REALISMO CRISTIANO
“María dio a luz a su Hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo
acostó en un pesebre, porque no encontraron sitio en la posada” (Lc
2, 7).
En menos de dos renglones y con palabras sencillas describe san
Lucas el misterio más grande de la historia humana: El Hijo de Dios
se hace hijo del hombre. Es Dios con nosotros, el Emmanuel.
Dios abre los cielos y el hombre nuevamente puede levantar la mirada
y poner su esperanza en Dios. Los hijos de Adán y Eva, pecadores,
ahora pueden llegar a ser, por la fe en este pequeño recién nacido,
hijos de Dios y herederos de la gloria. Las obras grandes de Dios
siempre se esconden en la sencillez, en la humildad. María da a luz
a su primogénito; lo envuelve en pañales; lo acuesta en un pesebre.
María no se queja, actúa. El pequeño reproche: “porque no
encontraron sitio en la posada”, es del evangelista san Lucas.
De parte de María ninguna queja; ningún reclamo; ninguna protesta.
La maravilla que tenía en sus brazos, el Hijo de Dios, era capaz de
llenar de luz y de gozo la dureza de la realidad: la desnudez, los
pañales, el pesebre… “Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios
basta”, dirá santa Teresa.
¿Cómo no pensar en tantos, muchísimos hogares y madres en semejantes
condiciones? La Iglesia se hace eco de la queja de San Lucas y
reclama para todo ser humano el derecho a un hogar y a una vida
digna. Pero ofrece a las familias en penuria, y especialmente a las
madres en desamparo, la inmensa riqueza de Jesús. Que Jesús nazca en
su corazón; que reciban a sus hijos con la ternura con que María
recibió en sus brazos a su Hijo; que los envuelvan en un abrazo
maternal y que su corazón les de el calor con que María cobijó a
Jesús. Ojalá tampoco falte junto a ustedes un padre solícito, como
señor san José. Con María y con José tendrán, como Jesús, una feliz
navidad. Se las deseo de corazón.
Santiago
de Querétaro, Qro., Diciembre 2008