios o el hombre) sino el et-et (Dios y el hombre).

A quienes tienen un propósito existencia exaltar el solo conocimiento científico, con Juan Pablo II digámosles sin titubeos que éste "lleva al empobrecimiento de la reflexión humana, que se ve privada de los problemas de fondo que el animal rationale se ha planteado constantemente, desde el inicio de la existencia terrena" (Fides et ratio, 88).

Y estemos siempre abiertos al diálogo. Al diálogo sincero y abierto, que no oculta ni deja en la sombra la propia identidad de cada una de las partes en aras de un consenso que oculte las diferencias. El diálogo, ha dicho el Papa Juan Pablo II, que no puede apoyarse en la indiferencia religiosa y que, por ello, debe ofrecerse desde la esperanza que está en nosotros; sin temor de ofender a quien la "piensa" diversamente; porque lo que nosotros ofrecemos y proponemos con el mayor respeto a la libertad, es el anuncio gozoso de un don que es para todos: el don de la revelación del Dios-Amor (Cfr. NMI 56).

La verdad existe y hay que anunciarla. Verdad que tiene un nombre y un rostro concreto: Jesucristo, que en la Iglesia y por la Iglesia se hace presente al mundo.

Queridos hermanos y hermanas: La Iglesia mira con atención, amor y esperanza el mundo en el cual se encuentra inserta, manteniéndose al mismo tiempo y constantemente atenta a sus raíces, reafirmando incansablemente su identidad y su misión y percibiendo con mayor claridad el sentido de su presencia en el mundo actual "teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias" (Gaudium et spes 2) y de la misión que en él debe realizar: "Continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad (Cfr Jn 18, 37), para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido (Cfr. Jn 3, 17; Mt 20, 28; Mc 10, 45)" (Ibidem 3).

¡Vayan, pues, y enseñen a todas las gentes! Vayan presurosos, como María a Isabel, al encuentro del hombre de nuestra época, y ofrézcanle el don gratuito de Dios, Jesucristo: Camino, Verdad y Vida para todo el hombre y para todos los hombres.

Que el Espíritu Santo les colme de luz, ciencia, fortaleza, esperanza y consuelo, y que Santa María de Guadalupe, Madre de la Iglesia y Primera Misionera les asista siempre con su intercesión, para que, con Ella y como Ella anuncien fielmente, con la vida y la palabra, el amor de Dios que se nos ha manifestado, se nos ha dado y se nos sigue dando, en y por medio de la Iglesia, en Cristo Jesús, el Señor.

¡Felicidades y que Él les bendiga, ahora y siempre!

 Christophe Pierre

Nuncio Apostólico en México

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