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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN LA FIESTA DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSTO

Santiago de Querétaro, Qro., 25 de Noviembre de 2007


Audio de esta homilía.

CRISTO REY DEL UNIVERSO

1. “Digno es el Cordero que fue inmolado, de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. A Él la gloria y el imperio por los siglos de los siglos”. Con estas palabras de tono triunfante, tomadas del libro del Apocalipsis, introduce la liturgia esta solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, con la que cerramos el año litúrgico o año de la Iglesia. Es una visión solemne y consoladora, esplendorosa que nos remite al trono de Dios y al Calvario, que une el cielo con la tierra en esta festividad. Aquí, en esta asamblea, sobre este altar se realiza este misterio, porque aquí se inmola el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo, y, por eso, es digno de recibir el poder y la gloria por siempre. A él nos unimos llevando su cruz para participar con él de su gloria. 

2. Pero llevemos nuestra mirada al Calvario, como nos invita el santo evangelio: “Cuando Jesús estaba ya crucificado”. Miremos bien la escena. Jesús ya está crucificado, con los pies y las manos sujetas por los clavos, con la corona de espinas en su cabeza y con el corazón traspasado, a punto de morir. ¿Qué puede hacer este malhechor peligroso? Nada, más que orar y perdonar. Pero, ¿qué sentimientos despierta, qué reacciones provoca en sus acusadores? ¿Qué van a hacer con él? Porque siempre es difícil deshacerse moralmente de la víctima…sobre todo de un inocente. Oigamos sus justificaciones. 

3. Primero reaccionan las autoridades, los responsables de su muerte: “Le hacen muecas y le dicen: A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías, el elegido”. Recordemos los evangelios de los últimos domingos: A Zaqueo arrepentido, Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”; al leproso agradecido le aseguró: “Tu fe te ha salvado”; al publicano humilde lo vio salir “justificado” del templo… Sí; Jesús ha salvado a muchos, pues para eso ha venido: a salvar a los demás, al prójimo, a los pecadores… no a sí mismo. El viene a dar la vida para que otros la tengan en abundancia… Pero las autoridades no entienden esto; sólo piensan en la salvación individual, no en la de los demás. Por eso les molesta Jesús y todo lo que se le parezca… A la autoridad le incomoda que la Iglesia, que los católicos nos preocupemos de la salvación de los demás…. “Hacen muecas”, dice San Lucas. 

4. Luego vienen los soldados. “Los soldados se burlaban de Jesús… y le ofrecían vinagre”. El poder militar está al servicio incondicional del poder político, y arrecian las burlas y ofrecen vinagre: más amargura. Su papel es complacer a sus superiores a costa del sufrimiento de las víctimas. Por eso su reclamo es político: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Es lo que Satanás había pedido a Jesús desde el principio de su vida, en el relato de las tentaciones. Esta burla la retomó Pilato y quedó escrita en el letrero sobre la cruz: “Éste es el rey de los judíos”. No entendieron que el Mesías nos salva no bajando de la cruz, sino elevado en ella. Desde allí salva y reina: “Regnavit a ligno Deus: Dios reina desde el madero”. Este título de Jesús: “Rey de los judíos” dicho en tono de burla, se convierte para nosotros en grito de alabanza y honor: ¡Viva Cristo Rey!, no sólo de los judíos sino del universo. 

5. El tercer grupo está formado por los compañeros de suplicio de Jesús: los ladrones. Uno, “lo insultaba diciéndole: Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros”. Nada nuevo, sólo el acumular agravios. Es muy fácil adherirse a la chusma insultante y proferir injurias contra el débil y el indefenso. Esto se llama cobardía, y de los cobardes no es el reino de Dios. Pero, “el otro le reclamaba, indignado: ¿Ni siquiera tú temes a Dios estando en el mismo suplicio? Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho”. Este malhechor tuvo la enorme valentía de pensar por sí mismo, de ser distinto, de no dejarse llevar por la opinión pública, de no ser manipulado por el parecer de los poderosos… sino de descubrir y decir la verdad, en este caso, de reconocer la propia culpa y de confesar la inocencia de Jesús. El reconocimiento de la propia culpa, la confesión del propio pecado, lleva necesariamente a proclamar la inocencia, es decir, la justicia de Dios. Quien no reconoce su pecado echa a Dios la culpa de sus males. De esta confesión sincera brota como de una fuente purísima la oración: “Y le decía a Jesús.: Señor, cuando llegues a tu Reino acuérdate de mí”. La belleza de esta oración contrasta con la ofensa grosera de los soldados y de las autoridades. Este ladrón  había escuchado quizá hablar a Jesús de un reino y de su salvación. Grande fue la fe de este malhechor al descubrir y reconocer como rey a un compañero de suplicio con corona de espinas, con las manos y pies fijados a un madero, teniendo como trono una cruz y rodeado de insolentes y pervertidos, mientras que sus seguidores estaban de huída…  

6. La hermosura de esta plegaria convierte al ladrón en vasallo de Jesús: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”. La súplica “acuérdate de mí” se convierte en un solemne “yo te aseguro”; el indeterminado “cuando llegues a tu reino” se transforma en un esplendoroso “hoy”, en una hermosa realidad; el deseo del poseer el reino se convierte en un estar con Jesús “conmigo” y reinar con él para siempre. El compañero de suplicio se convirtió en coheredero del Reino. He aquí la plenitud de la salvación, la fuerza redentora de la muerte de Cristo y la gracia que alcanza la oración confiada del creyente. 

7. Nosotros también estamos aquí “hoy” en esta celebración con Cristo. La Iglesia hace presente a Cristo y su salvación mediante su Palabra, mediante sus Signos sacramentales de Pan y Vino consagrados, mediante la presencia del ministro ordenado y mediante los hermanos, con quienes compartimos la fe del ladrón arrepentido y la esperanza de la salvación. Nosotros no le pedimos a Cristo que baje de la cruz sino que nos asocie a ella para reinar con Él. 

8. La multitud que había pedido la crucifixión de Cristo, dice San Lucas, “contemplaba” de lejos la escena. Miraba todo esto, y ¿qué decía? Nada. Se había quedado muda, sin duda porque la respuesta la debemos dar nosotros. Ante Jesús crucificado nadie puede permanecer callado: O nos sumamos al coro siempre presente de sus enemigos que lo vituperan e injurian, o lo reconocemos como nuestro Rey y Señor en medio de los dolores y sufrimientos que sigue padeciendo en su Iglesia y en los hermanos de todo el mundo. Solemos colgar el Crucifijo en nuestros hogares y hasta llevarlo suspendido al cuello. Ojalá lo hagamos con respeto debido y aceptando el compromiso que implica. La súplica del ladrón arrepentido parece la actitud más acertada: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”.

 

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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