Hermanos Presbíteros
Hermanas y Hermanos todos
Estimado Sr. Cura P.
Alfonso:
1. Damos gracias al Padre
del cielo porque hace veinticinco años, por la oración y la
imposición de las manos sacerdotales de Mons. Alfonso Toriz Cobián,
de grata memoria, el Señor Jesucristo, mediante la acción de su
Espíritu, confirió a quien ahora es su señor Cura, el don del
sacerdocio cristiano. Así, desde ese día, el Padre Alfonso Muñoz
quedó constituido sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza, para
ofrecer el sacrificio perfecto que agrada al Padre y que puede
“acercarnos a Dios” y hacernos gratos en su presencia. Este
sacrificio consiste, no en dones externos como los sacrificios de la
Antigua Ley, sino en el cumplimiento de la voluntad de Dios: “No
quisiste sacrificio ni ofrendas, sino que me formaste un cuerpo. No
te agradaron los sacrificios expiatorios. Entonces dije: Aquí estoy,
he venido, oh Dios, para hacer tu voluntad”, como leímos en la
segunda lectura.
2. Estas palabras del salmo
40 sirven al autor de la Carta a los Hebreos, para señalar e
invitarnos a meditar en el momento más grande y sublime de la
historia humana, la encarnación del Hijo Eterno de Dios. El Padre
del cielo, por obra del Señor y Dador de vida que es el Espíritu
Santo, formó el cuerpo de su Hijo Eterno en el seno de María
Santísima y así, el Hijo de Dios se hizo hijo del hombre para que
fuera nuestro redentor y salvador. Le “formó un cuerpo”, para que
tuviera algo que ofrecer en sacrificio. Al Padre del cielo no le
agradaron las víctimas de animales que le ofrecía el pueblo de
Israel, la sangre de vacas, toros o machos cabríos, siempre algo
externo e impersonal. Le formó un cuerpo a su Hijo, para que tuviera
un signo visible para ofrecerlo en sacrificio; y así lo hizo
Jesucristo durante toda su vida, pero especialmente en el altar de
la cruz y ahora, glorioso, lo sigue ofreciendo en el altar del
cielo.
3. Sin embargo, a este
hecho singular y misterioso, le falta lo esencial del sacrificio
agradable a Dios: la coincidencia de la voluntad del sacerdote que
presenta la ofrenda y ofrece el sacrificio, con la voluntad de Dios.
Cristo vino a redimirnos del pecado, que se introdujo en el mundo
por la desobediencia de Adán, producto de su deseo de “ser como
Dios”. Así, el corazón del hombre se distanció y se contrapuso a la
voluntad de Dios. El hombre ya no agradó a Dios, ni le podía agradar
jamás, porque no podía ofrecer a Dios algo digno de Él. Hizo
intentos, ofreciendo víctimas animales en el Antiguo Testamento o
como lo han hecho otras religiones en el mundo, pero la voluntad del
hombre quedó marcada por la desobediencia, como dice el profeta: “Éramos
como ovejas errantes, cada uno siguiendo su propio camino”, no
los caminos de Dios.
4. Por eso vino Jesucristo,
y recibido el cuerpo formado de María santísima y hecho hermano
nuestro, pronunció las palabras santísimas que lo convierten en el
sacerdote perfecto y en la única víctima agradable a Dios: “Aquí
estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”. Estas son las palabras
de la consagración sacerdotal de Cristo. De este modo, toda la vida
de Cristo será una ofrenda agradable al Padre y su comida y su
bebida será “hacer la voluntad del Padre que me envió”. Esto
lo repetirá a lo largo de su vida, sobre todo en los momentos más
críticos y difíciles, como fue durante su oración solitaria “entre
gemidos y lágrimas” en el Monte de los Olivos: “Si es posible
pase de mi este cáliz, pero no se haga lo que yo quiero sino lo que
quieres Tú”; y en el momento supremo de su vida, a la hora de su
muerte: “Todo está cumplido. Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu”. Así Jesús, nuestro gran y supremo sacerdote, consumó
su sacrificio y realizó su sacerdocio, que tenía como finalidad dar
la gloria debida al Padre cumpliendo su voluntad y reconciliarnos
con el Padre enseñándonos a nosotros a cumplirla: “Siendo Hijo,
aprendió sufriendo lo que es obedecer y, así consumado en la
perfección, llegó a ser causa de salvación eterna para cuantos le
obedecen” (Hb 5,10). Sin obediencia no hay sacerdocio válido, ni
sacrificio aceptable, ni gloria debida a Dios ni perdón de los
pecados. Lo que salva y santifica es la pasión de Cristo
“voluntariamente aceptada”, el amor obediente nunca exento de dolor.
5. En la primera lectura
contemplamos la impresionante visión del profeta Isaías, que fue
también el momento de su vocación y de su consagración. Postrado de
bruces ante el quicio del templo de Jerusalén, alcanza a vislumbrar
las extremidades del manto de la gloria de Dios y a escuchar el
canto de los serafines que proclaman adorando al que está sentado en
el trono:”Santo, santo, santo es el Señor Dios del universo; los
cielos y la tierra están llenos de su gloria”, canto que
nosotros, balbucientes, solemos repetir y lo vamos a hacer dentro de
un momento en nuestra liturgia terrenal. Estos seres celestiales,
cumplen la voluntad de Dios dándole la gloria que le corresponde. En
eso consiste su felicidad. Ante el peso de la gloria señorial de
Dios, el profeta siente cercana la muerte, “pues no se puede ver a
Dios y seguir viviendo”. Pero Dios lo sostiene y purifica sus labios
con el carbón encendido; la santidad de Dios lo purifica de sus
pecados y le comunica su santidad para que pueda “ser enviado” a
convertir el corazón del pueblo pecador. Sólo la santidad de Dios
puede purificar un corazón pecador.
6. La liturgia cristiana,
el sacrificio de Cristo que celebramos, es el momento en que se abre
el cielo sobre esta casa de oración, se conecta el altar terreno con
el celestial, la Iglesia peregrina se asocia a la Jerusalén
celestial, la santidad de Dios se derrama sobre la comunidad
presente, el coro humilde de nuestra voces se une a los coros de
ángeles y serafines, la gloria imperfecta que tributamos a Dios se
esclarece con la gloria que le rinden los santos y redimidos en el
cielo. Es el momento de la perfecta glorificación de Dios y de la
santificación del hombre que, con humilde obediencia, se abre a la
voluntad de Dios y asocia su vida, con la fuerza del Espíritu Santo,
al sacrificio de Cristo. Aquí, en este altar, se unen, con su
irrenunciable exigencia de santidad, “el cielo con la tierra, lo
humano con lo divino”. Aquí, en el altar, se revive la escena de la
zarza ardiente y todos estamos invitados a descalzarnos el alma para
dejarnos purificar por el fuego del amor de Dios.
7. “Las cosas santas sólo
deben darse a los santos”, dice una antigua norma en la Iglesia de
Cristo. Cuánta razón le asistía al papa Juan Pablo Segundo cuando,
para el inicio de este tercer milenio, nos invitaba “a hacer de la
santidad una urgencia pastoral” (NMI 30), recordándonos con san
Pablo, que “esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1
Tes 4,3). Esto, explicaba el Papa, aunque aparezca “poco práctico”
no lo es, sino al contrario, es “una opción llena de consecuencias”
para la pastoral y para la vida cristiana. Pedir el Bautismo es
“pedir ser santo” -añadía-, y por eso, los pastores de la Iglesia
deben “proponer a sus fieles este ‘alto grado’ de la vida cristiana,
que es, por otra parte, lo normal. Ser santo, para un cristiano,
debe ser la tarea ordinaria y cotidiana, principio rector de su vida
y sostén de las acciones de todos los días; y, nosotros los
pastores, debemos de convertirnos en maestros de santidad e
instituir en nuestras parroquias “una pedagogía de la santidad
verdadera y propia” (NMI 31), de modo que la finalidad de la acción
pastoral es llegar a tener una comunidad donde los fieles aspiren
todos a la santidad.
8. Bien sabemos que los
sacramentos son esas fuentes de santificación, especialmente la
Sagrada Eucaristía y el Sacramento del Perdón; y que “la Sagrada
Escritura es fuente pura y limpia de vida espiritual… sustento y
vigor de la iglesia” (Cf Vat. II, DV), capaz de santificar y dar la
herencia eterna a los elegidos. Pecaríamos por omisión si no
ofreciéramos a los fieles este tesoro inmenso de santificación y de
santidad. El regalo precioso que hizo el papa Juan Pablo Segundo a
la Iglesia elevando al honor de los Altares a innumerables
cristianos: hombres, mujeres, jóvenes, religiosas y sacerdotes
(especialmente para nosotros a los santos Mártires mexicanos, entre
ellos a numerosos sacerdotes; y el papa Benedicto, al canonizar a un
obispo, a Monseñor Rafael Guízar Valencia), son una invitación
apremiante a seguir sus pasos y convertirnos en maestros de santidad
para su pueblo. Esta es la misión de nosotros los pastores para que
el pueblo cristiano pueda responder a la sublime vocación a la que
ha sido llamado desde el Bautismo. La Virgen María, la Santísima
entre todas las mujeres y discípula perfecta de su Hijo, Madre y
Modelo de la Iglesia, nos alcance esta gracia a pastores y fieles.
Así sea.