Hermanas
y hermanos peregrinos:
1.
Nuevamente la Providencia divina nos permite encontrarnos reunidos en
este Santuario, Casa de Nuestra Señora y Madre, la Virgen Dolorosa de
Soriano, para rendirle nuestro homenaje filial y encomendarnos a su
maternal protección.
2. Ahora,
como ustedes han podido ver, nos recibe a la entrada de este gran atrio,
la imagen en bronce del Pantocrátor, es decir, de Cristo Todopoderoso,
Creador de cielo y tierra, Señor de señores y soberano de todos los
reyes de la tierra, Triunfador del pecado y de la muerte, Nuestro Señor.
Que nadie dude quién manda y quién gobierna el universo, quién es la
Cabeza de la Iglesia, quién en “nuestro Señor”, y a quién nosotros —al
único— a quién debemos sumisión y adoración. Por Él gobiernan los que
gobiernan y a Él ellos también, junto con nosotros, deben rendir
cuentas, pues, desde su trono de gloria, “vendrá a juzgar a vivos y
muertos”. Con Él nsotros esperamos reinar sin fin.
3. Él es
“el Camino, la Verdad y la Vida”. Él es el camino. Él es quien nos
señala por dónde debemos caminar, es quien nos acompaña en la soledad de
nuestro viaje, el que sostiene nuestros pasos tambaleantes y el que, al
transitar por cañadas oscuras, cuando nos amenazan sobras de muerte, nos
conduce por senderos de vida hacia la Vida verdadera y definitiva. Él es
el pionero, el que desgarró el velo del santuario terreno y abrió e
inauguró un camino nuevo, que es la santa Iglesia, al precio de su
sangre, para conducirnos seguros hasta la casa del Padre. Con su sangre
derramada selló la nueva alianza que nos reconcilia con Dios y nos abre
la esperanza de la salvación. Para ser nuestro Camino y llevarnos a la
Vida, tuvo que “dar testimonio de la Verdad” y hacerse Verdad para
nosotros, mediante su Evangelio y su doctrina, mediante su testimonio de
Amor a la humanidad: Dio testimonio de la Verdad de sus palabras con la
verdad de su vida manifestada en su ofrenda amorosa en la Cruz al Padre
por nosotros. Lo que predicó, lo que enseñó, lo que mandó, lo cumplió en
su vida, siendo el Calvario el momento sublime de su cumplimiento: “Todo
está cumplido”. Así, entregó su Espíritu y descansó en manos del Padre.
4. Allí,
en el Calvario, escuchamos palabras especialmente consoladoras para
nosotros: La que dirige Jesús a personas, totalmente opuestas y
contradictorias: a su Santísima Madre, junto con el apóstol Juan, allí
presente, de pie, junto a su Cruz; y la que dirige el Ladrón, a quien
hizo “bueno” al perdonarle sus pecados y prometerle el Paraíso, cuando
lo reconoció como Rey.
5. En
esta promesa al ladrón arrepentido está fincada nuestra esperanza. Ese
ladrón no tiene nombre, porque es el prototipo de todo pecador, de todos
nosotros, hijos de Adán y Eva pecadores. Los que por gracia de Dios nos
reconocemos pecadores, tenemos la esperanza de estar con Jesús, en su
reino, en el Paraíso. Al soberbio, al que lo insultaba y le volvió la
espalda, Jesús no le dice nada. Entra en el misterio del silencio de
Dios. Sobre él también nosotros guardamos silencio. En esta semana
Santa, la Mayor de todas las semanas del año, tenemos la oportunidad de
mirar al Traspasado, la gracia de acercarnos al Crucificado y de,
arrepentidos, escuchar su palabra de salvación.
6. Las
palabras que dirige Jesús a su Madre santísima y al fiel apóstol Juan,
son igualmente consoladoras y fincan nuestra esperanza. Nos dan paz,
seguridad y consuelo. La Madre afligida escucha que Juan es su nuevo
hijo, y en él, todos nosotros quedamos al amparo de su regazo maternal:
“Bajo tu amparo nos acogemos, oh Santa Madre de Dios”, le decimos con
piedad y confianza. Y el apóstol Juan recibe la encomienda de cuidar a
su Madre y de acogerla “en su Casa”, que ahora es la santa Iglesia. La
Iglesia católica es la “Casa de María” porque es la “Casa del apóstol
Juan y Casa la de todos apóstoles”. Es la Iglesia católica y apostólica,
nuestra una y única Iglesia de Jesucristo. Por eso a María la
encontramos siempre en la Iglesia católica, y en cada una de nuestras
casas; y aquí le hemos erigido este Santuario y Ella, desde aquí, cuida
de nosotros como Patrona, Reina y Madre.
7. Ahora
le vamos a pedir que nos proteja, especialmente a los peregrinos y
peregrinas, que mire nuestras penas y que, asociadas a las de su Hijo y
a las suyas, maternales, reciban el bálsamo de su consuelo, el remedio
oportuno, y que las asocie a los méritos de la pasión de Cristo. A Ella
y a Señor San José su castísimo esposo, migrantes los dos con su pequeño
Jesús a un país extranjero, les encomendamos a nuestros migrantes. Esta
protección incansable y eficaz de María la experimentamos todos y ha
quedado plasmada, para edificación de todos e incremento de nuestra
confianza en Ella, en el “Museo de los Milagros” que adorna nuestro
Santuario. Allí podemos constatar cómo Ella ejerce sin descanso su
intercesión de Madre abogando por todos nosotros pecadores en nuestras
necesidades corporales y espirituales.
8. Ahora
los invito a orar y encomendar a la Virgen Dolorosa a las madres que
sufren pobreza y desconcierto, que son víctimas de engaño y manipulación
por intereses partidistas, y a los hijos de sus entrañas que están en
peligro de ser abortados, es decir, asesinados. El aborto provocado es
un crimen, un asesinato. El querer legitimar el aborto y proponerlo como
remedio a la miseria económica y moral de las madres, es una señal
inequívoca de decadencia y de retorno a la barbarie. No es una derrota
de la Iglesia, sino del hombre, de la humanidad, del pueblo mexicano.
El México bárbaro ya quedó atrás. No permitamos volver a él. Quien se
cree con derecho de dar licencia de matar a un inocente, puede privar de
la vida a cualquiera. El mal que no supieron prevenir ni mucho menos
remediar con leyes sabias, respetuosas de la dignidad de la persona
humana, ahora lo trasladan cínicamente a la responsabilidad de la madre
y a la condena a muerte de un inocente. Es la vuelta al primitivismo
rupestre, a la barbarie. Ningún ser humano mata impunemente a su
semejante, menos al inocente; mucho menos la madre. Los católicos
tampoco asesinamos a nadie. Somos el pueblo que mira hacia delante;
somos sembrados de vida y de esperanza; en nuestras manos está el futuro
y el progreso de este país; somos el pueblo de la vida y para la vida,
porque Cristo es El Camino, la Verdad y la Vida”.
9. Invito
a los hombres de recta conciencia a acompañarnos en la siembra de
progreso y esperanza, sembrando vida: “Todo hombre abierto sinceramente
a la verdad y al bien, aún entre dificultades e incertidumbres, con la
luz de la razón y no sin influjo secreto de la gracia, puede llegar a
descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la
vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de
cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En
el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y
la misma comunidad política”, ha dicho el Papa Juan Pablo segundo (Evangelium
Vitae, Nº 2). Los católicos debemos ser los primeros en defender este
derecho, proteger la convivencia pacífica y salvar nuestra incipiente
democracia.
10.
Cristo, al hacerse hombre se hizo hermano nuestro, solidario con cada
hombre; por eso, su Madre Santísima hace también suyos los sufrimientos
de todo hombre: del migrante que cruza la frontera en busca de pan, del
indígena vilipendiado, del campesino olvidado, del niño maltratado y
explotado, del no nacido y abortado, de la madre violentada y engañada.
La Virgen Dolorosa, como compartió con su Hijo sus dolores y su muerte,
así comparte con nosotros las penas y las angustias de nuestra vida.
Pero, los dolores de María santísima fueron dolores fecundos, porque se
convirtió en Madre de todos los hombres; así los nuestros, puestos en
sus manos, se convertirán en fuente de vida y bendiciones para nosotros
mismos, para las futuras generaciones y para nuestro país. Amén.
†
Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro