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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN EL FESTEJO POR EL XXV ANIVERSARIO DE ORDENACIÓN SACERDOTAL

DEL PBRO. ALFONSO MUÑOZ TORRES

Santiago de Querétaro, Qro., 28 de Julio de 2008


Hermanos Presbíteros

Hermanas y Hermanos todos

Estimado Sr. Cura P. Alfonso: 

1. Damos gracias al Padre del cielo porque hace veinticinco años, por la oración y la imposición de las manos sacerdotales de Mons. Alfonso Toriz Cobián, de grata memoria, el Señor Jesucristo, mediante la acción de su Espíritu, confirió a quien ahora es su señor Cura, el don del sacerdocio cristiano. Así, desde ese día, el Padre Alfonso Muñoz quedó constituido sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza, para ofrecer el sacrificio perfecto que agrada al Padre y que puede “acercarnos a Dios” y hacernos gratos en su presencia. Este sacrificio consiste, no en dones externos como los sacrificios de la Antigua Ley, sino en el cumplimiento de la voluntad de Dios: “No quisiste sacrificio ni ofrendas, sino que me formaste un cuerpo. No te agradaron los sacrificios expiatorios. Entonces dije: Aquí estoy, he venido, oh Dios, para hacer tu voluntad”, como leímos en la segunda lectura.  

2. Estas palabras del salmo 40 sirven al autor de la Carta a los Hebreos, para señalar e invitarnos a meditar en el momento más grande y sublime de la historia humana, la encarnación del Hijo Eterno de Dios. El Padre del cielo, por obra del Señor y Dador de vida que es el Espíritu Santo, formó el cuerpo de su Hijo Eterno en el seno de María Santísima y así, el Hijo de Dios se hizo hijo del hombre para que fuera nuestro redentor y salvador. Le “formó un cuerpo”, para que tuviera algo que ofrecer en sacrificio. Al Padre del cielo no le agradaron las víctimas de animales que le ofrecía el pueblo de Israel, la sangre de vacas, toros o machos cabríos, siempre algo externo e impersonal. Le formó un cuerpo a su Hijo, para que tuviera un signo visible para ofrecerlo en sacrificio; y así lo hizo Jesucristo durante toda su vida, pero especialmente en el altar de la cruz y ahora, glorioso, lo sigue ofreciendo en el altar del cielo.  

3. Sin embargo, a este hecho singular y misterioso, le falta lo esencial del sacrificio agradable a Dios: la coincidencia de la voluntad del sacerdote que presenta la ofrenda y ofrece el sacrificio, con la voluntad de Dios. Cristo vino a redimirnos del pecado, que se introdujo en el mundo por la desobediencia de Adán, producto de su deseo de “ser como Dios”. Así, el corazón del hombre se distanció y se contrapuso a la voluntad de Dios. El hombre ya no agradó a Dios, ni le podía agradar jamás, porque no podía ofrecer a Dios algo digno de Él.  Hizo intentos, ofreciendo víctimas animales en el Antiguo Testamento o como lo han hecho otras religiones en el mundo, pero la voluntad del hombre quedó marcada por la desobediencia, como dice el profeta: “Éramos como ovejas errantes, cada uno siguiendo su propio camino”, no los caminos de Dios.   

4. Por eso vino Jesucristo, y recibido el cuerpo formado de María santísima y hecho hermano nuestro, pronunció las palabras santísimas que lo convierten en el sacerdote perfecto y en la única víctima agradable a Dios: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”. Estas son las palabras de la consagración sacerdotal de Cristo. De este modo, toda la vida de Cristo será una ofrenda agradable al Padre y su comida y su bebida será “hacer la voluntad del Padre que me envió”. Esto lo repetirá a lo largo de su vida, sobre todo en los momentos más críticos y difíciles, como fue durante su oración solitaria “entre gemidos y lágrimas” en el Monte de los Olivos: “Si es posible pase de mi este cáliz, pero no se haga lo que yo quiero sino lo que quieres Tú”; y en el momento supremo de su vida, a la hora de su muerte: “Todo está cumplido. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Así Jesús, nuestro gran y supremo sacerdote, consumó su sacrificio y realizó su sacerdocio, que tenía como finalidad dar la gloria debida al Padre cumpliendo su voluntad y reconciliarnos con el Padre enseñándonos a nosotros a cumplirla: “Siendo Hijo, aprendió sufriendo lo que es obedecer y, así consumado en la perfección, llegó a ser causa de salvación eterna para cuantos le obedecen” (Hb 5,10). Sin obediencia no hay sacerdocio válido, ni sacrificio aceptable, ni gloria debida a Dios ni perdón de los pecados. Lo que salva y santifica es la pasión de Cristo “voluntariamente aceptada”, el amor obediente nunca exento de dolor.  

5. En la primera lectura contemplamos la impresionante visión del profeta Isaías, que fue también el momento de su vocación y de su consagración. Postrado de bruces ante el quicio del templo de Jerusalén, alcanza a vislumbrar las extremidades del manto de la gloria de Dios y a escuchar el canto de los serafines que proclaman adorando al que está sentado en el trono:”Santo, santo, santo es el Señor Dios del universo; los cielos y la tierra están llenos de su gloria”, canto que nosotros, balbucientes, solemos repetir y lo vamos a hacer dentro de un momento en nuestra liturgia terrenal. Estos seres celestiales, cumplen la voluntad de Dios dándole la gloria que le corresponde. En eso consiste su felicidad. Ante el peso de la gloria señorial de Dios, el profeta siente cercana la muerte, “pues no se puede ver a Dios y seguir viviendo”. Pero Dios lo sostiene y purifica sus labios con el carbón encendido; la santidad de Dios lo purifica de sus pecados y le comunica su santidad para que  pueda “ser enviado” a convertir el corazón del pueblo pecador. Sólo la santidad de Dios puede purificar un corazón  pecador. 

6. La liturgia cristiana, el sacrificio de Cristo que celebramos, es el momento en que se abre el cielo sobre esta casa de oración, se conecta el altar terreno con el celestial, la Iglesia peregrina se asocia a la Jerusalén celestial, la santidad de Dios se derrama sobre la comunidad presente, el coro humilde de nuestra voces se une a los coros de ángeles y serafines, la gloria imperfecta que tributamos a Dios se esclarece con la gloria que le rinden los santos y redimidos en el cielo. Es el momento de la perfecta glorificación de Dios y de la santificación del hombre que, con humilde obediencia, se abre a la voluntad de Dios y asocia su vida, con la fuerza del Espíritu Santo, al sacrificio de Cristo. Aquí, en este altar, se unen, con su irrenunciable exigencia de santidad, “el cielo con la tierra, lo humano con lo divino”. Aquí, en el altar, se revive la escena de la zarza ardiente y todos estamos invitados a descalzarnos el alma para dejarnos purificar por el fuego del amor de Dios. 

7. “Las cosas santas sólo deben darse a los santos”, dice una antigua norma en la Iglesia de Cristo. Cuánta razón le asistía al papa Juan Pablo Segundo cuando, para el inicio de este tercer milenio, nos invitaba “a hacer de la santidad una urgencia pastoral” (NMI 30), recordándonos con san Pablo, que “esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Tes 4,3). Esto, explicaba el Papa, aunque aparezca “poco práctico” no lo es, sino al contrario, es “una opción llena de consecuencias” para la pastoral y para la vida cristiana. Pedir el Bautismo es “pedir ser santo” -añadía-, y por eso, los pastores de la Iglesia deben “proponer a sus fieles este ‘alto grado’ de la vida cristiana, que es, por otra parte, lo normal. Ser santo, para un cristiano, debe ser la tarea ordinaria y cotidiana, principio rector de su vida y sostén de las acciones de todos los días; y, nosotros los pastores, debemos de convertirnos en maestros de santidad e instituir en nuestras parroquias “una pedagogía de la santidad verdadera y propia” (NMI 31), de modo que la finalidad de la acción pastoral es llegar a tener una comunidad donde los fieles aspiren todos a la santidad. 

8. Bien sabemos que los sacramentos son esas fuentes de santificación, especialmente la Sagrada Eucaristía y el Sacramento del Perdón; y que “la Sagrada Escritura es fuente pura y limpia de vida espiritual… sustento y vigor de la iglesia” (Cf Vat. II, DV), capaz de santificar y dar la herencia eterna a los elegidos. Pecaríamos por omisión si no ofreciéramos a los fieles este tesoro inmenso de santificación y de santidad. El regalo precioso que hizo el papa Juan Pablo Segundo a la Iglesia elevando al honor de los Altares a innumerables cristianos: hombres, mujeres, jóvenes, religiosas y sacerdotes (especialmente para nosotros a los santos Mártires mexicanos, entre ellos a numerosos sacerdotes; y el papa Benedicto, al canonizar a un obispo, a Monseñor Rafael Guízar Valencia), son una invitación apremiante a seguir sus pasos y convertirnos en maestros de santidad para su pueblo. Esta es la misión de nosotros los pastores para que el pueblo cristiano pueda responder a la sublime vocación a la que ha sido llamado desde el Bautismo. La Virgen María, la Santísima entre todas las mujeres y discípula perfecta de su Hijo, Madre y Modelo de la Iglesia, nos alcance esta gracia a pastores y fieles. Así sea.

 

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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