Audio de esta homilía.

CRISTO REY DEL UNIVERSO
1. “Digno es el
Cordero que fue inmolado, de recibir el poder, la riqueza, la
sabiduría, la fuerza y el honor. A Él la gloria y el imperio por los
siglos de los siglos”. Con estas palabras de tono triunfante, tomadas
del libro del Apocalipsis, introduce la liturgia esta solemnidad de
Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, con la que cerramos el año
litúrgico o año de la Iglesia. Es una visión solemne y consoladora,
esplendorosa que nos remite al trono de Dios y al Calvario, que une el
cielo con la tierra en esta festividad. Aquí, en esta asamblea, sobre
este altar se realiza este misterio, porque aquí se inmola el Cordero
de Dios, el que quita el pecado del mundo, y, por eso, es digno de
recibir el poder y la gloria por siempre. A él nos unimos llevando su
cruz para participar con él de su gloria.
2. Pero llevemos
nuestra mirada al Calvario, como nos invita el santo evangelio:
“Cuando Jesús estaba ya crucificado”. Miremos bien la escena. Jesús ya
está crucificado, con los pies y las manos sujetas por los clavos, con
la corona de espinas en su cabeza y con el corazón traspasado, a punto
de morir. ¿Qué puede hacer este malhechor peligroso? Nada, más que
orar y perdonar. Pero, ¿qué sentimientos despierta, qué reacciones
provoca en sus acusadores? ¿Qué van a hacer con él? Porque siempre es
difícil deshacerse moralmente de la víctima…sobre todo de un inocente.
Oigamos sus justificaciones.
3. Primero reaccionan
las autoridades, los responsables de su muerte: “Le hacen muecas y le
dicen: A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el
Mesías, el elegido”. Recordemos los evangelios de los últimos
domingos: A Zaqueo arrepentido, Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la
salvación a esta casa”; al leproso agradecido le aseguró: “Tu fe te ha
salvado”; al publicano humilde lo vio salir “justificado” del templo…
Sí; Jesús ha salvado a muchos, pues para eso ha venido: a salvar a los
demás, al prójimo, a los pecadores… no a sí mismo. El viene a dar la
vida para que otros la tengan en abundancia… Pero las autoridades no
entienden esto; sólo piensan en la salvación individual, no en la de
los demás. Por eso les molesta Jesús y todo lo que se le parezca… A la
autoridad le incomoda que la Iglesia, que los católicos nos
preocupemos de la salvación de los demás…. “Hacen muecas”, dice San
Lucas.
4. Luego vienen los
soldados. “Los soldados se burlaban de Jesús… y le ofrecían vinagre”.
El poder militar está al servicio incondicional del poder político, y
arrecian las burlas y ofrecen vinagre: más amargura. Su papel es
complacer a sus superiores a costa del sufrimiento de las víctimas.
Por eso su reclamo es político: “Si tú eres el rey de los judíos,
sálvate a ti mismo”. Es lo que Satanás había pedido a Jesús desde el
principio de su vida, en el relato de las tentaciones. Esta burla la
retomó Pilato y quedó escrita en el letrero sobre la cruz: “Éste es el
rey de los judíos”. No entendieron que el Mesías nos salva no bajando
de la cruz, sino elevado en ella. Desde allí salva y reina: “Regnavit
a ligno Deus: Dios reina desde el madero”. Este título de Jesús: “Rey
de los judíos” dicho en tono de burla, se convierte para nosotros en
grito de alabanza y honor: ¡Viva Cristo Rey!, no sólo de los judíos
sino del universo.
5. El tercer grupo
está formado por los compañeros de suplicio de Jesús: los ladrones.
Uno, “lo insultaba diciéndole: Si tú eres el Mesías, sálvate a ti
mismo y a nosotros”. Nada nuevo, sólo el acumular agravios. Es muy
fácil adherirse a la chusma insultante y proferir injurias contra el
débil y el indefenso. Esto se llama cobardía, y de los cobardes no es
el reino de Dios. Pero, “el otro le reclamaba, indignado: ¿Ni siquiera
tú temes a Dios estando en el mismo suplicio? Nosotros justamente
recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho”.
Este malhechor tuvo la enorme valentía de pensar por sí mismo, de ser
distinto, de no dejarse llevar por la opinión pública, de no ser
manipulado por el parecer de los poderosos… sino de descubrir y decir
la verdad, en este caso, de reconocer la propia culpa y de confesar la
inocencia de Jesús. El reconocimiento de la propia culpa, la confesión
del propio pecado, lleva necesariamente a proclamar la inocencia, es
decir, la justicia de Dios. Quien no reconoce su pecado echa a Dios la
culpa de sus males. De esta confesión sincera brota como de una fuente
purísima la oración: “Y le decía a Jesús.: Señor, cuando llegues a tu
Reino acuérdate de mí”. La belleza de esta oración contrasta con la
ofensa grosera de los soldados y de las autoridades. Este ladrón
había escuchado quizá hablar a Jesús de un reino y de su salvación.
Grande fue la fe de este malhechor al descubrir y reconocer como rey a
un compañero de suplicio con corona de espinas, con las manos y pies
fijados a un madero, teniendo como trono una cruz y rodeado de
insolentes y pervertidos, mientras que sus seguidores estaban de
huída…
6. La hermosura de
esta plegaria convierte al ladrón en vasallo de Jesús: “Yo te aseguro
que hoy estarás conmigo en el paraíso”. La súplica “acuérdate de mí”
se convierte en un solemne “yo te aseguro”; el indeterminado “cuando
llegues a tu reino” se transforma en un esplendoroso “hoy”, en una
hermosa realidad; el deseo del poseer el reino se convierte en un
estar con Jesús
y reinar con él para siempre. El compañero de suplicio se convirtió en
coheredero del Reino. He aquí la plenitud de la salvación, la fuerza
redentora de la muerte de Cristo y la gracia que alcanza la oración
confiada del creyente.
7. Nosotros también
estamos aquí “hoy” en esta celebración con Cristo. La Iglesia hace
presente a Cristo y su salvación mediante su Palabra, mediante sus
Signos sacramentales de Pan y Vino consagrados, mediante la presencia
del ministro ordenado y mediante los hermanos, con quienes compartimos
la fe del ladrón arrepentido y la esperanza de la salvación. Nosotros
no le pedimos a Cristo que baje de la cruz sino que nos asocie a ella
para reinar con Él.
8. La multitud que
había pedido la crucifixión de Cristo, dice San Lucas, “contemplaba”
de lejos la escena. Miraba todo esto, y ¿qué decía? Nada. Se había
quedado muda, sin duda porque la respuesta la debemos dar nosotros.
Ante Jesús crucificado nadie puede permanecer callado: O nos sumamos
al coro siempre presente de sus enemigos que lo vituperan e injurian,
o lo reconocemos como nuestro Rey y Señor en medio de los dolores y
sufrimientos que sigue padeciendo en su Iglesia y en los hermanos de
todo el mundo. Solemos colgar el Crucifijo en nuestros hogares y hasta
llevarlo suspendido al cuello. Ojalá lo hagamos con respeto debido y
aceptando el compromiso que implica. La súplica del ladrón arrepentido
parece la actitud más acertada: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu
reino”.