Queridos hermanos y hermanas:
"Vayan, y enseñen a todas las naciones". Es éste el
amoroso mandato de Jesús que movió a San Pablo a dirigirse
apasionadamente a los atenienses en el Areópago; y es éste, sin
duda, el motivo por el cual hoy, en un clima de expectativa y
expectativa y esperanza, ponemos en marcha, bendiciendo e
inaugurándolo, el "Areópago Centro Cultura y Social Juan Pablo II".
El pasado 19 de enero, al concluir su discurso a los
exponentes del mundo cultural mexicano, en el Teatro de la República
de esta ciudad, el Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado
del Santo Padre, señalaba con gran clarividencia que ante nosotros
se presentaba hoy "un desafío apasionante y hermoso". Esto es, dar a
luz una nueva cultura cristiana (...), ser los autores de una nueva
síntesis entre la fe y la cultura de nuestro tiempo, abrir
horizontes fecundos, acabar con tópicos inútiles y estériles". Se
trata de un cambio —añadía el Cardenal—,
que no consiste en "una simple mutación de estructuras", sino de
aquel que implica "engendrar el hombre nuevo que genere a su vez
estructuras nacidas de la verdad y del amor".
Es por ello que la Iglesia, —añadía—,
asumiendo este reto "se lanza con los ojos puestos en Jesús y con la
fuerza transformadora del Espíritu Santo a promover con ahínco todo
lo que favorezca y salvaguarde la dignidad del hombre y promueva el
bien común de la entera sociedad", sabiendo que este esfuerzo de
promoción, transformación y enriquecimiento de la cultura, deberá
realizarse gradualmente, a partir "de comienzos modestos y a través
de una acción capilar (...), sin despreciar los pequeños logros".
Proceso evangelizador, —dejaba claro el
Cardenal—, que llevándose a cabo de manera
gradual y perseverante, debe comenzar en la contemplación más
intensa del rostro de Cristo, para entrar en intimidad con Él,
haciendo de la santidad el programa de renovación eclesial, abriendo
al mismo tiempo "el corazón a la pujante acción del Espíritu de
Jesucristo", evitando, en fin, el desaliento o la tentación de
"cruzarnos de brazos pensando que cualquier esfuerzo en el terreno
cultural es fatiga inútil o empresa imposible".
En este contexto podemos colocar, justa
y atinadamente, la iniciativa, la razón de ser y el objetivo de este
Centro que a partir de este día, sostenido por la gracia del
Espíritu Santo, desea ser Areópago de evangelización, de cultura y
de servicio social; centro de difusión de la verdad, en el que se
aprenda a conciliar la sabiduría humana con la verdad evangélica,
para que quienes se confiesan cristianos sean capaces de dejarse
guiar siempre por la fe verdadera y profesarla públicamente en su
conducta.
La Iglesia, tal vez más que en otros
momentos de la historia, es consciente del deber que tiene que dar
una respuesta, desde su propia identidad, a los retos que aquejan a
la humanidad y que también directamente la tocan. Sabe que no puede
ignorar, sino, por el contrario, debe valientemente afrontar
al gran desafío que representa la "cultural actual, profundamente
marcada por un subjetivismo que desemboca muchas veces en el
individualismo extremo o en el relativismo..."; donde "el hombre
tiende a replegarse cada vez más en sí mismo, a encerrarse en un
microcosmos existencial asfixiante, en el que ya no tienen cabida
los grandes ideales, abiertos a la trascendencia, a Dios" (Benedicto
XVI, Discurso a los Miembros de las Academias Pontificias, 5 de
noviembre de 2005).
¿Cómo no recordar en este contexto el
análisis con el que Horkheimer y Adorno (Dialectica de la
Ilustración, 1994) trataron de explicarse el por qué la humanidad,
en lugar de encaminarse hacia un estado verdaderamente humano, se
hundía en un nuevo género de incultura? Pues, en efecto, el
pensamiento fuerte de la modernidad, al tratar de imponer la verdad
objetiva y universal, se ha visto desplazado por el pensamiento
débil de la postmodernidad que invoca la tolerancia a la pluralidad
de los discursos. De este modo, el relativismo postmoderno,
desconfiado de la capacidad de la razón para conocer la verdad ha
reducido la búsqueda de la misma verdad a los consensos
provisionales de los usuarios de los discursos, convirtiéndose, así,
en totalitarismo.
En este contexto no es de extrañar que
en la postmodernidad se haya dado paso a una época de religión sin
Dios; a una situación que Charleston ejemplificó diciendo que:
cuando uno deja de creer en Dios, no es que no crea en nada, sino
que se empieza a creer en cualquier cosa. De ahí, entre otras, el
éxito de las sectas (Cfr. P.C. de la Cultura - P.C. para el Diálogo
Interreligioso, Jesucristo, portador del agua de la vida. Una
reflexión cristiana sobre New Age. Palabra, Madrid, 2003).
En este tiempo de relativismo
postmoderno, decir "verdad" provoca en amplios sectores un
instintivo rechazo, porque, según ellos, esto significaría coacción
e intolerancia. El pragmatismo, que no se pregunta por una verdad o
bondad que rebase el éxito, y el nihilismo, por el que nos sentimos
más allá de la verdad, más allá del bien y del mal, son el resultado
de una desconfianza radical en la capacidad de la razón para
comprender la verdad.
Pero, si bien la primera víctima de esa
racionalidad omnicomprensiva ha sido el cristianismo, al no
someterse a los "límites de la mera razón" (Kant), debemos, sin
embargo, constatar, que por más que la razón ilustrada se empeñara
en lanzar sus dardos críticos contra la religión —fue le proceder de
los maestros de la sospecha: Marx, Nietzsche, Freud—, ésta sigue
presente en nuestro horizonte, aún cuando decir que lo religioso
está presente, no signifique necesariamente, presencia de lo
cristiano. Para el cristiano, en todo caso, la presencia de lo
religioso en el escenario social es un síntoma del cómo la
existencia está rodeada de un misterio que se resiste a ser
desentrañado, y es, a la vez, una preocupación, porque tales
expresiones religiosas muchas veces se limitan a la inmanencia del
sujeto que en ellas se expresa, sin referencia a la Trascendencia.
Nuestro mundo se está, así, adentrando
paulatinamente en una revolución epocal que conlleva un cambio
radical y la caída de la cosmovisión antigua, que cuestiona también,
desde sus fundamentos, el marco en que la experiencia cristiana se
había moldeado y configurado, provocando una situación que, a su
vez, está requiriendo de una nueva configuración teológica, de un
nuevo paradigma, de una remodelación y re-traducción de conjunto,
que llegue a todos los ámbitos y que abrace a las cuestiones
formales y metodológicas, a las de vivencias y contenido. Nos
encontramos en un período que podríamos llamar de transición entre
una fase de elaboración, donde lo viejo ya no sirve, y lo nuevo
carece todavía de figura.
La entrada en el escenario histórico de
la modernidad —donde predominan los aspectos funcionales e
impersonales — y la postmodernidad — caracterizada por un clima de
indiferencia, aburrimiento, inestabilidad y desafiliación — como
sensibilidades culturales, ha promovido una "nueva" idea del hombre
y de la sociedad que obliga a que la evangelización de estas nuevas
culturas — pues se han modificado los centros de interés, los
criterios y principios sobre los que el hombre moderno y postmoderno
levanta su vida (Cfr. EN 18)—, sea portado de una novedad,
ofreciendo, sin renunciar a la sustancia, motivaciones, razones y
objetivos para vivir dinámicamente la fe cristiana.
En amplias capas de nuestra sociedad, en
efecto, parecería que la fe se hubiese reducido a un compromiso
ético desligado de toda referencia trascendente. Ante el creciente
predominio de una visión inmanente de la vida en el marco de un
nuevo paganismo, las transmisión de la fe parecería haberse
convertido en un problema.
He aquí por qué, en esta perspectiva, el
desafío que prioritariamente se presenta a los cristianos de hoy, es
aquel de decidirnos a hacer la experiencia de Jesús, pues de otra
manera, sencillamente no seremos cristianos. A este objetivo se
subordina todo lo demás, pues, en la re-creación de la experiencia
de Jesús, vivida gracia a Él y con Él, pero vivida por cada uno de
nosotros, es como nos realizaremos como hijos de Dios y como seremos
salvados y redimidos.
La promesa de Jesús "Yo estoy con
ustedes todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20), debe
ser anunciada por la palabra, la celebración y la vida de los
discípulos de Cristo. Este es el gran desafío para la Iglesia,
ofrecer el claro testimonio de la presencia providente del Emmanuel,
a una humanidad que con frecuencia se siente turbada por la
sensación de su ausencia. Al mismo tiempo, la Iglesia debe
esforzarse, —y esto es prioritario—, por provocar el encuentro del
hombre de hoy con Cristo vivo y presente, de tal manera, que esta
experiencia dé "un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una
orientación decisiva" (Benedicto XVI, C.E. Dios es amor); pues, será
a partir de esta experiencia personal del encuentro con el Amor de
Dios, en Jesucristo, que podrán surgir hombres nuevos para una
humanidad nueva (Cfr. EN 18).
Queridos hermanos: convencidos de que
sólo a la luz del misterio de Cristo se esclarece el misterio del
hombre (Cfr. Ibidem 22), hagan de este Areópago Centro Cultural y
Social Juan Pablo II, un lugar de irradiación evangelizadora que
abrace al hombre en su totalidad y a su cultura; promuevan una
formación integral y preparen a los hermanos a saber conciliar
debidamente, en el discurso y en la vida, la sabiduría humana con la
verdad evangélica.
La cultura es la morada del hombre, es
el amplio ámbito de las expresiones humanas. Las instituciones, los
usos y costumbres, las leyes, la educación, la economía, las
creaciones artísticas, el lenguaje, la técnica, las ciencias y la
cultura. Es necesario por ello contribuir en todo lo posible a
forjar una cultura que, iluminada y conducida por la fe, sea
auténticamente digna del hombre, una cultura de vida, de libertad y
de amor.
A quienes se empeñan, pues, en oponer a
Dios y al hombre, digámosle valientemente, con la palabra y la vida,
que en la revelación cristiana la Gloria de Dios y la gloria del
hombre se suman y consuman juntas; que lo propio del evangelio no es
el aut-aut del ateísmo (Dios o el hombre) sino el et-et (Dios y el
hombre).
A quienes tienen un propósito existencia
exaltar el solo conocimiento científico, con Juan Pablo II
digámosles sin titubeos que éste "lleva al empobrecimiento de la
reflexión humana, que se ve privada de los problemas de fondo que el
animal rationale se ha planteado constantemente, desde el inicio de
la existencia terrena" (Fides et ratio, 88).
Y estemos siempre abiertos al diálogo.
Al diálogo sincero y abierto, que no oculta ni deja en la sombra la
propia identidad de cada una de las partes en aras de un consenso
que oculte las diferencias. El diálogo, ha dicho el Papa Juan Pablo
II, que no puede apoyarse en la indiferencia religiosa y que, por
ello, debe ofrecerse desde la esperanza que está en nosotros; sin
temor de ofender a quien la "piensa" diversamente; porque lo que
nosotros ofrecemos y proponemos con el mayor respeto a la libertad,
es el anuncio gozoso de un don que es para todos: el don de la
revelación del Dios-Amor (Cfr. NMI 56).
La verdad existe y hay que anunciarla.
Verdad que tiene un nombre y un rostro concreto: Jesucristo, que en
la Iglesia y por la Iglesia se hace presente al mundo.
Queridos hermanos y hermanas: La Iglesia
mira con atención, amor y esperanza el mundo en el cual se encuentra
inserta, manteniéndose al mismo tiempo y constantemente atenta a sus
raíces, reafirmando incansablemente su identidad y su misión y
percibiendo con mayor claridad el sentido de su presencia en el
mundo actual "teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos
y victorias" (Gaudium et spes 2) y de la misión que en él debe
realizar: "Continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra de Cristo,
quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad (Cfr Jn 18,
37), para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido
(Cfr. Jn 3, 17; Mt 20, 28; Mc 10, 45)" (Ibidem 3).
¡Vayan, pues, y enseñen a todas las
gentes! Vayan presurosos, como María a Isabel, al encuentro del
hombre de nuestra época, y ofrézcanle el don gratuito de Dios,
Jesucristo: Camino, Verdad y Vida para todo el hombre y para todos
los hombres.
Que el Espíritu Santo les colme de luz,
ciencia, fortaleza, esperanza y consuelo, y que Santa María de
Guadalupe, Madre de la Iglesia y Primera Misionera les asista
siempre con su intercesión, para que, con Ella y como Ella anuncien
fielmente, con la vida y la palabra, el amor de Dios que se nos ha
manifestado, se nos ha dado y se nos sigue dando, en y por medio de
la Iglesia, en Cristo Jesús, el Señor.
¡Felicidades y que Él les bendiga, ahora y siempre!
†
Christophe Pierre
Nuncio
Apostólico en México