SANTUARIO DE NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES DE SORIANO


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SANTUARIO DE NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES DE SORIANO

PATRONA PRINCIPAL DE NUESTRA DIÓCESIS


Septenario en honor de Nuestra Señora de los Dolores de Soriano

Día Primero: Presentación del Niño Dios en el Templo de Jerusalén.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Acto de Contrición.

Me arrepiento, Dios mío, de los pecados con que te he ofendido a Ti, que eres Sumo Bien y digno de ser amado sobre todas las cosas. Propongo no volver a pecar y aun evitar las ocasiones de pecado, sosteniendo por la gracia que nos mereció tu Divino Hijo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Que la intercesión poderosa de la Santísima Virgen María, cuyos Dolores voy a considerar, me ayude a obtener esa gracia y a valerme de ella siempre. Amén.

Cuarenta días después de nacido Jesús, lo llevaron José y María al Templo de Jerusalén para presentarlo al Señor en cumplimiento de la ley, impulsado por el Espíritu Santo, cuando ellos llegaban, llegó también un anciano llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que esperaba la consolación de Israel.

Tomando al Niño en sus brazos, después de bendecir al Señor por haberle concedido la dicha de ver al que tanto había deseado, dijo a María:

"He aquí que éste está puesto para caída y resurgimiento de muchos en Israel, y como una señal a la que se hará contradicción, y a ti misma una espada te traspasará el alma, para que salgan a luz los pensamientos de muchos corazones".

Esta profecía revela a María la parte que Ella va a tener en los sufrimientos con que se realizará la redención del género humano, cooperación que le merecerá el glorioso título de Corredentora.

El solo ver al Hijo hecho señal de contradicción, será una espada de dolor que la Madre llevará clavada en el corazón durante toda la vida mortal de Jesucristo.

Grande debe ser nuestra gratitud a la Virgen Santísima, que, sometiéndose generosa a la voluntad divina, cooperó a nuestra redención a costa de tantos sufrimientos.

Ruega por nosotros, Virgen Dolorosísima.

Para que seamos dignos de alcanzar la promesa de Jesucristo Nuestro Señor.

Oración

¡Oh Madre Dolorosa! por la pena que sufriste al escuchar la terrible profecía de Simeón, cuyas palabras quedaron clavadas como una espada de dolor en tu alma, alcánzanos la gracia que necesitamos para que Jesucristo no vaya a ser para nosotros ocasión de ruina eterna, sino causa de gloriosa resurrección. Amén.


Día Segundo: La Huída a Egipto

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Acto de Contrición

Me arrepiento, Dios mío, de los pecados con que te he ofendido a Ti, que eres Sumo Bien y digno de ser amado sobre todas las cosas. Propongo no volver a pecar y aun evitar las ocasiones de pecado, sosteniendo por la gracia que nos mereció tu Divino Hijo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Que la intercesión poderosa de la Santísima Virgen María, cuyos Dolores voy a considerar, me ayude a obtener esa gracia y a valerme de ella siempre. Amén.

Apenas partieron los Magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: "Levántate, toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto y estate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al Niño para matarlo".

Levantándose al instante, dio aviso a María de la orden recibida del ángel.

¡Con qué sobresalto escuchó Ella de los labios trémulos de José el aviso del cielo! Ya empiezan a cumplirse las palabras de Simeón: "He aquí que éste está puesto como una señal de contradicción".

¡Qué golpe tan duro! Tener que escapar esa misma noche, como si se tratara de unos facinerosos y refugiarse en tierra extranjera...

Más que las incomodidades del viaje emprendido sin ninguna preparación y en plena noche, lo que hace sufrir a María es que su pequeño Hijo, incapaz de hacer mal a nadie, se ve obligado a escapar de la muerte que un tirano intenta para deshacerse de Él.

Ya puestos en camino, en medio de las tinieblas, todo contribuye a aumentar la pena y el temor de su Madre, la cual estrecha contra su pecho al pequeño infante, como para darle seguridad de defensa, si fuere necesario, contra cualquier ataque intentado por los sicarios del Rey Herodes.

Por fin, pueden trasponer las fronteras de Egipto. La entera conformidad con la voluntad de Dios no quita que sufran considerándose desterrados de su patria en un país pagano, en el que tendrán que vivir por tiempo indefinido.

Allí también, más que las privaciones, lo que hace sufrir a María es que ya su Hijo Divino es objeto del odio de su primer perseguidor.

Ruega por nosotros, Virgen Dolorosísima.

Para que seamos dignos de alcanzar la promesa de Jesucristo Nuestro Señor.

Oración

¡Oh Madre mía! por el dolor que experimentaste al huir a Egipto, para poner a salvo al Niño Jesús de la persecución de Herodes, líbranos de caer en poder del enemigo de nuestra alma por el pecado, y ayúdanos a conservar limpio el corazón, para que Jesús tenga siempre en él hospitalidad y nos reciba en la patria feliz del cielo. Amén.


Día Tercero: El Niño perdido y hallado en el Templo

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Acto de Contrición

Me arrepiento, Dios mío, de los pecados con que te he ofendido a Ti, que eres Sumo Bien y digno de ser amado sobre todas las cosas. Propongo no volver a pecar y aun evitar las ocasiones de pecado, sosteniendo por la gracia que nos mereció tu Divino Hijo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Que la intercesión poderosa de la Santísima Virgen María, cuyos Dolores voy a considerar, me ayude a obtener esa gracia y a valerme de ella siempre. Amén.

Como piadosos israelitas, José y María iban cada año, en peregrinación por los días de la Pascua, a Jerusalén. A la edad de doce años fue con ellos el Niño Jesús.

Y sucedió que, cuando terminó la solemnidad de la Pascua, partieron los dos santos esposos, pero no advirtieron que el Niño se había quedado en Jerusalén, pensando cada uno que iba en el grupo que formaban los del otro sexo: en sus peregrinaciones los judíos caminaban repartidos en dos grupos, el de los hombres y el de las mujeres, y los niños podían ir con su padre o con su madre en el grupo correspondiente.

¡Cuál sería su sorpresa cuando, al llegar a la primera jornada y juntarse, cayeron en la cuenta de que Jesús no estaba en ninguno de los dos grupos!

Rudo golpe para José, que, como responsable de la vida del Niño, comenzó a temer haberse descuidado en cumplir un deber sagrado.

Más grande debió ser la pena de María, que, como madre de aquel Niño, que era Dios, lo amaba entrañablemente.

Con el corazón destrozado por el dolor, se vuelven ambos a Jerusalén; angustiados buscan al Niño en todos los lugares en donde pudiera estar. ¡Qué horas tan terribles!

Hasta que, al tercer día, entrando en el Templo, lo ven en medio de un grupo de doctores, a los que pregunta y responde. Sin poderse contener, en tono de queja muy delicada, con la que desborda la pena de su corazón, María le dice: "Hijo, por qué lo has hecho así con nosotros? Mira que tu padre y yo te hemos estado buscando con dolor".

La respuesta de Jesús justifica su conducta e ilumina la mente de María, que se conforma completamente con la voluntad de Dios.

Ruega por nosotros, Virgen Dolorosísima.

Para que seamos dignos de alcanzar la promesa de Jesucristo Nuestro Señor.

Oración

¡Oh Virgen Madre! Por el dolor que sufriste al perder a tu Jesús, pasando tres días angustiosos, hasta hallarlo, concédenos la gracia de no perder a Dios por el pecado, y que las almas, que, por desgracia, lo han perdido, se apresuren a recuperarlo en el sacramento de la reconciliación. Amén.


Día Cuarto: Encuentro de María con su Divino Hijo en el camino del Calvario

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Acto de Contrición

Me arrepiento, Dios mío, de los pecados con que te he ofendido a Ti, que eres Sumo Bien y digno de ser amado sobre todas las cosas. Propongo no volver a pecar y aun evitar las ocasiones de pecado, sosteniendo por la gracia que nos mereció tu Divino Hijo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Que la intercesión poderosa de la Santísima Virgen María, cuyos Dolores voy a considerar, me ayude a obtener esa gracia y a valerme de ella siempre. Amén.

Caminando Jesús al Calvario, encorvado bajo el peso de la cruz, en que iba a ser enclavado, cubierto el rostro de polvo y de sangre, de pronto, dice la tradición, se encontró con su Madre Santísima, la cual, enterada de que su Hijo había sido condenado al suplicio de la cruz, se encaminó al Calvario, sin que nada ni nadie la pudiera detener. ¡Qué golpe para su corazón, ver en estado tan lastimoso al Hijo de sus entrañas!

Si no se le concedió llegarse a Él para ofrecerle algún alivio, los dos tuvieron que conformarse con dirigirse una sola palabra: ¡Hijo!... ¡Madre!... Pero ¡qué elocuentes las miradas que se cruzaron! Las de María tristísimas, bañados los ojos en lágrimas, revelaban la honda pena de su corazón. Las de Jesús, veladas también por las lágrimas, que le hacían derramar no tanto los dolores del cuerpo como la pena de la inutilidad de sus sufrimientos para muchos, y el ver sufrir, sin poder impedirlo, a aquella Madre tan amante y tan amada.

Ambos habían ya aceptado generosamente todo lo que el Padre celestial les había pedido para la redención de cada uno de los hombres.

Desde ese momento María no se separará de Jesús hasta que haya consumado su sacrificio con una muerte ignominiosa.

Nunca sabremos agradecer debidamente a nuestro Redentor y a nuestra Madre lo que sufrieron para rescatarnos del pecado y de la muerte eterna.

Ruega por nosotros, Virgen Dolorosísima.

Para que seamos dignos de alcanzar la promesa de Jesucristo Nuestro Señor.

Oración

¡Oh Madre amantísima! Por el acerbo dolor que traspasó tu corazón al encontrar a tu Divino Hijo en el camino del Calvario, hecho objeto de las burlas, del desprecio y del odio de los que lo acompañaban, abandonado de sus apóstoles, alcánzame la gracia de seguirlo fielmente como Juan, que te acompañaba, aun en medio de los sufrimientos y humillaciones, si tal fuere el camino que ha de llevarme a la gloria. Amén.


Día Quinto: Mujer, he ahí a tu hijo

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Acto de Contrición

Me arrepiento, Dios mío, de los pecados con que te he ofendido a Ti, que eres Sumo Bien y digno de ser amado sobre todas las cosas. Propongo no volver a pecar y aun evitar las ocasiones de pecado, sosteniendo por la gracia que nos mereció tu Divino Hijo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Que la intercesión poderosa de la Santísima Virgen María, cuyos Dolores voy a considerar, me ayude a obtener esa gracia y a valerme de ella siempre. Amén.

Próximo a morir, compadecido de su Madre, que iba a quedar sola, no halló Jesús quien mejor hiciera sus veces con Ella que Juan, el discípulo a quien amaba.

El mismo refiere brevemente su dichosa elección, con estas palabras: "De pie junto a la cruz de Jesús estaba su Madre y la hermana de su Madre, María de Cleofás y María Magdalena. Viendo Jesús a la Madre y junto a Ella al discípulo a quien amaba, dijo a su Madre:

—Mujer, he ahí a tu hijo.

Luego dijo al discípulo:

—He ahí a tu Madre.

Y desde aquella hora el discípulo la tomó como suya.

Madre espiritual nuestra, María nos recibió en Juan como hijos. La que dio a luz sin dolor a su Hijo primogénito, a nosotros nos engendró en medio de un dolor inmenso.

Después de tres horas de agonía, llega por fin el momento supremo.

"Padre —exclama con voz poderosa— en tus manos encomiendo mi espíritu. E, inclinando la cabeza, expiró".

Con lágrimas silenciosas, María contemplaba el retablo doloroso que tiene delante de los ojos: las heridas de las manos y de los pies, la cabeza caída sobre el pecho, los brazos tensos y todo el cuerpo bañado en sangre.

La mejor prueba que a nuestra Madre podemos dar de la compasión que en nuestro corazón provocan sus dolores al pie de la cruz, es unir las penas que el Señor nos manda a las de Ella, y pedirle que, en cambio, nos alcance la fortaleza para sufrirlas cristianamente.

Ruega por nosotros, Virgen Dolorosísima.

Para que seamos dignos de alcanzar la promesa de Jesucristo Nuestro Señor.

Oración

¡Oh Madre nuestra! Por el dolor que destrozó tu corazón durante las tres horas que permaneciste al pie de la cruz viendo agonizar a tu Hijo, y por la amargura que se apoderó de tu espíritu al momento de inclinar la cabeza y morir, te suplicamos nos alcances de Él verdadera contrición por nuestros pecados y la perseverancia final, para morir en estado de gracia y alcanzar la eterna gloria. Amén.


Día Sexto: Jesús muerto en el regazo de su Madre Santísima

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Acto de Contrición

Me arrepiento, Dios mío, de los pecados con que te he ofendido a Ti, que eres Sumo Bien y digno de ser amado sobre todas las cosas. Propongo no volver a pecar y aun evitar las ocasiones de pecado, sosteniendo por la gracia que nos mereció tu Divino Hijo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Que la intercesión poderosa de la Santísima Virgen María, cuyos Dolores voy a considerar, me ayude a obtener esa gracia y a valerme de ella siempre. Amén.

Pendiente de la cruz y custodiado por los soldados, quedaba el cuerpo exámine del Señor. A distancia María, Juan y las piadosas mujeres no sabían qué hacer. Declinaba la tarde y urgía tomar una decisión. De pronto se presentaron dos discípulos de Jesús, José de Arimatea y Nicodemo. Armándose de valor, José había acudido a Pilato para pedirle el cuerpo del Señor y darle sepultura.

Obtenido, se junta con Nicodemo, que lleva consigo una mezcla de mirra y áloe para embalsamar al difunto.

Ayudados por Juan y algún otro; se acercan a la cruz y con grande cuidado y respeto quitan los clavos de las manos y de los pies, y con mucho miramiento van bajando el sagrado cuerpo. ¡Dichoso el discípulo, que recibió el abrazo del Divino Maestro difunto!

Al pie de la cruz, la Madre anhelante recibe en sus brazos y, luego sentada, pone en su regazo materno el cuerpo destrozado de su Hijo. Contemplando con profunda amargura los estragos que durante las horas de la pasión había sufrido en cada uno de sus miembros, vienen seguramente a su memoria las palabras del Profeta: " De la planta de los pies a la coronilla de la cabeza no hay en él parte sana".

Con exquisita delicadeza va quitando las espinas que han quedado clavadas en la cabeza un tiempo tan hermosa, compone el cabello todo revuelto, limpia algunas de las heridas, mezclando con la sangre de ellas las lágrimas de sus ojos.

Ruega por nosotros, Virgen Dolorosísima.

Para que seamos dignos de alcanzar la promesa de Jesucristo Nuestro Señor.

Oración

Santísima Virgen María, por el dolor tan intenso con que recibiste en tu regazo el cuerpo exánime de tu amadísimo Jesús y contemplar los estragos que en él había hecho la tempestad de la Pasión, concédenos que, asociados a este nuevo dolor, sepamos meditar con fruto las lecciones que nos dan las llagas de Jesús Crucificado, de las cuales hemos recibido la salvación. Amén.


Día Séptimo: El Santo Sepulcro

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Acto de Contrición

Me arrepiento, Dios mío, de los pecados con que te he ofendido a Ti, que eres Sumo Bien y digno de ser amado sobre todas las cosas. Propongo no volver a pecar y aun evitar las ocasiones de pecado, sosteniendo por la gracia que nos mereció tu Divino Hijo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Que la intercesión poderosa de la Santísima Virgen María, cuyos Dolores voy a considerar, me ayude a obtener esa gracia y a valerme de ella siempre. Amén.

Nada más patético, ni más penoso, ni más conmovedor que los funerales y la sepultura de un ser querido. Jesús se había conmovido al encontrarse a las puertas de Naím con una madre que, bañado el rostro en lágrimas, iba tras el féretro en que llevaban a su único hijo a enterrar. La detuvo y con acento compasivo le dijo: —"No llores".

Pero ahora Jesús es el difunto. Nadie detiene a la Madre, que camina lentamente tras el cadáver de Él. La pequeña comitiva se dirige al sepulcro en medio de un silencio solemne, levemente interrumpido por sollozos mal reprimidos. Si la pena de tener que desasirse del cuerpo de su amado Hijo, se mitiga al poder ayudar a la caritativa operación de embalsamarlo, tener que dejarlo en el sepulcro es para Ella el colmo de la amargura.

A la entrada del sepulcro logra desahogar algo de su acerba pena abrazando el cuerpo adorable, cubriendo de besos su rostro y regándolo con lágrimas ardientes.

Por fin, se desprende de él. Lo colocan en la cámara fúnebre y arriman a la entrada una losa, que lo defenderá de cualquier atentado.

Entonces el dolor de la Santísima Señora llega a lo sumo. A los que lo acompañan conmueve su llanto copioso, pero moderado por la enterada conformidad con la voluntad de Dios y la esperanza de la futura resurrección predicha por Él.

Pudo entonces repetir las palabras del Profeta: "¡Oh vosotros los que pasáis delante, deteneos y considerar si hay dolor como mi dolor!

Ruega por nosotros, Virgen Dolorosísima.

Para que seamos dignos de alcanzar la promesa de Jesucristo Nuestro Señor.

Oración

Reina de los mártires, ruega por nosotros cuando nuestro corazón esté deshecho por el dolor. Ruega por nosotros cuando nuestra vida se debata en las angustias de la agonía. Con tu protección maternal podremos soportar con fortaleza la amargura de esa hora y esperar confiadamente que ese paso nos ponga en posesión de la gloria eterna. Amén.


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