La pelota de beisból con que Barry Bonds conectó el jonrón número 756,
fue vendida en 750,000 dólares y su destino fue determinado por el
comprador mediante una consulta en la que participaron diez millones
de votantes. Como lleva impresa una mancha por el presunto consumo de
anabólicos, el pelotero calificó el hecho de “estúpido e idiota”. Los
adjetivos pueden variar, pero el hecho en sí se llama simple y
llanamente fetichismo. Acto de idolatría, la más rústica y ancestral.
Fetiche es un objeto usado como instrumento de poder religioso,
económico, social, sexual o psicológico. Un ídolo de verdad. Aunque el
término nos remite a la prehistoria, la realidad es que el fetichismo
goza de buena salud. Los miles de mexicanos que posaron desnudos ante
la lente de la cámara fotográfica de un extranjero en la Plaza Mayor
de la República, frente al Palacio Nacional y a la Iglesia Catedral
saludando (¡) a la Bandera, nuestra insignia (símbolo, no fetiche)
nacional, fue un acto de fetichismo social. Este hecho fue aplaudido
por la prensa, celebrado en la televisión, amparado por el silencio de
las autoridades y saludado con complacencia por la intelectualidad. Al
menos, ninguno protestó. El pueblo, respetuoso de los lugares y
símbolos patrios, simplemente tuvo que aguantar la arbitrariedad y
callar.
El fetichismo remite a la magia, esa técnica elemental que mediante
objetos, gestos y ritos pretende manejar las fuerzas ocultas, siempre
anónimas, de la naturaleza o de la divinidad. Ahora todo tiene que ser
“mágico” para que sea atrayente, desde la peña monolítica hasta el
pueblo colonial; desde la casona antigua hasta la ruina prehispánica;
todo, simple y sencillamente debe ser mágico para que tenga valor. La
cultura y la historia son cosas del pasado. Se crea así una mentalidad
fetichista que prefiere el sentimiento al pensamiento, lo numinoso a
lo racional, la fantasía a la verdad, las predicciones de los
astrólogos a las enseñanzas de los apóstoles.
El fetiche es un ídolo de amplio
espectro y de gran versatilidad. La tecnología le da un aire de
modernidad con la que encubre su malicia ancestral. Al niño se le
ofrece su osito de peluche y a la niña la muñeca de moda para que
duerman tranquilos, en lugar de enseñarlos a hacer su oración